domingo, 5 de mayo de 2024

El Baile de los Gañanes

Si algo me ha dejado esta última experiencia es la certeza lacerante de que ciertos escenarios no están hechos para todos. O tal vez, con más exactitud, de que yo no estoy hecho para ellos. “De haberlo sabido, no habría venido”, repito ante el espejo, como un mantra que aspira a convertirse en sabiduría. La recreación histórica como ejercicio de postureo social me resulta tan ajena como insufrible; prefiero mil veces la divulgación discreta, el estudio sigiloso, a este espectáculo de egos desmedidos enfundados de raso. Quizá sea, simplemente, porque a mis años ya no tengo palmito que lucir. O que mi interés por este tipo de saraos se ha transmutado en el deseo ferviente de pasar desapercibido.  

Pero fuimos. Y allí, en ese baile de máscaras sin máscaras, me sentí como un fantasma anacrónico, un intruso en un sueño que no era el mío. Lo único que rescato de aquel naufragio social, el único faro en la noche fue la Pasty-partie que improvisamos en la antesala del desastre.  



Todo comenzó con un pánico elegante. Cristina, al recibir la noticia de que en el "Baile de los Gañanes" la comida sería poco más que una metáfora, casi desfallece. Habíamos quedado con Antoñita en vestirnos en el hotel, un plan que de pronto adquirió la trascendencia de una estrategia de supervivencia. “Vayamos con las barrigas llenas”, sentencié, y esa frase se convirtió en nuestro lema tácito.  

El hotel, sin embargo, fue la segunda decepción. Un edificio antiguo y mustio junto a la Estación de Atocha, que guardaba su hospedaje como un secreto vergonzante. El ascensor, caprichoso, se detenía en un entresuelo nebuloso, obligándonos a un descenso a pie por unas escaleras que olían a cerrado y a soledad. La habitación era una cápsula de melancolía depresiva: una cama de matrimonio y una litera la ocupaban por completo, dejando apenas un palmo de libertad. Con esfuerzo, arrinconamos el lecho contra el armario, creando un corredor de lucha donde la elegancia y el apuro librarían su batalla.  

No recuerdo con precisión el menú de aquel ágape improvisado. Fue un mosaico de aportaciones desesperadas: algo de embutido, queso, pan, una botella de vino italiano de dudoso linaje. Lo bautizamos, con ironía fina, como Pasty-partie. Y allí, en ese camarote de tierra firme, comenzó la verdadera función. Recuerdo vívidamente a Rosa, instalada sobre el jamón como en un trono casual, manchando sin remedio su vestido de seda turquesa con una grasa brillante y rebelde. Éramos un cuadro de costumbres modernas: risas estridentes, sorbos de vino, telas caras sobre colchones baratos, mientras nos enfundábamos a empujones en nuestros trajes de estilo Imperio, armaduras de satén para una guerra social perdida de antemano.  

En la puerta del hotel —al que, en un arranque de humor negro, nombré “Hotel Glamour”— solicitamos un taxi. El conductor, al ver surgir de la penumbra a un grupo de figuras decimonónicas desencajadas, soltó una carcajada que nos siguió todo el trayecto hasta la Plaza de Santa Ana. El resto del camino lo hicimos a pie, nuestras sedas y la poca dignidad que nos quedaba rozando la acera moderna, un desfile de anacronismos caminando hacia su propio sacrificio.  

La multitud a las puertas del palacete era un muro humano, denso y vocinglero. La entrada fue un forcejeo indecoroso. En el apeadero, nos ofrecieron champagne en copas de plástico, una contradicción tan absurda que casi tenía mérito. Apenas habíamos mojado los labios cuando el marqués de los Gañanes —con su ridículo bigote— empezó a gritar a pleno pulmón, impeliéndonos a subir con la delicadeza de un caporal.  

Si el hotel había sido cutre, el recibimiento fue directamente chabacano. El baile, supuesto epicentro del evento, nos resultó invisible, oculto tras una masa compacta de invitados que abarrotaban salones diminutos. La comida fue un suplicio gastronómico; el ambiente, una mezcla de presunción y vulgaridad. Terminamos refugiados en un pasillo, haciendo tertulia entre sombras, como náufragos de un colapso elegante. “¿Se puede caer más bajo?”, me pregunté, mientras una vigilante del palacio nos lanzaba miradas que eran casi improperios.  

La despedida fue tan precipitada como el resto: cuatro fotos forzadas en una escalera, saludos veloces a conocidos que apenas se distinguían en la confusión, y la sensación de haber sido expulsados por inútiles.  

Definitivamente, este tipo de eventos no son para mí. Y menos ejecutados con tan pobre artificio. Pero, en el balance final, me quedo con la luz torcida y cálida de aquel hotel catastrófico, con las risas que resonaron entre sus paredes estrechas, con la imagen de un vestido turquesa manchado de grasa y de humanidad. Fue allí, en el preludio del fracaso, donde encontramos el único baile auténtico de la noche.  

El Caballero Metabólico