lunes, 10 de marzo de 2025
Propina
CAPÍTULO DE PROPINA A PETICIÓN DEL PÚBLICO
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Presentación:
"Entre escotes y escándalos: la sátira como espejo de una época en decadencia"
Bienvenidos de nuevo a un viaje literario donde la frivolidad se convierte en metáfora y el humor absurdo en arma de crítica social. La Crónica del Gran Concurso de Escotes de la Duquesa de Alba, publicada en la ficticia Gaceta del Escote y el Escándalo (1805), no es solo un relato jocoso sobre modas y pezones al descubierto. Es una ventana al Madrid previo a la Guerra de la Independencia, donde la aristocracia jugaba con fuego mientras España ardía en crisis políticas y económicas.
En este texto, atribuido al imaginario Don Hilarión de la Tremebunda Pluma, se entrelazan personajes históricos —desde Goya hasta Godoy— con situaciones disparatadas para exponer las contradicciones de una élite más preocupada por la apariencia que por el colapso inminente. La Duquesa de Alba (que para la fecha de la historia que os traigo, ya estaba muerta), símbolo de rebeldía, desafía los corsés morales de su tiempo; María Luisa de Parma encarna el desgobierno disfrazado de elegancia desdentada; y Moratín, con su mojigatería, refleja la inutilidad de las normas en un mundo que se desmorona.
A través de hipérboles, juegos de palabras y referencias artísticas (como el guiño a Los Caprichos de Goya), la crónica nos invita a preguntarnos: ¿hasta qué punto la moda y el espectáculo encubren las crisis de poder? ¿Qué nos dice el absurdo sobre la corrupción o la hipocresía religiosa? Y, sobre todo, ¿por qué seguimos riendo —y reconociéndonos— en estos espejos deformados de la historia?
Esta reflexión no solo desentraña las capas de humor y crítica de un texto olvidado, sino que nos confronta con un eco incómodo: en nuestra era de influencers y fake news, ¿acaso no repetimos los mismos juegos de apariencia y poder? Los escotes pueden haber cambiado de forma, pero la seducción de la frivolidad sigue siendo tan peligrosa —y fascinante— como en 1805.
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Nota para el público:
Preparemos las lentes de la ironía y ajustemos las corbatas (o los corsés). Porque, como diría Don Hilarión: «La historia no la escriben los victoriosos, sino aquellos que se atreven a reírse de ella».
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Este texto sirve como introducción provocativa para debates sobre literatura satírica, crítica social o la relación entre arte y poder, no para mojigaterías milenials. ¿Listos para desnudar las verdades incómodas tras la risa?
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GACETA DEL ESCOTE Y EL ESCÁNDALO
Madrid, 20 de octubre de 1805
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CRÓNICA DEL GRAN CONCURSO DE ESCOTES DE LA DUQUESA DE ALBA: O CÓMO UN PEZÓN CAMBIÓ EL CURSO DE LA HISTORIA
Por Don Hilarión de la Tremebunda Pluma (alias El Notario que vio demasiado)
Apreciado lector de moral flexible y apetito por el desvarío, si vuesa merced cree que un escote es solo tela y piel, nunca ha visto a la Duquesa de Alba competir contra un retrato de Goya. Relato aquí el Certamen de Descotes Reales, celebrado en su palacio, donde los pechos valían más que el patrimonio de Godoy... y casi provocan una guerra civil.
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ESCENA PRIMERA: LA ENTRADA DE LAS VALIENTES (Y LOS VALIENTOS DESMAYADOS)
La Duquesa de Alba recibió a sus invitados bajo un arco de rosas... y un cartel que rezaba: "Si no enseñáis más que el alma, ¡fuera!". El jurado lo formaban:
- Goya, con un cuaderno y ojos de "esto terminará en Capricho nº 99".
- Pedro Romero, midiendo escotes como si fuesen astados ("¡Más cornás da el hambre!").
- Un retrato de Carlos IV (por si acaso el rey quería opinar... desde El Escorial).
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LOS COMPETIDORES, QUE SANTA QUITERIA LOS AMPARE:
1. La Duquesa de Alba lució un vestido tan escotado que hasta el reloj de sol se ruborizó. Su lema: "Si no ves mi hígado, no es moda, es timidez".
2. Pepita Tudó, amante de Godoy, llegó con un corpiño "tan estridente que hizo ladrar a los perros-fraile de la Osuna". Sus joyas: "Préstamos de la Corona... con intereses".
3. María Luisa de Parma compitió por error (creyó que era un concurso de pasteles). Su escote, diseñado por Godoy, dejó ver una medalla de la Orden de Carlos III... y algo que juró era un lunar.
4. La Tirana presentó "escote dramático en tres actos", con plumas que ocultaban... ¿senos o almohadillas? El público lloró (de risa).
5. Doña Antoñita Leicon tropezó, derramó Jumilla sobre su pecho y gritó: "¡Es arte efímero!... Y se vende por diez reales".
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ESCENA SEGUNDA: EL DESASTRE EN DOS TIEMPOS (Y UN SUSPENSO)
El caos estalló cuando:
- La Duquesa de Osuna irrumpió con sus perros-fraile vestidos de obispos. Uno mordisqueó el escote de Pepita Tudó, quien aulló: "¡Más cuidado tiene Godoy con los tratados!".
- Moratín, horrorizado, gritó: "¡Esto viola las tres unidades: lugar, tiempo y decencia!". La Duquesa de Alba le respondió: "Querido, aquí la única unidad es la de mis... proporciones".
- El tito Andrés intentó inscribir a su loro disecado ("¡Tiene mejor escote que el Príncipe de la Paz!"). Al negárselo, el loro "resucitó" y voló hacia Godoy, gritando: "¡Viva el préstamo a Francia!".
- Goya, en éxtasis, pintó un boceto titulado "El sueño de la razón produce escotes", donde María Luisa aparecía como una medusa con corsé.
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CHISME MAYÚSCULO: EL PEZÓN QUE CONMOVIÓ AL REINO
En el clímax, la Duquesa de Alba se inclinó para recoger un abanico... y ¡Santo Domingo de la Calzada!, su seno izquierdo hizo acto de presencia. El salón enmudeció.
- Godoy tosió y murmuró: "Por España... y por lo que he visto, haría mil tratados".
- María Luisa chilló: "¡Eso es trampa! ¡Yo también tengo... eh... atributos!" (pero solo se le vio la medalla).
- Pedro Romero, profesional, declaró: "Un toro se arrodillaría ante tal valentía".
La Duquesa, serena, se cubrió y sentenció: "El arte no entiende de corpiños... ni de reinas envidiosas".
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POST DATA PARA MEMORIA HISTÓRICA:
- Ganadora: El escote de la Duquesa de Alba, aunque Fernando VII (escondido tras una cortina) votó por "el de la señora de las almohadillas".
- Gran perdedor: Moratín, quien juró escribir "El sí de los escotes... o cómo perder la gracia divina".
- Secreto mejor guardado: Los perros-fraile de Osuna escribieron un soneto anónimo... en latín macarrónico.
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EPÍLOGO DEL ESCRITOR
Si me preguntan "¿Qué aprendimos?", diré: Que un escote puede unir a Godoy y a un loro, que Moratín necesita más Jumilla, y que España sobrevive a todo... menos a la moda.
Queda de vuesa merced,
Don Hilarión de la Tremebunda Pluma (alias El que vio el pezón y vivió para contarlo).
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P.D.: Si ven a Carlos IV, díganle que su medalla está en... bueno, mejor no. Y si ven mi decoro, está en el mismo sitio que el presupuesto de Godoy: ¡Desaparecido!
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Nota histórica con Jumilla y peluca:
- La Duquesa de Alba fue musa de Goya, pero no hay pruebas de que su escote fuese arma diplomática... aunque debería.
- Los concursos de belleza en la época eran discretos; esto es pura licencia histórica (como las cuentas de Godoy).
- Carlos IV sí coleccionaba relojes... pero ninguno midió escotes reales.
- María Antonia de Nápoles murió al año siguiente... seguramente de vergüenza ajena.
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REFLEXIÓN PROFUNDA Y SINCERA
(Todo lo profunda que me permiten mis desvaríos)
"Del escote al selfie: ¿Avance o rebobinado de la frivolidad?"
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ENTONCES (1805): EL ESCOTE COMO ARMA POLÍTICA
En el Madrid de Carlos IV, mientras Napoleón planeaba invadir España, la aristocracia jugaba a esconder tratados tras los corsés. La Crónica del Gran Concurso de Escotes no es solo sátira: es un diagnóstico de una élite que prefería medir su poder en centímetros de piel antes que en proyectos de Estado. Goya pintaba monstruos; la Duquesa de Alba desafiaba tabúes; Godoy firmaba acuerdos con Francia... y con amantes. La moda era el opiáceo de un imperio en ruinas.
HOY (2025): EL LIKE COMO MONEDA DE CAMBIO
Mientras las democracias navegan crisis climáticas y guerras, el influencer de turno vende detox emocional en Ibiza. Los escotes se trasladaron a TikTok, donde un challenge de baile obtiene más atención que un discurso sobre desigualdad. Los "Godoy" modernos no roban medallas, pero sí subvenciones (y hasta NFT). La Duquesa de Alba tendría un canal de *makeup* titulado "Maquillando crisis existenciales", y Moratín, un hilo en Twitter quejándose de que "la cultura está muerta".
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COMPARANDO CAPRICHOS:
1. Frivolidad como distracción masiva
- 1805: El concurso de escotes desviaba la atención de la bancarrota real.
- 2025: Los trending topics sobre el vestido de una celebrity tapan noticias sobre inflación.
- Reflexión incómoda: ¿Somos más libres... o solo tenemos más espejos donde mirarnos?
2. Corrupción con estilo
- 1805: Godoy financiaba caprichos con fondos públicos ("préstamos de la Corona con intereses").
- 2025: Influencers promocionan casas de apuestas a adolescentes... tras firmar "contratos de transparencia".
- Frase para el espejo: "Antes robaban con carruajes; ahora, con sponsorships".
3. El arte como termómetro social
- 1805: Goya usaba Los Caprichos para denunciar la ignorancia.
- 2025: Banksy pinta ratas con mascarillas; TikTokers satirizan el capitalismo en videos de 15 segundos.
- Pregunta incómoda: ¿La sátira ha perdido profundidad... o solo hemos perdido paciencia para entenderla?
4. Moral de pega
- 1805: La Iglesia enviaba "perros-fraile" a morder escotes... mientras cobraba diezmos.
- 2025: Gurús del bienestar venden ayuno intermitente (en Ibiza, con brunch incluido).
- Ironía histórica: Antes se pecaba en latín; ahora, en inglés con acento de coach.
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¿QUÉ HEMOS APRENDIDO (O NO)?
La tecnología cambia; las pasiones humanas, no. El escote de 1805 y el selfie con filtro de 2025 cumplen la misma función: seducir, provocar y, sobre todo, distraer. La diferencia es que, antes, un pezón desencadenaba un escándalo de alcoba; hoy, un tweet malinterpretado genera una crisis diplomática. ¿Progreso?
LA GRAN INCÓGNITA:
Si Don Hilarión resucitase, ¿sería youtuber denunciando fake news o un troll financiado por bots? Quizás ambos. Porque, como él escribió: «La historia no se repite, pero rima... y a veces lo hace en spanglish y con errores de autocorrector».
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EPÍLOGO PARA (NO) DORMIR TRANQUILOS:
La próxima vez que un político hable de "valores" mientras posa con un reloj más caro que un hospital, o que un influencer venda "autenticidad" desde un yate alquilado, recordemos: el concurso de escotes nunca terminó. Solo cambiamos el palacio por Instagram... y a la Duquesa de Alba por un algoritmo.
¿Consuelo? Al menos ahora, cuando el mundo colapse, podremos twitearlo #EntreCrisisYSelfies.
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PD desde el futuro: Si Goya pintase hoy El sueño de la razón, no produciría monstruos, sino memes. Y, francamente, no sabemos qué da más miedo.
Y AHORA SÍ, FIN DE LA GACETILLA
¡Hasta siempre!
Pedrete Trigos + IA
Epílogo
EPÍLOGO: EL GRAN TEATRO DEL MUNDO
(O CÓMO ESPAÑA SIGUE BAILANDO)
Si el lector ha seguido con paciencia estas crónicas, habrá comprobado que la corte de Carlos IV no es sino un gran teatro donde cada personaje, con mayor o menor decoro, ha representado su parte en la farsa de la historia. Hemos asistido a tertulias que terminan en desbandada, funciones trágicas con finales cómicos, homenajes que derivan en catástrofes y bailes donde la dignidad ha quedado sepultada bajo los faldones de una duquesa distraída. Pero, ¡ah, qué importa! Pues en este juego de máscaras y carcajadas, queda claro que el arte de vivir no está en la solemnidad, sino en la capacidad de reírse de uno mismo.
LA GRAN FARSA DE LA CORTE
De todo lo narrado, podemos extraer algunas lecciones valiosas:
De las tertulias: Que la Razón sucumbe ante la Sinrazón y que, si se mezcla literatura con Jumilla, el resultado es siempre impredecible. Don Andrés, con su loro profético y sus invitados ilustres, nos ha enseñado que la erudición se tambalea cuando irrumpen bandidos en pañales y poetas sin musa.
Del teatro: Que la tragedia y la comedia son una misma cosa, separadas por un espectador desmayado o por un actor que olvida el texto. La Tirana ha demostrado que la dignidad de una gran actriz sobrevive a cualquier ridículo, incluso si la arrastran perros galgos en medio de un homenaje.
De las fiestas palaciegas: Que la aristocracia puede jugar a la gallina ciega con la misma convicción con la que ignora los vientos de cambio. Que la Duquesa de Alba y la Duquesa de Osuna pueden reír con la misma pasión con la que conspiran. Que Goya sigue retratando la corte con una mezcla de sorna y genialidad. Y que, por mucho que la historia se tuerza, los españoles seguirán bailando hasta el final.
LA ESPAÑA QUE SE RESISTE A CAER
Sí, el mundo está cambiando. Napoleón afila su espada más allá de los Pirineos, las ideas ilustradas han encendido hogueras y el Antiguo Régimen cruje como una silla mal ensamblada. Pero mientras el destino empuja a la nación hacia lo incierto, nuestros personajes siguen bailando, riendo, discutiendo, declamando y sobreviviendo como mejor saben: con arte, con ingenio y con un inquebrantable espíritu de sainete.
¿Qué nos deja todo esto, querido lector? Nos deja la certeza de que, aunque los tiempos sean inciertos, la alegría persiste. Que, en medio de la tragedia, el español encuentra motivo para brindar, para declamar un verso picante o para reírse de sí mismo. Y que, cuando todo parezca perdido, siempre quedará un pintor dispuesto a inmortalizar el desastre con pinceladas magistrales.
Así, con la corte bailando en Aranjuez, con los bandoleros en pañales planeando su próximo golpe, con Moratín frunciendo el ceño y con Godoy tratando de firmar tratados con los dioses, ponemos punto final a esta crónica. Pero no teman, que mientras haya España, habrá comedia. Y mientras haya comedia, el telón nunca caerá del todo.
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Reflexión a título personal:
El teatro perpetuo de la historia y el arte de reírse en el abismo.
El gran teatro del mundo (o cómo España sigue bailando) no es solo un cierre, sino un espejo deformante que refleja la esencia de una época y, por extensión, de la condición humana. Al retratar la corte de Carlos IV como una farsa teatral, el texto trasciende lo anecdótico para convertirse en una metáfora universal: la vida como un escenario donde el absurdo y la dignidad, la tragedia y la comedia, se entrelazan en un baile frenético. Pero más allá de la sátira, hay aquí una pregunta incómoda: ¿cómo sobrevive un pueblo cuando su élite se empeña en bailar sobre un volcán?
La corte, con sus tertulias desbaratadas, sus homenajes ridículos y sus fiestas frívolas, encarna la desconexión de un poder que prefiere el espectáculo a la realidad. Mientras Napoleón acecha y las ideas ilustradas agitan Europa, la aristocracia juega a la gallina ciega, ignorando que el suelo se resquebraja bajo sus pies. Sin embargo, en esta crítica hay un matiz luminoso: la capacidad del pueblo español para reírse de sí mismo, para convertir el desastre en arte y la ironía en resistencia. Goya, con sus pinceles cargados de sorna y genio, es el testigo incómodo que inmortaliza no solo la decadencia, sino también la vitalidad de un espíritu que se niega a ser aplastado por la solemnidad.
El texto plantea una paradoja fascinante: la frivolidad de la corte, aunque reprobable, es también síntoma de una energía creativa que florece incluso en los terrenos más estériles. Las duquesas que conspiran y ríen, los poetas sin musa, los bandidos en pañales o Godoy firmando tratados con los dioses son personajes de un sainete que, pese a todo, mantiene viva la chispa de la vida. ¿Acaso no hay en esta mezcla de tragedia y comedia un acto de rebelión? Reírse del poder, de las pretensiones intelectuales o de la propia miseria no es evadirse, sino desarmar al destino con una carcajada.
Y aquí reside la lección más profunda: la historia no es lineal ni didáctica, sino un ciclo de caídas y reinvenciones. España, al borde del colapso con la invasión napoleónica en el horizonte, sigue bailando no por necedad, sino porque el baile es su forma de existir, de afirmar que la vida persiste incluso cuando todo parece perdido. El epílogo nos recuerda que las naciones no se definen solo por sus gobernantes o sus derrotas, sino por cómo sus pueblos transforman el caos en relato, el ridículo en memoria colectiva y el fracaso en semilla de futuro.
Al final, la pregunta que resuena es: ¿qué nos salva en tiempos de incertidumbre? El texto sugiere que no son los discursos grandilocuentes ni las batallas épicas, sino el arte de encontrar luz en lo grotesco, de bailar mientras se navega en la tormenta. Hoy, como ayer, seguimos siendo actores en ese gran teatro donde la historia repite sus farsas. Pero mientras haya quien pinte el desastre con pinceladas magistrales, quien convierta el sinsentido en verso o quien se atreva a reírse de las máscaras del poder, el telón nunca caerá del todo. Porque en ese gesto —tan humano— de crear belleza desde el abismo, está la verdadera resistencia.
En definitiva, este epílogo no es un adiós, sino una invitación a seguir bailando, aunque el mundo arda. Porque, al final, quizá la danza sea la única respuesta sensata a un universo que, desde siempre, ha preferido el drama a la razón.
FIN
(O QUIZÁ SOLO UN NUEVO COMIENZO).
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Capítulo Octavo
Capítulo octavo.
Contexto Histórico y Referencias:
Carlos IV y Godoy: Alusión a la inestabilidad política y la influencia de Godoy, cuyo gobierno se percibía como corrupto e inepto.
Goya: Su papel como cronista crítico, cuyos retratos reflejan la decadencia y hipocresía cortesana.
Napoleón y la Ilustración: Representan fuerzas de cambio que la corte ignora, enfocada en su "baile" decadente.
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GACETILLA DE SOCIEDAD
GRAN BAILE EN LOS JARDINES DEL PALACIO REAL DE ARANJUEZ
En la noche de ayer, bajo la benévola mirada de las estrellas y el infortunio de la organización, se celebró un majestuoso baile en los jardines del Palacio Real de Aranjuez. La ocasión: ningún motivo en particular, salvo el deseo de Sus Majestades de olvidar, por unas horas, que el trono se tambalea más que una mesa coja en una taberna. Así, la alta sociedad acudió con sus mejores galas y sus peores intenciones, listas para una velada de risas, música y, por supuesto, calamidades.
LOS ASISTENTES A TAN DICHA OCASIÓN
Sus Majestades, Carlos IV y María Luisa de Parma, sonrientes y despreocupados, como si el destino del reino no fuera una comedia de enredos.
El Príncipe Fernando, futuro rey y actual experto en lanzar miradas torvas a Godoy.
La Princesa Totó, con su inconfundible porte, lista para deslumbrar... o hacer tropezar a alguien, según se diese la noche.
Manuel Godoy, el omnipresente valido, entre pasos de baile y cálculos políticos.
Pepita Tudó, compañera del anterior y blanco de miradas entre envidiosas y curiosas.
La Duquesa de Alba, en una exhibición de extravagancia que rivalizaba con los fuegos artificiales.
La Duquesa de Osuna, siempre anfitriona de lo ilustrado, esta vez más preocupada de que no le pisaran la falda, acompañada de sus inseparables perros-fraile.
Leandro Fernández de Moratín, armado de paciencia y resignación, listo para documentar el desastre.
Doña Antoñita Leicon, observadora sagaz de la corte, con su abanico como arma de juicio.
Don Andrés, superviviente de tantas veladas previas, con un vaso de vino y su natural suspicacia.
JUEGOS, DANZAS Y OTROS DESPROPÓSITOS
Las danzas se sucedieron con una mezcla de elegancia y torpeza digna de un cuadro de Goya. La Duquesa de Alba intentó marcar tendencia con un paso de danza innovador, que resultó ser, en realidad, un traspié disfrazado de coreografía. La Princesa Totó, siempre fiel al espectáculo, propuso jugar a la gallina ciega, lo que desató un caos instantáneo: Godoy acabó abrazando a un arbusto, el Príncipe Fernando pisó a la Reina y Don Andrés, con admirable previsión, se escondió detrás de una estatua.
Mientras tanto, Francisco de Goya, apostado en un rincón, inmortalizaba la escena con su inconfundible trazo. Nadie podía prever que el pintor estaba retratando lo que, a todas luces, parecía más un aquelarre que un baile cortesano.
EL INCIDENTE QUE LO CAMBIÓ TODO
Todo marchaba según lo esperado —es decir, al borde del desastre— hasta que un sirviente, con la loable intención de refrescar a los asistentes, resbaló con una bandeja de ponche. La catástrofe fue inmediata: la Duquesa de Alba quedó teñida de rojo, el Rey, sorprendido, derramó su copa sobre la peluca de la Reina, y la Princesa Totó, al intentar evitar la colisión, terminó empujando a Godoy directamente a la fuente central.
El Príncipe Fernando, viendo al valido empapado y cubierto de hojas, no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción. Goya, por su parte, decidió que no haría falta añadir criaturas fantásticas a su próximo cuadro, pues la corte misma era material de sobra para sus visiones más grotescas.
Así concluyó el gran baile en Aranjuez: con carcajadas contenidas, egos heridos y una velada que, sin duda, pasará a la historia... aunque no de la manera que Sus Majestades hubiesen deseado.
POST SCRIPTUM:
Godoy, tras secarse, declaró que la caída en la fuente había sido "un accidente sin importancia". El Príncipe Fernando murmuró "ojalá todos los accidentes fueran así".
La Duquesa de Alba anunció que el color ponche era la nueva tendencia de la temporada.
Goya se retiró a su taller con un brillo peculiar en la mirada. La próxima obra maestra ya estaba en marcha.
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Conclusión Crítica:
El texto fusiona crítica mordaz y admiración por la identidad cultural. Mientras condena la frivolidad de la élite, celebra la vitalidad del espíritu español, que persiste a través del arte y la risa. La referencia final a un "nuevo comienzo" implica que, pese a los errores históricos, España reinventa su narrativa, equilibrando el caos con creatividad. Esta dualidad refleja la tensión entre la decadencia política y la riqueza cultural, un tema recurrente en la historia española.
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Crónica de Sociedad: El Tira y Afloja entre dos Titanas de la Corte
Madrid 1802
¡Oh, lectores! Si los salones palaciegos pudieran hablar, revelarían los secretos mejor guardados de dos mujeres cuyo ingenio, riqueza y pasiones marcaron una época. En el Madrid de Carlos IV, mientras el rey cazaba y Godoy conspiraba, María Cayetana de Silva, XIII Duquesa de Alba, y María Josefa Pimentel, Duquesa de Osuna, tejían una rivalidad que trascendía los tapices bordados para convertirse en leyenda.
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Las Protagonistas
1. La Duquesa de Alba: Joven, impetuosa y de belleza magnetizante, Cayetana (1762–1802) era dueña de media España y de la lengua más afilada de la corte. Heredera de los Álvarez de Toledo y los Silva, se decía que sus tierras abarcaban "de la sal del mar a la nieve de Sierra Morena". Amiga íntima (¿y musa más que amiga?) de Francisco de Goya, sus retratos alimentaron rumores de un amor prohibido. Su estilo: provocador. Usaba mantillas negras en señal de luto eterno por su difunto esposo, el Duque de Alba, mientras bailaba seguidillas con el pueblo en Lavapiés.
2. La Duquesa de Osuna: María Josefa (1752–1834), "La Illustrada", era su antítesis. Culta, refinada y mecenas de la Real Sociedad Económica Matritense, transformó el Palacio de El Capricho en un santuario de arte neoclásico. Patrocinó a Goya (Los caprichos) y a Leandro Fernández de Moratín, pero su elegancia era glacial. Esposa del poderoso Duque de Osuna —capitán general de la corte—, su salón era el refugio de filósofos, mientras que el de Alba lo era de toreros y actrices.
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El Duelo de las Duquesas
La rivalidad entre ambas era el espectáculo de la Villa y Corte. Se murmuraba que:
- En moda: Cayetana desafiaba el protocolo vistiendo de maja, mientras Josefa importaba vestidos de París para imponer la sobriété francesa.
- En amoríos: La Alba, viuda precoz, coleccionaba admiradores (¿incluido Goya?). La Osuna, fiel a su marido, despreciaba esos "arrebatos plebeyos".
- En arte: Ambas competían por Goya. La Osuna le encargó Los caprichos (1799), pero la Alba posó para retratos íntimos... y quizá algo más. Un criado juró haber visto al pintor arrodillado ante ella, gritando: "¡Solo tú eres digna de inmortalizarse!".
El chisme más jugoso: En 1796, durante un baile en el Palacio Real, la Alba llegó vestida de bruja (¡un guiño a su rival!), mientras la Osuna lucía un tocado de Minerva, diosa de la sabiduría. "Una es hechicera, la otra estatua", susurró un cortesano.
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La Corte Opina
Los periódicos de la época, censurados por Godoy, solo insinuaban:
- "Cierta dama de negro ha donado mil ducados a los pobres de Madrid... ¿Será para lavar su alma de pecados terrenales?" (Gazeta de Madrid, 1797).
- "Una ilustre mecenas ha fundado un jardín botánico en su finca. ¡Qué contraste con quienes cultivan solo vanidades!" (Diario de Madrid, 1801).
Pero en los mentideros de la Puerta del Sol, se hablaba sin pudor: "La Osuna envidia la pasión que despierta la Alba; la Alba, la influencia política de la Osuna".
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Epílogo: Muerta una, reinará la otra
La tragedia llegó en 1802: Cayetana murió a los 40 años, envenenada —decían— por celos de Godoy o por una enfermedad trivial. Su testamento (¿legó todo a Goya?) se perdió en llamas, alimentando mitos. La Osuna, en cambio, sobrevivió a la invasión francesa y murió octogenaria, dueña de un legado impecable... y de la satisfacción de haber sido la última en reír.
Moraleja decimonónica: ¡Oh, vanidad de vanidades! Dos mujeres que deslumbraron como soles, hoy yacen en sus tumbas... pero sus historias, como los pinceles de Goya, son eternas.
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Nota histórica:
- La rivalidad entre ambas está ampliamente documentada, aunque exagerada por la leyenda romántica.
- Goya trabajó para las dos, pero no hay pruebas concluyentes de su romance con la Alba.
- La Osuna fue clave en la Ilustración española; la Alba, un símbolo del choque entre aristocracia y pueblo.
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Capítulo Séptimo
Capítulo séptimo.
Contexto histórico y literario: El texto refleja el ambiente prenapoleónico, donde la corte española era un hervidero de intrigas, apariencias y decadencia.
Situaciones como el toro de peluche, el galgo destruyendo el vestido de La Tirana, o Godoy aplaudiendo a destiempo, crean un tono cómico grotesco.
Referencias a Boccherini (músico de la época) y al Manzanares (río madrileño) enriquecen el marco histórico.
La tienda de Doña Antoñita (telas falsas, perlas de vidrio) simboliza una sociedad basada en ilusiones.
El teatro y las fiestas palaciegas son metáforas de un mundo donde las máscaras sociales ocultan vacío e hipocresía.
Goya dibuja caricaturas en vez de retratos idealizados, subrayando su papel como cronista de la decadencia.
La caída de La Tirana parodia el drama clásico, mostrando que el verdadero espectáculo está en el público.
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GACETILLA DE SOCIEDAD
TEATRO DE LOS CAÑOS DEL PERAL, AÑO DEL SEÑOR DE 1802
En el entramado de las calles madrileñas, donde las verdades se venden con el mismo descaro que las falsificaciones, se encuentra la tienda de Doña Antoñita Leicon. Un establecimiento donde las perlas son de vidrio, los encajes de dudoso linaje y la dueña, siempre en un estado de exaltación etílica que oscila entre la inspiración y el delirio. Allí, entre maniquíes cojos y sedas de orígenes cuestionables, hizo su aparición estelar la célebre actriz La Tirana, en busca de telas para un nuevo vestuario digno de arrancar suspiros y aplausos.
“Querida Antoñita, necesito un brocado que grite nobleza, pero que susurre un precio razonable”, declaró La Tirana, desplegando su abanico con la majestuosidad de una reina de los escenarios.
La dueña de la tienda, apoyada sobre el mostrador con una copa de vino de Jumilla en la mano, parpadeó con confusión. “Ah, mi estimada Tirana, aquí todo es auténtico… o al menos lo parece después de un buen trago”, respondió con una sonrisa ladeada y un leve tambaleo.
Pero antes de que pudieran cerrar el trato, la campanilla de la puerta anunció una entrada inesperada. A través del umbral apareció el legendario torero Pedro Romero, el héroe de los ruedos, acompañado de un peculiar acompañante: un toro de peluche que sostenía con la misma reverencia con la que se porta una reliquia.
“¡Buenas tardes, damas! Vengo en busca de una capa que me haga justicia… y algo para mi querido ‘Fandanguillo’”, dijo el diestro, acariciando la cabeza del bovino de felpa.
La Tirana, alzando una ceja perfectamente delineada, miró primero al torero y luego a su insólita mascota. “Caballero, ¿es una broma? ¿Un torero con un toro de peluche?”
Pedro Romero, imperturbable, respondió con gravedad: “Querida señora, después de tanto lidiar con bestias de verdad, he decidido que solo este pequeño me entiende.”
Lady Antoñita, ya en su segunda copa de vino y con una emoción creciente en los ojos, palmeó la cabeza del toro de peluche y exclamó: “¡Brindemos por la paz entre toreros y toros! ¡Y por las grandes fortunas que hacemos vendiendo trajes que parecen reales!”
La tienda, por un momento, se convirtió en un escenario de lo más pintoresco: una actriz regateando con arte dramático, un torero sosteniendo un toro de felpa como si fuera su talismán y una vendedora que, entre falsificaciones y tintos, tejía un imperio de apariencias.
En la corte de Carlos IV pueden reinar las intrigas, pero en la tienda de Lady Antoñita, el auténtico espectáculo es la vida misma.
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Si algo caracteriza a nuestra noble villa es la firme creencia de que el teatro es un reflejo de la vida. Aunque, en esta ciudad, es más preciso decir que la vida es un esperpento digno de teatro. Con ese noble propósito, la ilustre compañía de nuestra insigne actriz La Tirana presentó su nueva tragedia en el Teatro del Príncipe. Y, como no podía ser de otra manera, acudieron los ilustres personajes de siempre, en busca de cultura, entretenimiento y, para algunos, una excusa para murmurar en los palcos.
ASISTENTES AL FESTÍN DRAMÁTICO:
Don Andrés, anfitrión por costumbre, esta vez dispuesto a disfrutar sin que su mobiliario corriera peligro.
Manuel Godoy, con su mueca de estadista y un abanico prestado, listo para aplaudir si la obra favorecía sus intereses.
Francisco de Goya, cuaderno en mano, cazando gestos entre sombras para su próximo lienzo.
Leandro Fernández de Moratín, con la pluma afilada, dispuesto a diseccionar la tragedia... y a los trágicos.
Pedro Romero, notablemente ausente, pues el torero afirmó que prefería enfrentarse a seis toros antes que a una función de tres actos.
PRIMER ACTO: EL TEATRO ES UN CAMPO DE BATALLA
Los telones se alzaron y con ellos, las expectativas del público. La Tirana apareció en escena envuelta en gasas trágicas y declamó con tanto ímpetu que los candelabros titilaron de espanto. El texto, una tragedia clásica de pasiones y honor, fue recibido con fervor... hasta que Goya, con su habitual descaro, dibujó en su cuaderno una caricatura de la actriz en pleno lamento.
SEGUNDO ACTO: LA CRÍTICA, ESA DAMA INCLEMENTE
Moratín, con gesto ceñudo, susurró:—Tragedia noble, interpretación soberbia... pero el autor ha muerto en la primera escena.
Godoy, por su parte, aplaudió a destiempo y comentó en voz baja:—Una obra magistral. Lástima que no mencione a nuestro querido monarca. Quizá en la próxima se pueda incluir un homenaje a la paz que tanto esfuerzo me ha costado.
Goya, mientras tanto, seguía trazando su obra, esta vez inmortalizando la expresión desencajada de un caballero dormido en el palco vecino.
TERCER ACTO: UN FINAL INESPERADO
La Tirana, en el clímax de su papel, lanzó un grito tan desgarrador que un espectador en las primeras filas sufrió un vahído. Un murmuro recorrió la sala: "¡Se desmaya! ¡Un éxito absoluto!"
La obra concluyó con ovaciones y hurras, aunque algunas fueron, sospechosamente, por la destreza del ujier que reanimó al desmayado.
Cuando los asistentes salieron a la noche madrileña, Godoy ya planeaba encargar una tragedia que exaltara su figura, Moratín se prometía escribir un ensayo sobre la degeneración del gusto, y Goya, con media sonrisa, meditaba sobre cómo representar el esperpento de la velada en su próxima pintura.
Así transcurrió la noche en el Teatro del Príncipe, donde, una vez más, se confirmó que en la corte de Carlos IV la verdadera obra siempre estaba en el público y no en el escenario.
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POST SCRIPTUM: LA FIESTA EN EL PALACIO DE LAS VISTILLAS
La Duquesa de Osuna, mecenas de lo ilustrado y anfitriona infatigable, decidió que una noche de teatro no bastaba para honrar a La Tirana. Así que abrió las puertas de su suntuoso palacio para una velada donde el arte, la música y el vino fluyeran como el Manzanares tras la tormenta.
El convite reunió a los sospechosos habituales: Godoy con su agenda política, Moratín con su ceño fruncido, Goya con su cuaderno y Don Andrés con la resignación de quien prevé el desastre.
Todo comenzó con elegancia: brindis por la cultura, versos declamados, y un cuarteto de cuerda interpretando a Boccherini con serena armonía. Pero la serenidad no es propia de esta corte, y pronto la música fue opacada por el jaleo.
Goya, con unas copas de más, anunció que haría un retrato en vivo de La Tirana. Ésta, emocionada, posó con una teatralidad exagerada. Pero justo cuando el pintor comenzaba a dar forma a su obra, un grito alarmó a la concurrencia: uno de los perros de la Duquesa, un galgo inquieto, había decidido que la bata de la actriz era perfecta para un forcejeo. En un instante, la tela cedió y La Tirana, en un acto de auténtico dramatismo, cayó de espaldas sobre una fuente de frutas.
El silencio fue absoluto. Luego, una carcajada ahogada. Luego, otra. Y en segundos, toda la sala explotó en risas incontenibles. La gran trágica, heroína de las tablas, ahora yacía entre uvas y melocotones como una ninfa en apuros.
Godoy intentó salvar la dignidad del momento con un discurso sobre la fragilidad del arte, pero nadie lo escuchó. Goya garabateaba febrilmente la escena, Moratín escribía mentalmente su próxima sátira, y Don Andrés pedía más vino.
Al final, La Tirana se levantó, se sacudió los restos de fruta y, con el aplomo de una reina destronada, exclamó:—¡El espectáculo debe continuar!
Y en efecto, continuó... pero en otra parte, porque la Duquesa, entre risas, sugirió que tal vez era momento de dar la noche por concluida.
Finalmente, Don Andrés, con su elegancia habitual, se levantó y sentenció:
—Damas y caballeros, creo que hemos presenciado la última gran representación de nuestra cultura. Podemos retirarnos con la certeza de que nada, absolutamente nada, podrá superar esta noche.
Y, sin embargo, todos sabían que la corte de Carlos IV siempre encontraría la manera de superarse en despropósitos. Así terminó el homenaje a la gran actriz: con una caída, un galgo encantado de su hazaña, y Goya retratando, una vez más, el alma de España en todo su glorioso absurdo.
FIN DE LA GACETILLA.
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Conclusión:
El texto es una sátira brillante que, bajo su tono ligero, critica la España de Carlos IV: un reino donde el arte, la política y la sociedad se han convertido en farsas. Al retratar a figuras reales en situaciones absurdas, el autor (¿un alter ego de Moratín o Goya?) expone la decadencia de una época al borde del colapso histórico (la Guerra de Independencia, 1808). La frase final —"el alma de España en todo su glorioso absurdo"— resume esta visión desencantada pero lúcida.
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GACETILLA DE SOCIEDAD
MADRID, AÑO DEL SEÑOR DE 1804
Si algo distingue a nuestra ilustrada corte es su capacidad para convertir el arte en espectáculo y el espectáculo en leyenda. Y en este teatro de vanidades, ninguna figura ha brillado con tanto fulgor —y suscitado tantos susurros— como la insigne actriz María del Rosario Fernández, La Tirana, cuyo nombre aún resuena en los corredores del Príncipe y la Cruz, a un año de su trágica partida. Acompañémosla en esta crónica, donde también comparece el célebre literato Leandro Fernández de Moratín, faro de las letras ilustradas y crítico implacable de cuanto huele a exceso barroco.
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LA TIRANA: DE SEVILLA A LOS REALES SITIOS, UNA TRAVESÍA DE PASIONES
Nacida en el bullicioso barrio de Triana, en Sevilla, en 1755, La Tirana —apodada así por su matrimonio con el actor Francisco Castellanos, «El Tirano»— comenzó su ascenso como un cometa en los cielos del teatro español. Formada en la escuela de Pablo de Olavide, donde se respiraban aires de renovación neoclásica, pronto destacó por su voz arrebatadora y su presencia magnética, cualidades que la llevaron a los Reales Sitios bajo el mecenazgo del conde de Floridablanca.
Su repertorio, tan vasto como contradictorio, abarcaba desde las tragedias de Racine hasta los dramas de Calderón, fusionando la solemnidad francesa con el ardor hispano. Goya, siempre atento a capturar el alma de su tiempo, la inmortalizó en dos retratos: uno como la reina Gelmira, de mirada hierática, y otro donde su semblante ya delataba los estragos de la enfermedad que la alejaría de las tablas.
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MORATÍN Y LA TIRANA: ENTRE EL ELOGIO Y LA SÁTIRA
El señor Moratín, adalid del buen gusto y enemigo declarado de los excesos declamatorios, no pudo evitar cruzar su pluma con el talento de La Tirana. En sus crónicas, elogiaba su «estilo fantástico, expresivo, rápido y armonioso», aunque añadía, con sorna ilustrada, que con él «obligó al auditorio a que muchas veces aplaudiese lo que no es posible entender».
La rivalidad entre neoclásicos y tradicionalistas se encarnaba en esta pugna: mientras Moratín abogaba por la contención y el decoro, La Tirana electrizaba al pueblo con su «tono enfático y ampuloso», arrastrando incluso a los más recalcitrantes a ovacionar escenas que, según los puristas, «debían quedar en el olvido». Cuentan que, en una función de La esclava del Negro Ponto, su interpretación fue tan apasionada que un caballero de las primeras filas exclamó: «¡Esto no es actuar, es poseer el alma del personaje!».
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UN DIVORCIO ESCANDALOSO Y UNA RETIRADA PRECIPITADA
La vida privada de La Tirana fue tan dramática como sus papeles. Su matrimonio con Francisco Castellanos derivó en un pleito de divorcio que sacudió la corte: acusaciones de maltrato, prostitución forzada y adulterio llenaron los tribunales, aunque la sentencia —como dictaban los usos de la época— obligó a la pareja a una separación temporal sin romper el vínculo.
En 1793, durante una representación de Asdrúbal, un vómito de sangre la obligó a abandonar el escenario para siempre. La tuberculosis, esa dama inclemente, había decidido escribir su último acto. Retirada en su casa de la calle del Amor de Dios, rodeada de los ecos de su gloria pasada, falleció en 1803, dejando tras de sí un legado tan brillante como enigmático.
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EPÍLOGO: ¿MITO O MUJER?
Hoy, mientras el señor Moratín prepara su ensayo sobre la degeneración del gusto teatral, y Goya bosqueja los trazos de una España que se desangra entre luces y sombras, La Tirana pervive en el imaginario colectivo. ¿Fue una víctima de su tiempo, una heroína que desafió convenciones, o un mero juguete de las intrigas cortesanas? Las crónicas futuras juzgarán, pero mientras tanto, sus admiradores aún susurran en los mentideros: «Ella no actuaba: *era* la tragedia».
FIN DE LA GACETILLA
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Capítulo Sexto
Capítulo sexto.
Contexto histórico:
La sátira anticipa la Guerra de la Independencia (1808) y el fin del Antiguo Régimen. La burla a Godoy (impopular en la realidad) y los bandidos reflejan ansiedades sobre el autoritarismo y el caos social.
GACETILLA DE SOCIEDAD
MADRID, AÑO DEL SEÑOR DE 1802
De entre todas las veladas de la temporada, pocas han sido tan esperadas (o temidas) como la tertulia celebrada anoche en casa de Don Andrés. Se prometía una noche de letras y pensamiento elevado, mas la realidad, como de costumbre en esta corte, prefirió tomar el sendero del desvarío. Lo que empezó como una cita de ilustrados terminó como un sainete con tintes de apocalipsis.
Apenas habían cruzado el umbral los invitados, cuando el anfitrión, con copa en mano y verbo encendido, los recibió con su habitual hospitalidad estridente. Entre los primeros en llegar, Don Leandro Fernández de Moratín, armado con su pluma y su perpetua resignación, traía consigo unos versos que esperaba leer sin interrupciones. Qué iluso.
Francisco de Goya, siempre alerta al esperpento de la sociedad, se aposentó en un rincón con su libreta, presto a inmortalizar la fauna presente. La Tirana, resplandeciente y locuaz, entró con ímpetu teatral, saludando a todos con reverencias exageradas y un abanico que parecía tener vida propia. Manuel Godoy, con su insuperable don de la injerencia, se apresuró a sentarse en el mejor lugar, armado con un volumen de filosofía que, con toda seguridad, no había leído.
La tertulia dio inicio con Don Andrés proclamando la supremacía del teatro nacional y dando paso a Moratín, quien, tras aclararse la garganta con gravedad, comenzó a leer un soneto sobre la moral y el decoro. Apenas iba por el segundo verso cuando La Tirana, incapaz de contenerse, se puso en pie y lo interpretó con tal dramatismo que hasta las cortinas se agitaron con la intensidad de su expresión.
“¡No es comedia, señora, es poesía!”, protestó Moratín, pero ya era tarde. Los asistentes aplaudían entre risas, mientras Goya esbozaba un retrato de la escena en el que el poeta aparecía con gesto de mártir y La Tirana con alas de serafín desatado.
Godoy, no queriendo quedar atrás, intervino con una reflexión sobre la relación entre la Ilustración y la geopolítica, hilvanando citas de filósofos que, sospechosamente, nadie recordaba haber leído jamás. Pedro Romero, el torero, ajeno a tales cuestiones, se dedicaba a degustar el vino de Jumilla con la paciencia de quien prefiere el peligro en la arena antes que en las tertulias.
La situación tomó un giro inesperado cuando irrumpieron en la sala dos pequeñas figuras que nadie esperaba: Luis Candelas y José María “El Tempranillo”, ambos de corta edad, pero ya diestros en la mala vida. “¡Al suelo, esto es un asalto… de biberones!”, chilló Candelas, blandiendo una cuchara de plata como si fuera una daga. Su cómplice, gateando con destreza, logró arrebatarle a Godoy la medalla de Príncipe de la Paz y la examinó con detenimiento. “¡Esto sabe a traición!”, exclamó antes de lanzarla al otro lado de la sala.
El caos se desató:
Moratín intentó recuperar el control de la velada recitando a Horacio, pero su voz quedó ahogada por las carcajadas de los presentes.
Pedro Romero, viendo el desorden, toreó con su capa a Luis Candelas, quien respondía con gritos de júbilo.
Goya, en éxtasis creativo, dibujó un boceto titulado “Saturno devorando una galleta”, con el loro disecado de Don Andrés en el papel del dios devorador.
La Tirana, subida a una silla, improvisó un monólogo trágico sobre el estado de la nación, mientras otra lámpara comenzaba a balancearse con ominoso presagio.
Al final, la velada concluyó cuando Don Andrés, alzando su copa, decretó: “¡Basta de letras, brindemos por la inmortalidad del desatino!”. Y todos, aún entre risas, no tuvieron más remedio que obedecer.
Así terminó una de las tertulias más memorables de Madrid. Y si alguien esperaba que el pensamiento ilustrado resplandeciera, encontró en su lugar una noche en la que el vino de Jumilla y la sátira se alzaron triunfantes.
EPÍLOGO: UN BROCHE DE ORO Y ESPANTO
Al día siguiente, aún con la resaca literaria en el aire, los protagonistas de la noche recibieron un inesperado mensaje: el mismísimo Francisco de Goya los convocaba en su taller. "Venid y veréis el retrato fiel de nuestra ilustradísima tertulia", decía la nota.
Intrigados, acudieron. Y allí estaba el lienzo: un cuadro monumental que capturaba con desmesurada genialidad cada detalle de la velada. Ahí estaban Moratín y su pluma, Godoy con su tratado a medio robar, La Tirana a punto de caer de la silla, Pedro Romero con la capa levantada como si toreara el destino mismo, y los pequeños bandidos en pañales reinando sobre el desorden.
—Se titula El triunfo de la razón —anunció Goya con sorna.
Los asistentes guardaron silencio. Luego, uno a uno, comenzaron a reír hasta que las paredes del taller temblaron.
—¡Majadero! ¡Esto acabará en la Academia! —exclamó Moratín entre carcajadas.—¡O en el exilio! —añadió Godoy, no tan divertido.
El cuadro nunca llegó a la Academia, pero sí sobrevivió en la memoria de todos como testimonio de que, en la corte de Carlos IV, la cultura era un sainete... y España, su eterno escenario.
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Conclusión:
El texto es una sátira histórica magistral que usa caricaturas para criticar la futilidad de la Ilustración en una sociedad resistente al cambio. Refleja la visión goyesca de la locura humana: las pretensiones de razón se ahogan en el absurdo.
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Crónica de Sociedad
Gaceta de los Chismotiles
Madrid, a 15 de Mayo de 1802
EL ILUSTRÍSIMO SEÑOR MARQUÉS DE LOS GUIÑAPOS, CONDE DE LOS CHISMOTILES, BRILLA EN SARAO SIN IGUAL
Por nuestro corresponsal en la Villa y Corte, Don Baltasar de la Lengua Viperina.
En esta muy noble y leal corte de Madrid, donde el sol de la ilustración alumbra hasta los más recónditos salones, no cesan de resonar los elogios hacia el excelentísimo señor Don Andrés de Arteaga-Lazcano y Palafox, X Marqués de los Guiñapos y XX Conde de los Chismotiles, cuyo palacete en la calle de El Turco fue, la pasada noche, teatro de un festejo que hubiera envanecido al mismísimo Apolo.
Festejos y Elegancia.
El insigne caballero, cuya apostura —dicen las damas— “emula a Marte en brío y a Ganímedes en dulzura”, recibió a lo más granado de nuestra sociedad en un sarao donde el lujo y el buen gusto rivalizaron con las estrellas. Los salones, iluminados por candelabros de plata traídos de las Indias, vieron desfilar a Su Excelencia ataviado con un "fraco" de terciopelo carmesí, bordado en hilo de oro por las monjas clarisas de Úbeda, y unos calzones que —¡oh prodigio!— suscitaron murmullos de envidia hasta en el Alcázar Real.
Tertulia de Ingenios.
Entre los ilustres invitados, destacó la presencia del ínclito pintor de cámara Don Francisco de Goya y Lucientes, quien, según fuentes bien informadas, exclamó: “Por el honor de mi pincel, jamás vi modelo más digno de un lienzo que este marqués”. No faltaron la excelsa Duquesa de Alba, radiante en tafetán azul y con un escote que desafiaba las leyes de la física y la moral, ni el docto Don Leandro Fernández de Moratín, quien declamó versos tan sutiles que hasta los lacayos suspiraban.
Manjares y Delicadezas.
En las mesas, dispuestas con primor, se sirvieron manjares que habrían hecho palidecer a los banquetes de Baco: perdices en salsa de almendras de Granada, chocolates espesos como el oro de Potosí y champán francés que burbujeaba cual risa de doncella. Mas no todo fue deleite terrenal: se rumorea que, en un aparte, el Conde de los Chismotiles intercambió “secretos de Estado” con la célebre actriz La Tirana, cuya voz, según dicen, “enternece hasta a los santos”.
¡Oh, Curiosidades!
Llamó la atención la ausencia de la Duquesa de Osuna, rival eterna de la de Alba en ingenio y joyeles. Fuentes cercanas al marqués aseguran que “Su Excelencia, en su infinita prudencia, recibió a ambas señoras en días alternos para evitar que el fuego de sus miradas incendiaran los tapices”. ¡Qué discreción, digna de un Talleyrand!
Entre Rumores y Perfumes.
Aunque el marqués, caballero de virtud inquebrantable, rehúye las murmuraciones, no pudieron evitarse ciertos cuchicheos sobre una colección de cartas “perfumadas con esencia de violeta” que, según malintencionados, le vinculan a cierta dama de la Casa de Borbón-Parma. ¡Fábulas!, exclamó un criado al ser interrogado: “Mi señor solo escribe con tinta púrpura… y para la Corona”.
Epílogo:
Al retirarse los carruajes al alba, quedó claro que el Marqués de los Guiñapos no es solo el árbitro de la elegancia madrileña, sino el alma de una corte donde el chisme se viste de poesía y la historia se escribe entre copas de cristal. Quien esto suscribe, atestigua: ¡No hay tertulia donde no se hable de él… ni chismotil que no lleve su nombre!
Post Scriptum:
Se comenta que ciertos documentos sobre sus hazañas, custodiados en el Archivo Colombino, fueron sustraídos por el temible José María El Tempranillo. ¡Lástima que tales tesoros acaben en manos de bandoleros… o envolviendo buñuelos en una venta de La Mancha!
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Fin de la Crónica
Publicado con licencia del Santo Oficio, para deleite de los que entienden de finuras y malicias.
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Don Andrés de Arteaga-Lazcano y Palafox, X Marqués de los Guiñapos y XX Conde de los Chismotiles. Conocido en los círculos ilustrados como El tito Andrés o El Fenómeno del Siglo. Personaje ficticio de la corte de Carlos IV de España (1788-1808)
Perfil histórico-ficticio:
Don Andrés es una creación satírica que encarna los excesos y contradicciones de la nobleza española del siglo XVIII. Aunque su existencia es imaginaria, su "biografía" se teje con elementos históricos reales (figuras como Goya, Moratín, la Duquesa de Alba, bandoleros célebres) para criticar, con humor absurdo, la frivolidad, la vanidad y la corrupción cortesana.
Títulos y linaje:
- X Marqués de los Guiñapos (alusión a lo insignificante tras la pompa nobiliaria).
- XX Conde de los Chismotiles (referencia a la decadencia de la corte).
- Miembro de una supuesta ilustre familia vasco-andaluza (apellidos Arteaga-Lazcano y Palafox).
Vida en la corte de Carlos IV:
- Servicio a la corona: Proclamado como leal "hasta la muerte", aunque su devoción se reduce a tertulias, bailes y gestionar chismes.
- Relación con los reyes: "Intachable", según fuentes ficticias, aunque nunca se aportan pruebas (cartas perfumadas "robadas por Luis Candelas").
- Amistades ilustres: Desde Goya (quien "lo retrataría con la elegancia de un césar") hasta toreros como Pedro Romero y actrices como La Tirana. Organizaba saraos en su palacete de la calle de El Turco, donde servía chocolate virreinal y champán francés.
Perfil personal del Marqués de los Guiñapos:
Personalidad:
- Culto y refinado: Dominaba el arte de "hablar sin decir nada", elogiado por su elocuencia vacía.
- Diplomático: Evitaba conflictos entre duquesas rivales (como la de Alba y la de Osuna) citándolas en días alternos.
- Vanidoso: Su vida giraba en torno a mantener una imagen de "perfección relicaria", aunque las "lenguas viperinas" lo acusaban de secretos inconfesables (nunca verificados).
Físico y vestimenta:
- "Apolo con toga": Según "testimonios", su rostro rivalizaba con el de Ganímedes, su cuerpo con el de Hércules y su elegancia con la de los césares romanos.
- Modisto involuntario: Vistió trajes tan extravagantes que, se rumorea, inspiraron los diseños más excéntricos de Goya para sus Caprichos.
Educación y talentos:
- Cultísimo, ilustradísimo y todos los "ísimos" que se puedan imaginar: Sabía citar a Voltaire en francés, recitar a Quevedo de memoria y discutir de tauromaquia con igual pasión.
- Políglota: Suspiros en italiano, halagos en francés y reproches en latín.
Vida social:
- Anfitrión de Madrid: Sus tertulias eran epicentro de la frivolidad cortesana. Se servían manjares, chismes y vinos, pero nunca se abordaban temas de Estado.
- Coleccionista de rumores y chismotiles: Su título de Conde de los Chismotiles no era honorífico: archivaba cotilleos en legajos que, irónicamente, fueron robados por bandoleros.
Secretos y controversias:
- Amantes: Oficialmente, "caballero de la cabeza a los pies", pero se murmuraba que La Tirana lo visitaba para "ensayar versos".
- Documentos perdidos: Sus cartas de amor "escritas con tinta púrpura" acabaron envolviendo churros o en un santuario sintoísta en Sierra Morena (según la versión más exótica).
Legado ficticio:
- Mito cortesano: Un símbolo de la España premoderna, donde la apariencia triunfaba sobre la realidad.
- Víctima de la historia: Sus hazañas se "perdieron" entre robos de bandoleros y desinterés de los archivos, parodiando la negligencia cultural española.
Frase atribuida (ficticia):
"En la corte, más vale un buen chismotil, que cien leyes ilustradas."
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Nota final: Don Andrés es un meme histórico, una crítica disfrazada de elogio a la España de Carlos IV, donde la decadencia política coexistía con el esplendor artístico. ¡Un personaje que, de haber existido, habría sido el "influencer" más famoso del Antiguo Régimen!
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Capítulo Quinto
Capítulo quinto.
Contexto:
El texto satiriza la Conspiración de El Escorial (1807), donde Fernando planeó derrocar a su padre y a Godoy. La corte era un hervidero de facciones, incompetencia y absurdos, que culminaron en las Abdicaciones de Bayona (1808), orquestadas por Napoleón.
GACETILLA DE SOCIEDAD
PALACIO REAL DE MADRID, AÑO DEL SEÑOR DE 1802
Si la corte de Carlos IV tuviera un pasatiempo más entretenido que la caza, sin duda sería la intriga. Y en los salones dorados del Palacio Real, donde las tapicerías disimulan más secretos que adornos, se fraguaba ayer una de esas conspiraciones con sabor a farsa.
El príncipe Fernando, que con apenas veintiún años ya conspiraba con el entusiasmo de un veterano, se paseaba por sus aposentos con un dramatismo digno de tragedia griega. A su lado, su esposa, la princesa Totó, con el luto perpetuo que llevaba como bandera, escuchaba con una ceja enarcada. "Totó, querida mía, el monstruo nos acecha", musitó Fernando, refiriéndose, como de costumbre, a Godoy.
"El monstruo, dices", respondió la princesa con una voz tan glacial como el ánima de un protocolo. "Pero díme, ¿cuál de todos? Porque en este palacio hay tantos que parece un bestiario."
Mientras tanto, en la antecámara, Don Andrés de Arteaga, el inigualable Marqués de los Guiñapos, mataba el tiempo en lo que más le complacía: escuchar y esparcir rumores con una elegancia propia de la alta nobleza. "Queridos míos, se dice que el príncipe se entrena para reinar, pero lo que en verdad hace es ensayar papeles para un drama que nadie ha escrito aún", comentó con aire grave. "Y sobre su esposa... bueno, ella sí que podría gobernar, si la tuberculosis y la paciencia se lo permitieran."
Godoy, por su parte, se hallaba en su despacho, meditando cómo seguir siendo el hombre más odiado y más indispensable de España al mismo tiempo. "El príncipe trama, la reina me protege, el rey no se entera... en fin, un día como cualquier otro", suspiró mientras firmaba un decreto que no leería nadie con interés.
El punto álgido de la jornada llegó cuando Fernando, en un arrebato de conspirador de sainete, envió una nota cifrada a sus aliados cortesanos. El mensaje, interceptado con facilidad por una sirvienta que lo usó para envolver dulces, revelaba un plan que ni el propio príncipe comprendía del todo. Cuando se descubrió la indiscreción, Godoy no pudo evitar reírse. "Al menos esta vez no me han acusado de intentar envenenar a nadie... ño, que aún es pronto para eso."
Al final del día, la corte de Carlos IV, entre enredos, chismes y maniobras torpes, probó una vez más que, en España, la política es un teatro en el que sobran actores y faltan guiones coherentes. Mientras tanto, Don Andrés se retiraba a su palacete de la calle del Turco, donde escribiría, entre sorbos de chocolate virreinal, su crónica de los hechos: "De monstruos y príncipes: un ensayo sobre la tragicomedia borbónica".
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Conclusión:
Este texto fusiona crítica histórica y humor, retratando la corte borbónica como un circo de vanidad e ineptitud. Su fuerza radica en humanizar a figuras históricas mediante el absurdo, resultando tanto entretenido como mordaz. Para quienes conocen la historia de España, es una reinvención ingeniosa; para otros, una puerta al caos de la época.
Crónica de Sociedad
Gazeta Palatina de Madrid, abril de 1808
De nuestro corresponsal en la Corte Real
Doña Mariana de la Encarnación
ILUSTRÍSIMO PÚBLICO,
Vuestra merced habrá de permitir que estas humildes líneas desvelen los sucesos más candentes que agitan los salones de Palacio, donde el Príncipe de Asturias, Don Fernando de Borbón, se erige en figura de perpetuo misterio y no menor escándalo.
EL PRÍNCIPE Y SUS INTELIGENCIAS
No es secreto para nadie, amable lector, que el joven Fernando, de veinticuatro abriles, ha urdido más tramas que comedias se representan en el Corral del Príncipe. Desde su encierro en El Escorial el año pasado —motivado por aquel asunto de venenos que tanto conmocionó a la Corte—, su alteza ha sido visto en conciliábulos con nobles de ceño fruncido y clérigos de mirar severo. ¡Qué diría su augusto padre, el Rey Carlos IV, si supiese que el heredero recibe en sus aposentos a cuantos despotrican contra el valido Godoy!
AMORES Y DESAMORES
En cuanto a su corazón, se murmura que la doncella Pepita Tudó, célebre por haber encendido los ardores del propio Godoy, ahora suspira por el príncipe. ¿Será cierto que Fernando la recibe a altas horas, envuelto en capa y sombrero, para pasearse por los jardines de Aranjuez? ¡Ay, qué ironía del destino que el hijo dispute al favorito real hasta en el terreno galante!
LA SOMBRA DE LA REINA MARÍA LUISA
No falta quien, en los mentideros de la Plaza Mayor, cuchichea que la Reina María Luisa de Parma ve en su vástago más a un rival que a un hijo. "¡Ese mozo tiene la soberbia de los Borbones y la astucia de los Farnesio!", dicen que exclamó Su Majestad tras descubrir que Fernando interceptaba sus cartas. Y aunque los médicos juran que el príncipe es sangre de Carlos IV, hay lenguas viperinas que susurran sobre ciertos rasgos compartidos con el señor Godoy...
DEVOCIÓN Y TEATRO
En materia de piedad, Don Fernando asiste a misa con tal puntualidad que hasta los frailes más rigorosos se sonrojan. Mas, ¡oh paradoja!, sus críticos aseguran que tras el rosario esconde más planes que rezos. "Reza como un santo y conspira como un veneciano", sentenció un embajador extranjero en confianza.
MODA Y VANIDAD
En lo que a elegancia atañe, el príncipe viste con el rigor de un hidalgo antiguo: casacas de terciopelo carmesí, bordados en oro y el Toisón colgado al cuello como si fuese un talismán. El pintor Don Francisco de Goya, que retrató su rostro redondo y mirada gélida, confesó en privado: "Pintarlo es como capturar a un lobo en traje de gala".
EL MOTÍN DE ARANJUEZ: ¿TRIUNFO O FARSA?
Los últimos días han sido de vértigo. Tras el motín que derrocó a Godoy y obligó al Rey a abdicar, Don Fernando cabalga ahora hacia Madrid entre vítores. Pero, ilustrísimo público, ¿no os parece sospechosa tanta algarabía? Corren rumores de que el príncipe pactó en secreto con el mismísimo Napoleón, a quien escribió cartas aduladoras firmadas como "su humilde servidor". ¡Qué lejos queda ya aquel joven que jugaba al escondite en los pasillos de La Granja!
EN CONCLUSIÓN
Sea héroe o felón, lo cierto es que Don Fernando VII de Borbón ha logrado lo imposible: ser el tema de conversación en tertulias, tabernas y hasta en los confesionarios. Mientras la Corona pende de un hilo, Madrid no tiene rey... pero sí un drama digno de Lope.
Vuestra servidora, Doña Mariana de la Encarnación
Desde el Salón de Espejos de Palacio Real
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Nota del redactor: Las opiniones aquí vertidas reflejan el sentir popular y no comprometen a esta Gazeta, fiel siempre a Su Majestad Católica.
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CRÓNICA DE SOCIEDAD
Gazeta Palatina de Madrid, 15 de octubre de 1805
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DE ITALIA A LA CORTE: LA PRINCESA DE ASTURIAS, PERLA MELANCÓLICA DE LOS BORBONES
En los salones de Palacio, donde el oro de los espejos rivaliza con el brillo de las joyas reales, una figura etérea ha capturado la atención de la nobleza madrileña. Su Alteza Real María Antonia de Borbón, Princesa de Asturias, llega a nuestro recuerdo no por el estruendo de sus fiestas, sino por el misterio que envuelve su persona, cual heroína de novela gótica.
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Llegada a la Corte: Un aura napolitana
Cuando en abril de 1802 desembarcó en Barcelona, proveniente de las costas doradas de Nápoles, la princesa —llamada cariñosamente Totó en su tierra natal— trajo consigo el rumor de los violines italianos y el perfume de los jardines de Caserta. Su porte, dicen las damas, era "delicado como el cristal de Bohemia", y sus ojos, "dos luceros velados por una tristeza inexplicable". Aunque vino a unir su sangre a la del Príncipe Don Fernando, pronto se supo que su corazón permanecía anclado allende los mares.
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Vestuario: El luto como divisa
Mientras las damas de la Reina María Luisa se engalanan con tafetanes color de rosa y diamantes de la India, la Princesa de Asturias ha hecho del negro su enseña. "Ni en los saraos más espléndidos ha abandonado su crespón", murmuran las comadres de la tertulia de la Duquesa de Osuna. ¿Es acaso duelo por sus hermanos, cuyas almas inocentes volaron al cielo en Nápoles? ¿O acaso un reproche silente a los excesos de nuestra época? Su traje, bordado con hilos de plata por modistas italianas, parece susurrar versos de Petrarca en medio del bullicio de las mascaradas.
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Intelecto y melancolía: Un alma entre libros
No es la Princesa de Asturias dada a los juegos de naipes ni a las cacerías en El Pardo. Se rumorea que en sus aposentos, entre cortinajes de terciopelo carmesí, pasa las horas leyendo obras de filosofía francesa —¡qué escándalo para los devotos!— y tocando el clavecín con una destreza que "haría palidecer a las musas", según confesó un embajador extranjero. Su Alteza, educada por la sabia Reina María Carolina de Nápoles, habla el francés con la elegancia de una dama versallesca y debate de política con una agudeza que desconcierta a los consejeros del Rey.
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Intrigas y sospechas: ¿Víctima o conspiradora?
En los corredores de Palacio, se cuchichea que la Princesa y el Príncipe Fernando urden en secreto contra el "favorito" Godoy, ese Ícaro moderno cuyas alas de cera se derriten ante el sol de la ambición. La Reina María Luisa, dicen, ve en su nuera una "serpiente en el jardín de las Hespérides", mientras los partidarios del Príncipe la aclaman como una nueva Judit, dispuesta a decapitar al Holofernes de la corte.
Y aunque algunos maldicen que su palidez es fruto de venenos sutiles —¡oh, fantasías de mentes calenturientas!—, los médicos reales aseguran que es la tisis, esa dama silenciosa, quien la reclama para su lecho de amapolas.
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Último acto: Adiós a "Totó"
Hace apenas un mes, en el teatro de Los Caños del Peral, Su Alteza apareció radiante en un vestido de terciopelo negro con encajes de Flandes, acompañando al Príncipe Fernando. Era, según un poeta anónimo, "como una estrella fugaz cruzando el firmamento de la corte". Hoy, sin embargo, se dice que su tos ha empeorado, y que sus paseos por el Jardín de la Isla son cada vez más breves.
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Epílogo para la posteridad
María Antonia de Borbón, Princesa de Asturias, no será recordada por bailar el fandango ni por coleccionar abanicos, sino por su trágica elegancia y su lucha silenciosa en un tablero de ajedrez donde las reinas son peones. Madrid, entre chismes y suspiros, aguarda el próximo capítulo de esta historia... que quizá la muerte escriba demasiado pronto.
— Firmado: Un caballero conocedor de los secretos palaciegos.
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[Nota del redactor: La Gazeta Palatina se abstiene de confirmar los rumores aquí expuestos, limitándose a reflejar el sentir de la alta sociedad.]
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Capítulo Cuarto
Capíluto cuarto.
Contexto histórico y sátira:
La España de 1802 estaba en declive, con Carlos IV como rey débil y Godoy como figura impopular. En 1808, Napoleón invadiría España, destronando a los Borbones. El texto anticipa esta caída: la reina pierde dientes (autoridad), Godoy evade conflictos (gobernar con astucia vacía), y la nobleza solo cosecha chismes. La mención de "cobardes" al final alude a la futura abdicación de Carlos IV tras el Motín de Aranjuez (1808), liderado por sus propios cortesanos.
GACETILLA DE SOCIEDAD
PALACIO REAL DE MADRID, AÑO DEL SEÑOR DE 1802
Si la política de España se decidiera entre sedas y polvos de arroz, el tocador de la reina María Luisa sería el verdadero consejo de ministros. En aquella estancia, donde el perfume de ámbar apenas disimulaba el hedor de la traición, se congregaron ayer tres damas de armas tomar: la reina misma, la duquesa de Alba y la duquesa de Osuna, esta última flanqueada, como de costumbre, por sus famosos perros-fraile, más adornados que los propios cortesanos.
La reina, envuelta en encajes y rumores, observaba su reflejo con la satisfacción de quien no teme a los espejos, pero sí a las malas lenguas. “¿Os habéis enterado, queridas? Dicen que he perdido otro diente”, comentó con un gesto de mofa. “¡Calumnias! Yo misma me lo arranqué para no darles ese placer.”
La duquesa de Alba, que podía presumir de muchas cosas menos de sutileza, esbozó una sonrisa maliciosa. “Ah, Majestad, no os preocupéis. Lo importante no es la dentadura, sino la mordida. Y vos seguís siendo la más temida de palacio.”
La duquesa de Osuna, siempre más comedida pero no menos afilada, acarició distraídamente a uno de sus perrillos mientras añadía con dulzura envenenada: “Al fin y al cabo, Majestad, la lengua sigue intacta, y en esta corte es lo único que se necesita para gobernar.”
Mientras tanto, un enjambre de doncellas, abanicos y frasquitos de esencias orbitaba alrededor de las damas, atentos a cada palabra que pudiera valer su peso en escándalo. En un rincón, una costurera fingía coser mientras prestaba oído. En palacio, hasta los hilos tenían orejas.
La conversación pronto derivó hacia un tema inevitable: Godoy. La duquesa de Alba, con la ligereza de quien arroja un leño al fuego, preguntó: “Majestad, ¿es cierto que vuestro favorito ha adquirido una nueva villa? La envidia en la corte es insoportable.”
La reina, sin inmutarse, se ajustó una de sus pulseras enjoyadas. “Querida mía, los envidiosos son como las pulgas: molestan, pero nunca matan. Además, ¿qué puede hacer una mujer sola en este palacio si no cuidar de sus amigos?”
La duquesa de Osuna reprimió una carcajada y miró a sus perros, que parecían más atentos a la conversación que muchos ministros. “Algunos dirían que vuestros amigos han tenido mucha suerte, Majestad. Quizás demasiada.”
Las risas discretas llenaron la estancia, mientras las doncellas, expertas en el arte de simular sordera selectiva, redoblaban sus esfuerzos en abanicar el aire cargado de intrigas. La reina, satisfecha con la velada, se levantó con la dignidad que solo otorgan los años en el poder. “Intrigas, queridas, siempre habrá. Pero los reyes no se derrumban por palabras, sino por cobardes.”
Y así, entre encajes, veneno y sonrisas de media luna, la corte de Carlos IV demostró una vez más que, en España, el verdadero juego de poder no se juega en los despachos, sino en los tocadores.
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Fue entonces cuando, al salir del tocador, la comitiva de damas se topó con un espectáculo digno de sainete: Manuel Godoy, con una sonrisa de suficiencia y una postura de falsa humildad, se encontraba en animada charla con Pepita Tudó, la hermosa y joven amante que le robaba suspiros y rumores por igual. Al verlos, la reina entornó los ojos y se detuvo en seco. Un silencio denso se apoderó del corredor.
La duquesa de Alba fue la primera en reaccionar, murmurando con deleite: “Ah, el gran valido en su momento de esparcimiento. Qué conmovedor.”
La duquesa de Osuna ocultó una sonrisa tras su abanico de encaje. “Dicen que la devoción a la patria exige sacrificios… aunque algunos parecen disfrutarlos demasiado.”
Godoy, siempre diestro en la política de la supervivencia, se inclinó con cortesía fingida. “Majestad, estaba simplemente asegurándome del bienestar de la señorita Tudó, que ha tenido un desvanecimiento. La corte puede ser tan sofocante.”
La reina, sin apartar la mirada de su favorito, se acercó lentamente. El pasillo entero contuvo el aliento. Pepita, con un instinto felino para la autopreservación, hizo una reverencia y se apartó con gracia. Pero antes de desaparecer, susurró lo suficiente para ser oída: “No os preocupéis, Majestad, el señor Godoy es generoso con todos.”
Fue en ese instante cuando la reina apretó los dientes… o al menos, los que le quedaban. Un sonido ominoso se escuchó en la estancia. “¡Maldición!”, exclamó, llevándose la mano a la boca. Entre la sorpresa y el furor, otro diente había decidido desertar.
El Marqués de los Guiñapos, que había llegado justo a tiempo para presenciar el desenlace, observó la escena con una mezcla de horror y fascinación. “Ah, Majestad, permitidme deciros que en la política, como en la vida, lo importante no es lo que se pierde, sino lo que se calla.”
La corte, entre bochornos y murmullos, se disolvió con la rapidez de quienes saben que en palacio es mejor estar en el lugar correcto… pero no demasiado tiempo. Mientras tanto, Godoy esbozó una leve sonrisa y desapareció con la elegancia de quien sabe que, por esta vez, había esquivado el golpe. Pero, ¿por cuánto tiempo?
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En resumen, el texto es una crítica mordaz a la España prenapoleónica, donde la vanidad y la intriga corroen el poder real. Combina historia y ficción para mostrar cómo la decadencia moral precede al colapso político. Diálogo cortante: Las frases de las damas son dagas envueltas en seda (ej: "la lengua sigue intacta, y en esta corte es lo único que se necesita para gobernar"). Humor negro: La reina arrancándose un diente para "no darles placer" a sus críticos mezcla lo grotesco con lo cómico. Ambiente claustrofóbico: Abanicos, frasquitos de esencias y doncellas mudas crean una atmósfera asfixiante, reflejando la opresión de la etiqueta palaciega.
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"La Gaceta Palatina"
Madrid, 15 de marzo de 1802
De la Vida Galante y Misterios de la Corte
¡Oh, lectores! ¿Quién no conoce a la Serenísima Reina María Luisa, cuya elegancia parmesana brilla en estos reinos? Nuestra augusta señora, de porte majestuoso aunque de semblante afilado, preside los saraos con trajes de brocado y joyas que emulan el resplandor del sol. Mas se murmura que tras su risa, oculta el vacío de su dentadura, malograda por su devoción a los pastelillos de almendra.
En Palacio, se comenta que Su Majestad, cual nueva Mesalina, dirige los hilos del poder entre bailes y confidencias con el Príncipe de la Paz, don Manuel Godoy. ¡Qué escándalo para los puritanos! Aunque los doctos aseguran que solo es consejo de Estado, el vulgo cuchichea sobre cartas ardientes y rendez-vous en los jardines de Aranjuez.
Su Alteza el Príncipe Fernando, de negro humor, clama contra el favoritismo de Godoy, mientras la dulce Totó, su esposa napolitana, yace pálida en sus aposentos. ¿Fue acaso un pastel envenenado enviado por la Reina? Los médicos callan, pero las damas de compañía juran que el malestar provino de un cólico... o de la melancolía de ver a su amado Fernando conspirar.
En los salones, la Duquesa de Osuna celebra tertulias con la Reina, aunque la de Alba, con su aire de gitana, prefiere retirarse a sus posesiones. ¡Ay, qué intrigas se tejen entre abanicos y susurros!
Así es la vida en la Corte de Carlos IV: un teatro de pasiones donde la Reina, entre dulces y diamantes, gobierna con mano de seda y corazón de enigma.
Firmado: Un Caballero de Intrigas
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