Este blog se nutre de tus comentarios, no te olvides de dejar tus impresiones cuando lo visites. ¡Muchas gracias!


jueves, 19 de febrero de 2026

¿Viajera o inventora? La mirada de Madame d'Aulnoy: un espejo francés de la moda y las mujeres en la España de Carlos II

 Introducción: Un personaje de novela



Imaginemos a una joven escritora francesa, de vida tan azarosa como un cuento de hadas. Marie-Catherine Le Jumel de Barneville, baronesa d'Aulnoy (1650/52-1705), fue casada a los quince años con un hombre treinta años mayor que ella, un barón libertino y jugador que dilapidó buena parte de su fortuna. En 1669, su familia se vio envuelta en un grave escándalo: acusaron falsamente al barón de traición al rey. El plan fracasó, dos hombres fueron ejecutados —entre ellos el amante de su madre— y Madame d'Aulnoy hubo de huir de Francia, exiliándose primero en Inglaterra y, supuestamente, después en España.

De regreso a París hacia 1685, estableció un salón literario que se convirtió en uno de los más afamados de su tiempo, frecuentado por aristócratas y príncipes. Y fue entonces cuando publicó dos obras que la harían famosa: sus Cuentos de hadas (1697), donde acuñó el nombre del género y creó al personaje del Príncipe Azul, y su Relación del viaje de España (1691), un conjunto de cartas dirigidas a una prima en las que narraba sus supuestas experiencias en la corte de Carlos II entre 1679 y 1681.

Pero la pregunta que ha perseguido a Madame d'Aulnoy durante siglos es si realmente estuvo en España. El hispanista Raymond Foulché-Delbosc ya consideró el relato como inventado, señalando la falta de pruebas documentales. La historiadora Elvira Roca Barea lo confirma: "no hay constancia documental de la presencia de la baronesa en tierras españolas. Nadie la menciona y esto resulta raro. Ella nombra a mucha gente importante en aquel tiempo que dice haber conocido en España, pero nadie la nombra a ella". Otros críticos, como María Susana Seguin, defienden la veracidad del viaje basándose en datos biográficos —su madre residía en Madrid y ella misma necesitaba un perdón real para regresar a Francia—, pero el debate sigue abierto. 

Planteamiento del enfoque: La mirada, no el hecho

Sin embargo, para un historiador de la indumentaria y las costumbres femeninas, esta controversia, lejos de ser un problema, es el punto de partida más fascinante. Como bien señala Isabel Escalera Fernández en su estudio para la revista Liño: "para un análisis de la indumentaria, esta cuestión no es lo realmente importante. Lo que nos importa es su visión, su mirada femenina y extranjera sobre las costumbres españolas". No leemos a d'Aulnoy como a una cronista fiable al uso, sino como a una extraordinaria creadora de imaginarios, una mujer que, desde su óptica de "preciosa" francesa —miembro de aquel movimiento literario que reivindicaba el papel de la mujer en la cultura—, observa y juzga la sociedad española.

Lo que distingue a d'Aulnoy de otros viajeros de su época es precisamente su género. Mientras los hombres hablaban de política, batallas o monumentos, ella se fija en lo doméstico, lo cotidiano, lo que define la experiencia femenina. Sus descripciones nos ofrecen información sobre costumbres de mujeres que no encontramos en los relatos de viajeros varones. Su relato es un ejercicio de etnografía femenina avant la lettre: nos habla del encierro de las mujeres, de los rituales de amor y celos, y de cómo la ropa y los adornos no eran meros caprichos, sino un lenguaje social complejo.

El cuerpo del artículo: La moda como lenguaje femenino

Desarrollemos ahora el análisis de las prendas y joyas, usando las citas de d'Aulnoy como hilo conductor y el contexto histórico para explicarlas.

El guardainfante: La arquitectura del cuerpo femenino

D'Aulnoy describe el guardainfante con la extrañeza de quien observa una armadura: "Hace algunos años las damas llevaban unos guardainfantes de gran tamaño, que molestaban a ellas y a los demás. No había puertas lo suficientemente grandes por donde pudieran pasar. […] Están hechos de gruesas tiras de alambre en círculo alrededor de la cintura, sujetos por lazos a otros inferiores más anchos. Así tienen cinco o seis aros que llegan hasta el suelo y que sujetan las faldas".

Esta prenda, de origen francés —su nombre se debe precisamente a que servía para ocultar los embarazos y "guardar" a los infantes—, fue llevada al extremo en España, convirtiéndose en seña de identidad de la silueta femenina hispana. El Museo del Prado explica que este armazón se realizaba con aros de madera, alambre o hierro, y que sobre él se colocaba toda una sucesión de capas: enaguas, pollera y basquiña, creando ese volumen tan característico que vemos en las meninas de Velázquez. A d'Aulnoy le parece una "máquina extraña" que hace casi imposible sentarse, y su descripción de los aros de alambre es técnicamente precisa.

Los chapines: El pedestal incómodo

Igual de llamativos le resultan los chapines, ese calzado de plataforma que tanto fascinaba a los extranjeros: "Poco después vino esta dama, vestida como las españolas de hace cien años. Tenía chapines, especie de sandalias que se meten en los zapatos y que hace mucho más alta, pero que impiden caminar a no ser que se apoyen en dos personas".

Este tipo de calzado, confeccionado con láminas de corcho que formaban una elevada plataforma —a veces reforzada con viras de plata—, era el más utilizado por las españolas durante siglos. D'Aulnoy no solo describe el objeto, sino su efecto en el movimiento. Recuerdo haber leído en una de sus cartas una observación que me pareció extraordinariamente moderna: le sorprendía cómo las damas españolas, a pesar de ser "extremadamente bajitas" y cargar con los pesados guardainfantes y chapines, se movían con una rapidez asombrosa, manteniendo los codos apretados contra el torso. Este detalle, casi coreográfico, revela un "habitus" corporal, una manera aprendida de moverse en un entorno que, paradójicamente, las oprimía y las realzaba a la vez.

Las joyas: Entre el exceso y el significado

La fascinación de d'Aulnoy por la joyería española es uno de los puntos fuertes de su relato. Escribe: "Las damas usan muchas piedras preciosas, las más hermosas que se puedan ver. No las llevan como aderezo, como hace la mayoría de nuestras mujeres en Francia. Las de aquí llevan hasta ocho o diez. Unas llevan diamantes, otras rubíes, esmeraldas, perlas, turquesas, en fin, de todas clases. Están muy mal engarzadas, cubriendo casi todo el diamante, que solo se ve un poquito, con oro".

Critica el engarce, que le parece tosco comparado con la fineza francesa, sin comprender que responde a una moda barroca diferente. En la España del siglo XVII, las joyas eran grandes, pesadas, cinceladas en oro macizo con labor calada, siguiendo la tradición de las "hojarascas" renacentistas. Las gemas preferidas eran las esmeraldas —que llegaban en grandes cantidades de Colombia— y los diamantes, aunque también se usaban perlas, rubíes, zafiros y amatistas. El gusto español tendía a la policromía y al volumen, mientras que en Francia se imponía la delicadeza de la talla rosa y los esmaltes.

Pero su mirada va más allá de la mera crítica. En sintonía con su interés por la joyería, d'Aulnoy reparó en un detalle técnico fascinante: el uso de tembleques o elementos móviles en las joyas del cabello. Eran pequeñas flores, mariposas o estrellas de diamantes montadas sobre finos resortes que, al menor movimiento de la cabeza, vibraban y creaban destellos de luz. Su propósito era precisamente ese: dar vida a la joya y atraer la mirada hacia el rostro. Una observadora menos atenta habría pasado por alto este detalle, pero d'Aulnoy capta que, para las españolas, el adorno no era estático, sino que debía moverse, brillar, participar de la danza de la seducción.

Joyas con alma: Higas, coral y protección

Lo que más le sorprende, sin embargo, es el significado profundo de estas alhajas. Describe con asombro el ritual de las higas: "Entre las mujeres ha venido una burguesa bastante guapa. Tenía más de cien manecitas, unas de azabache, otras cinceladas, colgadas de su cuello. Pregunté a la madre lo que significaba y me respondió que servía contra el mal de ojo". Y explica la costumbre: cuando se ve a una persona que mira fijamente y con "mala cara", por temor a que eche mal de ojo, se le ofrece una de esas manecitas de azabache diciendo "toma la mano", a lo que el sospechoso debe responder "Dios te bendiga".

Estas higas —figuraciones de la mano derecha cerrada con el pulgar asomando entre los dedos— eran amuletos antiquísimos, de origen probablemente oriental, que se colocaban a los niños para protegerlos. Su mirada capta que estas mujeres no solo vestían por estética, sino también por protección, imbuyendo de magia y religión cada adorno. Lo mismo ocurre con el coral: "Llevan en la oreja pendientes de oro y perlas y collares de coral". El coral, como el azabache o el cristal de roca, tenía un valor profiláctico: protegía contra el mal de ojo y, según la tradición, prevenía la esterilidad.

La joya de las joyas: La Peregrina

Entre todas las alhajas que describe, hay una que merece mención especial por su relevancia histórica: la perla Peregrina. D'Aulnoy la vio lucir a la reina María Luisa de Orleans, la joven esposa de Carlos II, en su entrada solemne en Madrid el 13 de enero de 1680: "La Reina iba montada sobre un caballo andaluz muy hermoso […]. Su traje estaba tan cubierto de bordado que no se veía la tela. El sombrero, adornado con plumas, lucía la perla Peregrina, tan gruesa como una pera pequeña y de un valor inestimable".

Esta perla en forma de pera, también conocida como "la Huérfana" o "la Sola", era una de las joyas más famosas de la corona española. Podía lucirse sola, como describe d'Aulnoy, o engastada en el llamado Joyel Rico de los Austrias. Aunque no se ha conservado, podemos hacernos una idea de su aspecto gracias a retratos de la época como el de Isabel de Borbón por Velázquez. La precisión de d'Aulnoy al describirla —"tan gruesa como una pera pequeña"— demuestra que, al menos en esto, su fuente era de primera mano o estaba extraordinariamente bien informada.

El lujo silencioso: Las gafas como adorno

La agudeza de su mirada también se fijó en un objeto aparentemente menor: las gafas. D'Aulnoy observó que en España no eran solo un instrumento óptico, sino un signo de lujo y ostentación que las damas lucían casi como un adorno. Esta percepción cobra aún más fuerza si observamos la iconografía de la época: el frontispicio de sus propios Contes nouveaux (1698) representa a una narradora de cuentos como una "anciana con gafas y turbante", dotando a este objeto de un aura de sabiduría y prestigio. La moda, una vez más, se revela como un lenguaje complejo donde incluso la corrección visual podía ser un símbolo de estatus. Poseer gafas implicaba acceso a la lectura, capacidad económica y un aire de "gravedad" o "doctitud" muy valorado en la cultura española de la época.

Conclusión: El legado de una mirada

Madame d'Aulnoy no es una cronista fiable al uso. Su "viaje" es muy probablemente una ficción literaria construida en un salón parisino, o al menos una mezcla de experiencias reales, lecturas, conversaciones y una prodigiosa imaginación. Como se ha dicho a propósito de otros relatos de viajes, "se non è vero, è ben trovato" —si no es verdad, está bien contado—.

Pero sus páginas son un documento fascinante sobre la percepción de la moda y las costumbres españolas en la Europa del siglo XVII. No nos legó un reportaje fotográfico, sino un espejo deformante pero lleno de información valiosa si sabemos cómo interpretarlo. Sus descripciones nos permiten observar las semejanzas y diferencias con Francia, constatar que el guardainfante era una moda de ida y vuelta, o entender que la crítica a la orfebrería española no era sino el choque entre dos estéticas diferentes.

Gracias a su mirada femenina, podemos asomarnos a detalles que ningún tratado de sastrería recoge: el peso de un guardainfante, el tintineo de un tembleque, el miedo irracional al mal de ojo conjurado con una higa de azabache, o la dificultad para caminar con chapines mientras se mantienen los codos pegados al torso. Como señala Isabel Escalera Fernández, "las anécdotas que relata Madame d'Aulnoy nos permiten hacernos una idea de la visión que la autora tenía de España, por lo que se convierte en un testimonio relevante para acercarse a la indumentaria y las joyas del momento".

En definitiva, d'Aulnoy nos enseñó que, para entender a las mujeres de una época, a veces hay que leer no solo lo que documentan, sino lo que imaginan. Su Relación del viaje de España no es la crónica de un viaje real, sino el viaje de una mirada: la de una mujer que, desde su exilio y su libertad conquistada, supo ver en las costumbres españolas un espejo donde reflejar sus propias preguntas sobre el amor, la fe, la moda y el lugar de las mujeres en el mundo. Y eso, para un historiador de hoy, es un tesoro incalculable.

El Caballero Metabólico


Bibliografía citada

  • AULNOY, Marie-Catherine Le Jumel de BarnevilleRelación del viaje de España (trad. Pilar Blanco y Miguel Ángel Vega). Madrid: Cátedra, 2000.

  • ESCALERA FERNÁNDEZ, Isabel. "Relation du voyage d´Espagne. Madame d´Aulnoy y su visión de la indumentaria y las joyas españolas". Liño: Revista anual de historia del arte, 28, 2022, pp. 45-52.

  • ROCA BAREA, María Elvira. Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días. Madrid: Espasa, 2019.

  • SEGUIN, María Susana (ed.). Madame d'AulnoyRelation du voyage d'Espagne. París: Desjonquères, 2005.

  • Museo Nacional del Prado. "Elementos de otro tiempo: Guardainfante". Facebook, 2018.