Antes de entrar, déjame avisarte: aquí no hay paredes blancas. No hay muebles de líneas rectas comprados por catálogo. No hay «menos es más». Aquí hay más. Y es más. Y si eso te da urticaria, siempre puedes quedarte en el recibidor. Pero si entras, te va a costar salir.
Mi amiga Carmen definió mi casa como «una casa de antes de la guerra».
Me pareció heavy. Pero luego lo pensé mejor.
¿Antes de qué guerra? Porque en este país ha habido unas cuantas. La de Cuba, la de la Independencia, la Civil, la de las galletas María con el café… Pero supe a lo que se refería. No hablaba de un conflicto concreto. Hablaba de un mundo que ya no existe. De una forma de vivir que se fue con las abuelas, y que solo sobrevive en casas como la mía, o como la tuya si tienes la suerte de haber heredado algo más que deudas.
No es una casa moderna. No es minimalista. No es práctica. Es un poco caótica. Un poco anticuada. Un poco polvorienta si no paso el trapo cada dos días. Pero es mía. Y dentro de ella, yo soy yo. No un inquilino de paso. No un usuario de espacios diáfanos. Un habitante.
Si alguien te dice que tu casa parece «de antes de la guerra», no lo tomes como un insulto. Pregúntale de qué guerra habla. Si te dice «la de los Balcanes», preocúpate. Si te dice «la primera guerra mundial», ya puedes ir pidiendo hora en Anticitera para que te tasen las sillas.
Un recorrido por mi casa (como si os invitara)
Vamos, pasa. No hace falta que te quites los zapatos. El suelo es de terrazo, y aguanta todo.
A la derecha, nada más entrar, hay un taquillón de pino. Lo hice yo hace años, cuando todavía me llamaba carpintero. Copiándolo de uno que tenía mi abuela en su casa de pueblo. Sobre él, una Dolorosa bajo un dosel. No es un altar —soy medio ateo, ya te contaré— pero es una declaración de intenciones. Esta casa no es solo para vivos. También están los que se fueron, y aquí siguen teniendo sitio.
Fui carpintero. Mi padre también era carpintero. Los muebles de mi casa los hice yo, o los heredé, o los rescaté de algún desván familiar. Copiados o inspirados en los de mis abuelas. Las sillas de olivo con asiento de anea son de mi abuela Nati. Las traje yo mismo, con la madera ya curvada por los años. El sillón también de olivo lo heredé de mi bisabuelo José Trigos, el herrero. Su sillón sigue aquí, aguantando mi peso. Eso es la inmortalidad.
La cama es la copia de la de mi abuela. La original lamentablemente se perdió. En aquella cama nació mi padre. En la mía, que es su copia fiel, he dormido yo durante veinte años. Cada noche, antes de apagar la luz, paso la mano por el cabecero de pino. Y pienso: aquí empezó todo.
En el comedor, una vitrina de pino macizo inspirada en los antiguos armarios de luna. Dentro, la vajilla de los domingos: loza blanca de La Cartuja de Sevilla. La que solo se usaba cuando venían visitas. Ahora la uso los miércoles, porque he decidido que los miércoles también son importantes.
Sobre los muebles, tapetes de encaje. Algunos los compré hace años, otros los hice yo, otros los encontré en una caja con olor a naftalina y los rescaté. El encaje protege la madera, pero también la embellece. Es el rímel de los muebles. La funcionalidad hecha adorno.
Cojines bordados en el sofá. Con flores. Con letras. Con lemas que ya nadie borda: «Esta casa es tu casa», «El amor todo lo puede», «Dios nos bendiga». Yo no creo en Dios, pero el cojín cree por mí. Y eso es suficiente.
Fotografías en sepia en las paredes. Mi abuela María Jesús siendo niña. Mi padre haciendo la primera comunión. Mi abuelo Joaquín que murió un mes antes de que yo naciera, pero cuya mirada me sigue desde el marco de plata. No son decoración. Son un mapa del corazón. Un GPS sentimental.
Y la loza. La vajilla de diario tiene desconchones. Las tazas no hacen juego. Hay una jarra de loza que fue de mi bisabuela y que nunca uso porque tiene una grieta, pero ahí está. Por si acaso.
Cuando vengas a mi casa, no mires el polvo. Mira las historias. El polvo se quita con un trapo. Las historias, no.
Una reflexión sobre lo que la modernidad ha perdido
No voy a ser el abuelo amargado que dice que todo tiempo pasado fue mejor. Porque no lo fue.
La modernidad nos ha dado cosas buenas. El minimalismo, bien aplicado, da amplitud, orden, paz visual. La funcionalidad es maravillosa: abro un armario y sé dónde está todo. Las casas actuales son más eficientes, mejor iluminadas, más fáciles de limpiar. No voy a negarlo.
Pero algo hemos perdido por el camino.
Hemos perdido la pátina. Los muebles de ahora no envejecen bien. El aglomerado se hincha con la humedad. El lacado se desconcha y queda feo, no bonito. La pátina de décadas de manos rozando la madera no se compra en Ikea. Se hereda. O se vive.
Hemos perdido el ruido. Las casas modernas son silenciosas. Los cajones corren con guías suaves. Las puertas no crujen. Los suelos no cantan. En mi casa, el tercer cajón de la cómoda siempre ha crujido. Y yo sé que ese crujido lo oyó mi abuela, y su madre, y quizás la madre de su madre. Ese crujido es una conversación con el tiempo.
Hemos perdido el desorden honesto. Las casas de revista parecen maquetas. Todo en su sitio. Sin polvo. Sin periódicos de hace tres días sobre la mesita. Sin una taza a medio terminar. Una casa "estilo abuelita" tiene el poso de quien vive ahí, no de quien la exhibe. Tiene una manta doblada de cualquier manera en el sillón. Tiene un jarrón con flores secas que nadie ha tirado porque «aún pueden durar». Tiene vida.
Y sí, el Estilo Abuelita tiene sus cosas malas. Demasiados adornos, a veces. El olor a cerrado si no aireas. El encaje acumula polvo como si cobrara por ello. Las figuritas de porcelana son un suplicio para el plumero. Pero eso es como quejarte de que tu abuela tenía arrugas. Las arrugas son el mapa de su vida.
No conviertas tu casa en un museo. Un museo no se habita. Se visita. Una casa de abuelita se vive. Y si vives en ella, tendrá polvo. Y si tiene polvo, es que estás vivo.
Una conexión con los artículos anteriores
(por si alguien aún no se ha dado cuenta)
He hablado del azul. Del olor a cítricos. Ahora de las casas de antes de la guerra.
¿Hay un hilo? Puede.
El azul era el color de lo que dura: el lapislázuli de los ángeles, el índigo de los vaqueros que nunca mueren. Los cítricos eran el olor de lo que despierta: la colonia de los abuelos, el limón que salvaba marineros. Y las casas de antes de la guerra son el espacio de lo que permanece: los muebles hechos a mano, las fotos heredadas, el crujido de las escaleras.
No es nostalgia. O no solo. Es una defensa de lo que no se compra con tarjeta.
Vivimos en un mundo que nos empuja a consumir, a desechar, a renovar. El último mueble. La última tendencia. El último estilo. Y mientras tanto, nuestras casas se parecen cada vez más a catálogos y menos a nosotros.
Mi casa no es bonita. No lo es en el sentido moderno. No es fotogénica. No tiene puntos focales. No sigue ninguna regla de la arquitectura de interiores. Pero cuando cierro la puerta y me siento en el sillón de olivo con las fotos de los abuelos mirándome desde la pared, yo ya no quiero nada más.
Si tus muebles no tienen arañazos, no has vivido lo suficiente. Si tus tazas hacen juego, no has tenido suficientes invitados. Si tu casa está siempre ordenada, no has tenido suficiente vida.
Una confesión final (como siempre)
Puede que mi casa no salga en ninguna revista de decoración. Puede que a un minimalista le dé urticaria entrar aquí. Puede que mi amiga tuviera razón y esto sea, efectivamente, una casa de antes de la guerra.
¡Pero qué guerra!
La guerra contra el olvido. Contra la prisa. Contra la tontería de creer que lo nuevo es siempre mejor.
Yo fui carpintero. Mi padre también era carpintero. Hacíamos muebles con las manos, con paciencia, con madera que olía a bosque y a futuro. Esos muebles están ahora en mi casa. Y seguirán aquí cuando yo no esté. O al menos eso espero.
No hay nada más bonito que un mueble hecho por tu padre. No hay nada más valioso que un sillón en el que se sentó tu bisabuelo. No hay nada más limpio que el encaje que tu abuela tejió con sus manos temblorosas.
Mi casa es todo eso. Y también es un desorden. Y un poco de polvo. Y una Dolorosa bajo un dosel que me mira sin juzgarme.
Esta es mi casa. Y es una casa de antes de la guerra.
Gracias a Dios —aunque sea medio ateo—.
Decora tu casa con lo que quieras. Compra muebles nuevos si te gustan. Apuesta por el minimalismo si te hace feliz. Pero no tires la silla de tu abuela. No regales la vajilla que usaba tu madre los domingos. No conviertas tu casa en un catálogo donde no quepa tu historia.
Porque las casas que se parecen a nosotros son las únicas que nos parecen un hogar.
Y las casas de antes de la guerra, aunque la guerra ya haya pasado, siguen en pie.
Como nosotros. Como los tapetes de encaje. Como el crujido del tercer cajón.
Fin del artículo.
Comentarios abiertos para que me contéis: ¿vuestra casa es de antes o después de alguna guerra? Y si tenéis un mueble heredado, contad su historia. Las historias de muebles me gustan casi tanto como las de personas.
El Caballero Metabólico




