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martes, 17 de febrero de 2026

La moda bajo la mirada de sus contemporáneos: Dos formas de ver a las mujeres del Siglo de Oro




En el Madrid del siglo XVII, una dama se vestía para ser vista. Pero al hacerlo, se convertía automáticamente en objeto de escrutinio, no solo de los hombres que la contemplaban en la calle o en la iglesia, sino también —y quizá, sobre todo— de los moralistas que observaban cada pliegue de su vestido, cada adorno en su cabello, cada gesto de su cuerpo, como signos de una peligrosa deriva espiritual.

La indumentaria femenina en la España de los Austrias no fue nunca una cuestión menor. Predicadores, arbitristas, escritores satíricos y confesores dedicaron páginas y más páginas a desentrañar los pecados que se ocultaban tras un guardainfante, a denunciar los engaños de los afeites, a lamentar la perdición de las almas que dedicaban horas al tocador en lugar de consagrarlas a Dios. La moda, para estos autores, no era un asunto frívolo: era un campo de batalla moral donde se dirimía la salvación o condena de las mujeres —y, por extensión, de los hombres que caían en sus redes—.

Este volumen reúne tres aproximaciones a esa compleja realidad. Las tres parten de textos del siglo XVII, pero lo hacen desde perspectivas muy distintas, casi opuestas. La primera nos acerca a la mirada de un moralista español, Juan de Zabaleta, que describe el proceso de vestimenta de una dama y la vida en el estrado con la pluma afilada de quien busca corregir vicios. La segunda nos sitúa ante los ojos de una viajera francesa —o de una escritora que supo hacerse pasar por tal—, Madame d'Aulnoy, cuya curiosidad por las costumbres españolas nos legó páginas fascinantes sobre joyas, amuletos y siluetas. La tercera, finalmente, regresa a Zabaleta para adentrarse en ese espacio femenino por excelencia que era el estrado, donde las damas recibían visitas, conversaban, murmuraban y, sobre todo, desplegaban su dominio de un lenguaje social complejo.

Tres miradas, pues. Pero también tres maneras de entender qué significaba ser mujer en la España del Seiscientos, y cómo el vestido —esa segunda piel— se convertía en el principal instrumento de expresión, pero también en la principal acusación.

El moralista y su condena

Juan de Zabaleta (c. 1610-1670) fue cronista real y escritor. Su obra El día de fiesta por la mañana (1654) y su continuación por la tarde (hacia 1660) se inscriben en la tradición de la literatura de avisos y corrección de costumbres que floreció en el Siglo de Oro. Como ha señalado la crítica, se trata de libros "esencialmente didácticos, donde el cuadro satírico de costumbres se hipertrofia con el fin de hacer más clara y amena la lección moral".

Pero Zabaleta no es un predicador al uso. Su estilo es vivaz, concreto, obsesivamente descriptivo. Cuando quiere condenar el guardainfante, no se limita a decir que es pecaminoso: lo describe con tal precisión que podemos visualizar sus aros, sentir su volumen, imaginar a la dama atrapada en esa "ballena" que la aprisiona. Cuando denuncia los afeites, nos regala una imagen inolvidable: la de la mujer que oculta "un pellejo de color de sombra" bajo capas de albayalde y bermellón, engañando a los hombres que la contemplan en la calle.

Esta obsesión por el detalle es, paradójicamente, lo que hace de Zabaleta una fuente inagotable para la historia del vestido. Sus textos nos permiten reconstruir, paso a paso, el ritual de vestimenta de una dama: desde que se sienta en el tocador con su "arquilla de los medicamentos de la hermosura" hasta que se coloca el "manto de humo" para salir a la calle. Y nos permiten también asomarnos a ese espacio vedado a los hombres que era el estrado, donde las mujeres se reunían para hablar de galas, de maridos, de ausentes, mientras sorbían chocolate o hipocrás.

Pero Zabaleta no es un cronista neutral. Cada descripción lleva aparejada su condena. El guardainfante es "monstruosidad postiza", los afeites son "engaño", las visitas al estrado son ocasión de "murmuración". Su mirada es la del moralista que ve en cada adorno una trampa del demonio, en cada conversación femenina un peligro para la honra ajena. Y, sin embargo, su pluma traiciona a menudo su propósito: hay en sus páginas una fascinación apenas disimulada por ese mundo que condena, un deleite en la descripción que va más allá de lo necesario para la lección moral.

La viajera y su asombro

Muy distinta es la mirada de Madame d'Aulnoy. Marie-Catherine Le Jumel de Barneville (1650/52-1705) fue una escritora francesa de vida azarosa, autora de los famosos Cuentos de hadas donde acuñó el nombre del género y creó al personaje del Príncipe Azul. En 1691 publicó su Relación del viaje de España, un conjunto de cartas dirigidas a una prima en las que narraba sus supuestas experiencias en la corte de Carlos II entre 1679 y 1681.

La pregunta sobre si Madame d'Aulnoy estuvo realmente en España ha dividido a la crítica durante más de un siglo. El hispanista Raymond Foulché-Delbosc consideró el relato como inventado, señalando la falta de pruebas documentales. La historiadora Elvira Roca Barea lo confirma: "no hay constancia documental de la presencia de la baronesa en tierras españolas. Nadie la menciona y esto resulta raro. Ella nombra a mucha gente importante en aquel tiempo que dice haber conocido en España, pero nadie la nombra a ella". Otros críticos, como María Susana Seguin, defienden la veracidad del viaje basándose en datos biográficos —su madre residía en Madrid y ella misma necesitaba un perdón real para regresar a Francia—, pero el debate sigue abierto.

Sin embargo, para un historiador de la indumentaria, esta controversia es secundaria. Como bien señala Isabel Escalera Fernández en su estudio para la revista Liño: "para un análisis de la indumentaria, esta cuestión no es lo realmente importante. Lo que nos importa es su visión, su mirada femenina y extranjera sobre las costumbres españolas". No leemos a d'Aulnoy como a una cronista fiable al uso, sino como a una extraordinaria creadora de imaginarios, una mujer que, desde su óptica de "preciosa" francesa —miembro de aquel movimiento literario que reivindicaba el papel de la mujer en la cultura—, observa y juzga la sociedad española.

Y su mirada es radicalmente distinta a la de Zabaleta. Donde el español ve pecado, ella ve exotismo. Donde él denuncia engaño, ella describe técnicas. El guardainfante, que para Zabaleta es "desatino torpe", a d'Aulnoy le parece una "máquina extraña" que describe con precisión casi técnica: "Están hechos de gruesas tiras de alambre en círculo alrededor de la cintura, sujetos por lazos a otros inferiores más anchos. Así tienen cinco o seis aros que llegan hasta el suelo y que sujetan las faldas". Los chapines, que para cualquier moralista español serían un signo más de la vanidad femenina, a ella le sirven para observar cómo las damas, a pesar de ser "extremadamente bajitas" y cargar con esos pesados artefactos, se mueven "con una rapidez asombrosa, manteniendo los codos apretados contra el torso".

Pero donde la mirada de d'Aulnoy se vuelve verdaderamente invaluable es en su atención a las joyas. No solo describe las piedras preciosas que lucen las damas —diamantes, rubíes, esmeraldas, perlas—, sino que repara en detalles técnicos como los "tembleques", esos elementos móviles que vibraban con el movimiento de la cabeza creando destellos de luz. Y, sobre todo, capta algo que a cualquier observador masculino se le escaparía: el significado profundo de estas alhajas. Describe con asombro el ritual de las "higas", esas manecitas de azabache que las mujeres llevaban al cuello para protegerse del mal de ojo, y comprende que, para las españolas, el adorno no era solo cuestión de estética, sino también de protección, de magia, de religión.

Dos miradas, un mismo objeto

Zabaleta y d'Aulnoy representan los dos polos entre los que se movía la percepción de la moda femenina en el siglo XVII. Para el moralista español, el vestido es un signo de pecado, una trampa del demonio, una fuente de "infinitos males" que llevan a las mujeres a perder el tiempo, a ofender a Dios y a incendiar los corazones de los hombres. Para la viajera francesa, el mismo vestido es un objeto de curiosidad, un signo de diferencia cultural, un lenguaje complejo que merece ser descrito y analizado.

Una es mirada desde dentro, la otra desde fuera. Una condena, la otra describe. Una ve pecado, la otra ve costumbre. Pero ambas, cada una a su manera, nos legaron documentos excepcionales para entender cómo vestían las mujeres del Siglo de Oro, cómo se movían, cómo se adornaban, cómo vivían.

Los artículos que siguen profundizan en esas dos miradas. El primero, "Monstruosidades postizas y ríos de oro", sigue paso a paso el proceso de vestimenta de una dama según la describe Zabaleta, reconstruyendo la silueta femenina del pleno siglo XVII a través de sus prendas: guardainfante, pollera, basquiña, jubón emballenado, valona, manto de humo. El segundo, "El estrado: el reino de las damas", se adentra en ese espacio femenino por excelencia, donde las mujeres desplegaban su sociabilidad y su dominio de un lenguaje social complejo, y donde Zabaleta encuentra materia abundante para su sátira. El tercero, dedicado a Madame d'Aulnoy, nos ofrece el contrapunto: la mirada extranjera, curiosa, fascinada, que repara en los detalles que al español se le escapan —los tembleques, las higas, el coral protector— y que, sin pretenderlo, nos regala una visión complementaria de la misma realidad.

Tres artículos, tres aproximaciones, una misma pregunta: ¿qué significaba vestirse para una mujer en la España del siglo XVII? La respuesta, como se verá, es mucho más compleja de lo que los moralistas querían admitir. Porque vestirse era, a la vez, someterse a las convenciones sociales y afirmar la propia identidad, exhibir el rango y proteger el cuerpo, agradar a los hombres y construir un espacio propio. Era, en definitiva, una forma de estar en el mundo —y de ser juzgada por ello.

El Caballero Metabólico


Fuentes y referencias:

  • AULNOY, Marie-Catherine Le Jumel de BarnevilleRelación del viaje de España (trad. Pilar Blanco y Miguel Ángel Vega). Madrid: Cátedra, 2000.

  • ESCALERA FERNÁNDEZ, Isabel. "Relation du voyage d´Espagne. Madame d´Aulnoy y su visión de la indumentaria y las joyas españolas". Liño: Revista anual de historia del arte, 28, 2022, pp. 45-52.

  • ROCA BAREA, María Elvira. Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días. Madrid: Espasa, 2019.

  • SEGUIN, María Susana (ed.). Madame d'AulnoyRelation du voyage d'Espagne. París: Desjonquères, 2005.

  • ZABALETA, Juan de. El día de fiesta por la mañana. 1654.

  • ZABALETA, Juan de. El día de fiesta por la tarde. Hacia 1660.

domingo, 15 de febrero de 2026

La llave francesa de Carlos II: Abriendo la puerta a un nuevo siglo de moda.

 Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

Existe una creencia arraigada, casi un lugar común histórico, que sostiene que la moda francesa irrumpió en España de la mano de Felipe V, el primer Borbón, como un torrente que arrasó de golpe con la sobria elegancia de los Austrias. Pero la tela de la historia, al examinarla con detenimiento, revela una urdimbre mucho más compleja. Los hilos del estilo francés comenzaron a tejerse en la corte española mucho antes, en el ocaso del siglo XVII, durante el reinado del último de los Habsburgo: Carlos II. Este capítulo narra la historia de esa infiltración elegante, un proceso lento, paradójico y cargado de significado político, donde la nueva moda no sustituyó a la antigua, sino que convivió con ella en una tensa y prolongada danza. 

El precedente inesperado: La corte de Carlos II y la llave francesa 



Mientras Europa comenzaba a girar en la órbita de Versalles, la corte de Madrid parecía anclada en sus rigores. Sin embargo, fue un matrimonio dinástico el que abrió la primera rendija. En 1679, Carlos II desposó a María Luisa de Orleans, sobrina del Rey Sol, Luis XIV. La joven reina llegó con su séquito, sus costumbres y, de forma inevitable, su vestuario. No fue una revolución impuesta, sino una influencia que se filtró desde la alcoba real. 

La evidencia es contundente y poética. Ese mismo año, el poeta Juan Vélez de León escribía: "¡Albricias, zagalas, / que destierran los guardainfantes, / ...que ha venido uso nuevo de Francia". Estos versos celebran un cambio concreto: la llegada del tontillo, una estructura de aros más reducida y flexible que el voluminoso guardainfante español, que permitía mayor libertad de movimiento. La propia segunda esposa de Carlos II, Mariana de Neoburgo, ya fue retratada con el vestido Mantua, de clara inspiración versallesca. Incluso en la pintura oficial, como en La adoración de la Sagrada Forma de Coello, se ven cortesanos luciendo casacas y crabats (corbatas) a la francesa junto a las tradicionales golillas. La moda francesa no "llegó" en 1700; ya estaba presente, siendo adoptada por una vanguardia cortesana en las dos últimas décadas del siglo XVII. 

Felipe V: El gesto de continuidad y la imposición por comodidad


 

Con este escenario, la llegada de Felipe V en 1701 adquiere un matiz distinto. Su primer acto vestimentario fue de una enorme astucia política: para ganar legitimidad ante una nobleza recelosa, se hizo retratar vistiendo el riguroso traje negro y la golilla de los Austrias. Este retrato no era una anécdota; era un mensaje visual de continuidad dinástica y respeto a las formas hispánicas. Demuestra que, a principios del XVIII, vestir "a la española" seguía siendo el código indiscutible del poder solemne. 

Pero la lealtad estética cedió pronto ante la incomodidad física. Felipe V, criado en Versalles, encontró la golilla insufrible. Por pura comodidad personal, y seguramente por afinidad cultural, abandonó el traje español y adoptó definitivamente el "traje a la francesa": la casaca, la chupa y el calzón. Este gesto privado del rey tuvo un efecto imparable. Como explica la historiadora Bárbara Rosillo, la corte y la élite siguieron paulatinamente el ejemplo del monarca. Así, lo que con Carlos II había sido una influencia, con Felipe V se generalizó como norma cortesana oficial. Él no trajo la moda; la consolidó e impuso desde el trono. 

La Larga Resistencia: La Pervivencia del Estilo Español como Símbolo


 

Sin embargo, afirmar que el estilo francés triunfó sin más sería un error. El traje "a la española" demostró una resiliencia extraordinaria, transformándose de uniforme de imperio en símbolo de identidad nacional. 

Durante décadas, el traje negro se mantuvo para los actos oficiales más solemnes de la corte de Felipe V, como un guiño a la tradición unitaria. Su poder simbólico era tal que pervivió en oficios de autoridad (alguaciles, letrados) y, de manera más elocuente, resurgió en momentos de reafirmación castiza. La prueba visual más poderosa es el retrato al pastel de la infanta María Josefa de Borbón (hija de Carlos III), pintado por Lorenzo Tiepolo en 1763. La ficha del Museo del Prado describe con precisión un "traje con reminiscencias del siglo XVII, con cuello de encaje rizado y mangas acuchilladas". Sesenta años después de Felipe V, una princesa borbónica elegía —o era representada con— un atuendo que evocaba deliberadamente a los Austrias. No era una rareza; era una declaración de estilo e identidad. 

Este fenómeno culminaría en el majismo y en la reacción casticista de finales del XVIII, donde las élites adoptaron elementos del pueblo (basquiña, mantilla) como bandera de una "españolidad" frente al afrancesamiento dominante. 

Contra el Mito de la Ruptura 



La historia, pues, no es la de una sustitución brusca, sino la de una transición prolongada y un diálogo constante. La influencia francesa se introdujo de manera progresiva en la corte del último Austria, Carlos II, a través de alianzas y contacto cultural. Felipe V, tras un inteligente gesto de adaptación inicial, aceleró y oficializó su triunfo por comodidad y ejemplo real. Pero el traje español, lejos de desaparecer, se replegó y se transfiguró: de ser la armadura visible de un imperio hegemónico, pasó a convertirse en la indumentaria de la memoria, en un potente símbolo de identidad que resurgía una y otra vez, recordándonos que las modas pueden cambiar de corte, pero los códigos profundos de una cultura perduran en sus pliegues. 

Pedrete Trigos