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domingo, 15 de febrero de 2026

La llave francesa de Carlos II: Abriendo la puerta a un nuevo siglo de moda.

 Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

Existe una creencia arraigada, casi un lugar común histórico, que sostiene que la moda francesa irrumpió en España de la mano de Felipe V, el primer Borbón, como un torrente que arrasó de golpe con la sobria elegancia de los Austrias. Pero la tela de la historia, al examinarla con detenimiento, revela una urdimbre mucho más compleja. Los hilos del estilo francés comenzaron a tejerse en la corte española mucho antes, en el ocaso del siglo XVII, durante el reinado del último de los Habsburgo: Carlos II. Este capítulo narra la historia de esa infiltración elegante, un proceso lento, paradójico y cargado de significado político, donde la nueva moda no sustituyó a la antigua, sino que convivió con ella en una tensa y prolongada danza. 

El precedente inesperado: La corte de Carlos II y la llave francesa 



Mientras Europa comenzaba a girar en la órbita de Versalles, la corte de Madrid parecía anclada en sus rigores. Sin embargo, fue un matrimonio dinástico el que abrió la primera rendija. En 1679, Carlos II desposó a María Luisa de Orleans, sobrina del Rey Sol, Luis XIV. La joven reina llegó con su séquito, sus costumbres y, de forma inevitable, su vestuario. No fue una revolución impuesta, sino una influencia que se filtró desde la alcoba real. 

La evidencia es contundente y poética. Ese mismo año, el poeta Juan Vélez de León escribía: "¡Albricias, zagalas, / que destierran los guardainfantes, / ...que ha venido uso nuevo de Francia". Estos versos celebran un cambio concreto: la llegada del tontillo, una estructura de aros más reducida y flexible que el voluminoso guardainfante español, que permitía mayor libertad de movimiento. La propia segunda esposa de Carlos II, Mariana de Neoburgo, ya fue retratada con el vestido Mantua, de clara inspiración versallesca. Incluso en la pintura oficial, como en La adoración de la Sagrada Forma de Coello, se ven cortesanos luciendo casacas y crabats (corbatas) a la francesa junto a las tradicionales golillas. La moda francesa no "llegó" en 1700; ya estaba presente, siendo adoptada por una vanguardia cortesana en las dos últimas décadas del siglo XVII. 

Felipe V: El gesto de continuidad y la imposición por comodidad


 

Con este escenario, la llegada de Felipe V en 1701 adquiere un matiz distinto. Su primer acto vestimentario fue de una enorme astucia política: para ganar legitimidad ante una nobleza recelosa, se hizo retratar vistiendo el riguroso traje negro y la golilla de los Austrias. Este retrato no era una anécdota; era un mensaje visual de continuidad dinástica y respeto a las formas hispánicas. Demuestra que, a principios del XVIII, vestir "a la española" seguía siendo el código indiscutible del poder solemne. 

Pero la lealtad estética cedió pronto ante la incomodidad física. Felipe V, criado en Versalles, encontró la golilla insufrible. Por pura comodidad personal, y seguramente por afinidad cultural, abandonó el traje español y adoptó definitivamente el "traje a la francesa": la casaca, la chupa y el calzón. Este gesto privado del rey tuvo un efecto imparable. Como explica la historiadora Bárbara Rosillo, la corte y la élite siguieron paulatinamente el ejemplo del monarca. Así, lo que con Carlos II había sido una influencia, con Felipe V se generalizó como norma cortesana oficial. Él no trajo la moda; la consolidó e impuso desde el trono. 

La Larga Resistencia: La Pervivencia del Estilo Español como Símbolo


 

Sin embargo, afirmar que el estilo francés triunfó sin más sería un error. El traje "a la española" demostró una resiliencia extraordinaria, transformándose de uniforme de imperio en símbolo de identidad nacional. 

Durante décadas, el traje negro se mantuvo para los actos oficiales más solemnes de la corte de Felipe V, como un guiño a la tradición unitaria. Su poder simbólico era tal que pervivió en oficios de autoridad (alguaciles, letrados) y, de manera más elocuente, resurgió en momentos de reafirmación castiza. La prueba visual más poderosa es el retrato al pastel de la infanta María Josefa de Borbón (hija de Carlos III), pintado por Lorenzo Tiepolo en 1763. La ficha del Museo del Prado describe con precisión un "traje con reminiscencias del siglo XVII, con cuello de encaje rizado y mangas acuchilladas". Sesenta años después de Felipe V, una princesa borbónica elegía —o era representada con— un atuendo que evocaba deliberadamente a los Austrias. No era una rareza; era una declaración de estilo e identidad. 

Este fenómeno culminaría en el majismo y en la reacción casticista de finales del XVIII, donde las élites adoptaron elementos del pueblo (basquiña, mantilla) como bandera de una "españolidad" frente al afrancesamiento dominante. 

Contra el Mito de la Ruptura 



La historia, pues, no es la de una sustitución brusca, sino la de una transición prolongada y un diálogo constante. La influencia francesa se introdujo de manera progresiva en la corte del último Austria, Carlos II, a través de alianzas y contacto cultural. Felipe V, tras un inteligente gesto de adaptación inicial, aceleró y oficializó su triunfo por comodidad y ejemplo real. Pero el traje español, lejos de desaparecer, se replegó y se transfiguró: de ser la armadura visible de un imperio hegemónico, pasó a convertirse en la indumentaria de la memoria, en un potente símbolo de identidad que resurgía una y otra vez, recordándonos que las modas pueden cambiar de corte, pero los códigos profundos de una cultura perduran en sus pliegues. 

Pedrete Trigos 

domingo, 8 de febrero de 2026

El ojo que todo lo ve: Las Tapadas y el poder del anonimato en el Siglo de Oro.

 Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

Hubo un tiempo en que las calles de Sevilla, Madrid o Valladolid estaban pobladas por fantasmas femeninos. Eran figuras envueltas en un manto oscuro que caminaban con determinación, de las cuales solo brillaba, inquisitivo y calculador, un solo ojo. No eran apariciones, sino mujeres reales que, bajo el anonimato textil del tapado, se habían concedido a sí mismas un permiso que la sociedad del Siglo de Oro les negaba: el de existir en el espacio público. Este capítulo no habla de una moda, sino de una astuta y silenciosa revolución cotidiana. 

El anonimato como arma: La técnica del «medio ojo» 



La práctica no consistía en cubrirse por completo, sino en dominar un arte: el de la media visibilidad. La mujer se envolvía en su manto o saya —una falda larga y una sobrefalda o capa— de color usualmente oscuro, pero lo ajustaba con precisión para dejar al descubierto solo un ojo, generalmente el izquierdo. Este «tapado de medio ojo» era un acto deliberado y cargado de significado. Distinguía a la «tapada» de quien simplemente se «cubría» por recato o abrigo. 

Ese ojo descubierto era toda una declaración de intenciones. Potenciado con maquillaje, se convertía en un instrumento de comunicación cifrada: una mirada podía ser un reclamo, una invitación, una advertencia o una burla. A través de él, la mujer observaba el mundo sin ser plenamente identificada, invirtiendo así la dinámica habitual de ser el objeto permanente de la mirada y el control masculinos. 

La jaula de la honra: Por qué el anonimato era necesario


 

Para comprender la profunda transgresión de las tapadas, hay que recordar la rígida jaula social en la que vivía la mujer honrada de los siglos XVI y XVII. Su virtud, que era el pilar del honor familiar, se protegía mediante una reclusión casi monacal. Las damas de alta alcurnia vivían confinadas en el ámbito doméstico, y sus salidas a la calle requerían la compañía de una dueña o un familiar masculino. El espacio público era un territorio hostil y peligroso para su reputación. 

En este contexto, el manto se convirtió en una llave maestra. Al ocultar su identidad, una mujer podía ser confundida con una criada, una menestrala o incluso una «mujer de mala vida» —categorías sociales que sí gozaban de una movilidad pública, aunque fuera marginal y estigmatizada—. El anonimato la liberaba momentáneamente de los grilletes de su clase y su honor. Podía pasear, hacer recados, acudir a una cita o simplemente disfrutar de un rato de soledad sin desencadenar un escándalo. Como señala un testimonio de la época, el tapado permitía a las damas «buscar aventuras... bajo la simple apariencia de sirvientas». 

El pánico del poder: Las pragmáticas prohibitorias


 

Naturalmente, este sistema de evasión en masa generó un profundo pánico en las autoridades, que veían derrumbarse simbólicamente el orden estamental y moral. Si el padre no reconocía a la hija, el marido a la esposa, o el hermano a la hermana, toda la arquitectura del control social se venía abajo. 

La respuesta fue una serie de pragmáticas reales —leyes suntuarias— que buscaron erradicar la práctica. Felipe II prohibió el tapado en 1590, seguido por Felipe III en 1600 y, de manera más contundente, por Felipe IV en 1639. La ley era explícita: «ninguna mujer ande tapada, sino descubierto el rostro, de manera que pueda ser vista y conocida». Las penas escalaban desde multas cuantiosas (3.000 maravedíes la primera vez, más la pérdida del manto) hasta el destierro en reincidencias. 

El hecho de que estas pragmáticas tuvieran que ser reiteradas una y otra vez a lo largo de casi doscientos años —la última data de 1770, bajo Carlos III— es la mejor prueba de su fracaso. Las mujeres españolas, desde la nobleza hasta el pueblo llano, hicieron caso omiso, resistiendo con terquedad lo que percibían como una intromisión intolerable en su único espacio de autonomía. La costumbre se mantuvo viva en lugares como La Palma (Canarias) hasta bien entrado el siglo XIX, y su eco llegó hasta América, donde florecieron las famosas «tapadas limeñas». 

Más que una prenda, un territorio

 


La tapada española fue, por tanto, mucho más que una curiosidad etnográfica. Fue una estrategia de resistencia pasiva y de empoderamiento práctico. En una sociedad que medía el valor femenino por su invisibilidad y enclaustramiento, estas mujeres utilizaron el velo —una herramienta tradicionalmente asociada al recato— para crear un espacio de libertad. Convirtieron el anonimato, no en una sumisión, sino en un disfraz liberador. No reclamaban derechos en el foro ni en la plaza; los ejercían, silenciosa y eficazmente, en el cruce de una callejuela y en el brillo de un ojo descubierto. Era el «traje a la española» de la disidencia, una indumentaria que, en su profunda paradoja, vestía de oscura rebeldía el Siglo de Oro. 

Pedrete Trigos