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viernes, 20 de febrero de 2026

"Dime cómo vistes y te diré quién eres": La moda como lenguaje social en el Siglo de Oro

 

Imaginemos la escena: un hidalgo pasea por las calles de Toledo con paso señorial, vestido con capa y espada, el sombrero calado, la apostura firme. Quien lo ve, piensa: "Ahí va un caballero". Lo que no sabe es que, al llegar a su casa, este mismo hombre se encontrará con que no tiene qué comer. Así lo retrata el Lazarillo de Tormes: el escudero a quien Lázaro sirve "por la negra que llaman honra" prefiere pasar hambre antes que salir a la calle con un vestido que no esté a la altura de su rango. La apariencia, en el Siglo de Oro, lo era todo. "Lo realmente importante era lo que uno parecía, no lo que uno era", resume acertadamente un reciente artículo de National Geographic Historia. 

Esta obsesión por el parecer no era una simple frivolidad. En una sociedad profundamente jerarquizada y obsesionada con la honra, el vestido cumplía una función esencial: era el marcador más inmediato y visible de la posición social de cada individuo. Vestir bien no era una opción ni un capricho: era una obligación impuesta por el orden establecido. Y vestir como no correspondía era una transgresión que los moralistas —como Juan de Zabaleta— se apresuraban a denunciar. 

Para entender por qué Zabaleta se escandaliza ante un guardainfante, por qué dedica páginas enteras a condenar los afeites, por qué le indigna que una dama gaste horas en el tocador, necesitamos comprender primero el código social que regía la apariencia en la España de los Austrias. Solo así podremos leer sus textos no como simples diatribas morales, sino como el testimonio de una sociedad donde el vestido era, ante todo, un lenguaje. 

Un código social estricto 



En el Siglo de Oro, cada estamento, cada oficio, cada posición social tenía su vestimenta asignada. Los médicos se distinguían por la sortija en el pulgar y el ropaje universitario; los jueces, por la garnacha —esa toga negra y solemne—; los soldados, por sus sombreros emplumados y sus golillas. El traje no era una elección personal, sino un uniforme que indicaba a primera vista el lugar que cada uno ocupaba en la jerarquía social. 

Esta rigidez explica la indignación de los moralistas ante lo que consideraban transgresiones. Tirso de Molina, por ejemplo, se quejaba amargamente de que "un zapatero de viejo" osara vestir sedas, como si el oficio vil pudiera borrarse bajo un tejido noble. Y es que la seda, el terciopelo, el brocado no eran simplemente telas más bonitas o más cómodas: eran materiales reservados, al menos en teoría, a quienes tenían sangre y posición para lucirlos. Cuando un artesano o un campesino enriquecido se vestía con ellos, estaba desafiando el orden social —y los predicadores veían en ello un síntoma de la decadencia de los tiempos. 

Las mujeres, como era de esperar, estaban sometidas a un escrutinio aún más severo. Su vestido no solo debía reflejar su posición social, sino también su honestidad, su recato, su virtud. De ahí la insistencia de Zabaleta en que el escote, el jubón, los afeites eran "engaños" que ocultaban la verdadera naturaleza femenina. La mujer que se pintaba el rostro no solo mentía sobre su apariencia: estaba alterando el orden natural querido por Dios. "Si Dios gustara que fuera como ella se pinta, Él la hubiera pintado primero", sentencia Zabaleta con una lógica aplastante. 

El motor del cambio: la corte 



Pero la moda no era estática. Cambiaba, evolucionaba, y el motor de esos cambios era la corte. Lo que se vestía en Madrid marcaba la pauta para el resto de España, y lo que vestía el rey determinaba lo que vestirían sus súbditos. Así, la sobria austeridad negra de Felipe II —aquel negro español que tanto impresionaba a los viajeros extranjeros— dio paso a los colores más brillantes y las telas más ricas durante el reinado de Felipe III, para retornar de nuevo al negro con Felipe IV, aunque con cortes y hechuras diferentes. 

Estos cambios no eran arbitrarios. Cada prenda, cada silueta, llevaba asociados significados políticos y morales. El guardainfante, por ejemplo, que tanto escandalizaba a Zabaleta, no era un invento español, sino francés —su nombre se debe precisamente a que servía para "guardar" a los infantes, ocultando los embarazos—. Pero en España alcanzó dimensiones extremas, convirtiéndose en seña de identidad de la silueta femenina hispana. Cuando Madame d'Aulnoy lo describe con sus "gruesas tiras de alambre en círculo alrededor de la cintura", no está solo registrando una prenda: está documentando una diferencia cultural entre Francia y España, una manera distinta de entender el cuerpo y su presentación en público. 

Algo similar ocurre con la valona. Ese cuello amplio de tejido fino que sustituyó a las aparatosas lechuguillas en tiempos de Felipe IV tenía nombre propio: "valona cariñana", por María de Borbón-Soissons, princesa de Carignan, que lo puso de moda en Madrid. La moda, pues, viajaba con las personas, con las alianzas matrimoniales, con los intercambios diplomáticos. Y cada prenda nueva traía consigo debates sobre su decencia, su adecuación, su significado. 

El coste de la apariencia 



Vestir bien, además, era caro. Carísimo. Los "paños de Segovia" eran famosos en toda Europa por su calidad, y su precio estaba al alcance de pocos. Las sedas, los terciopelos, los brocados de oro y plata eran artículos de lujo que solo las familias más poderosas podían permitirse. De ahí que el vestido fuera también una forma de exhibir riqueza, de mostrar al mundo que se podía gastar una fortuna en un traje que, quizá, se luciría solo unas pocas veces. 

Esta carestía explica también la fama de los sastres —artesanos que manejaban materiales valiosos y cuyas habilidades podían hacer la diferencia entre un vestido que realzaba la posición social y otro que la arruinaba— y el fenómeno de los "capeadores". Robar una capa no era un hurto menor: era apoderarse de un bien tan valioso como un caballo o una joya. Las crónicas de la época están llenas de historias de capeadores que asaltaban a los transeúntes en las calles oscuras de Madrid para arrebatarles sus capas, que luego vendían en el mercado negro. Que existiera un mercado para capas robadas nos da una idea de lo mucho que valían y de lo mucho que significaban. 

El vestido como lenguaje 



Para los hombres y mujeres del Siglo de Oro, la moda no era un asunto frívolo. Era, ante todo, un lenguaje. Un lenguaje que comunicaba posición social, riqueza, oficio, estado civil, e incluso —en el caso de las mujeres— virtud o disponibilidad. Cuando la viuda del estrado de Zabaleta luce un luto "de tan buena tela y de tan buen corte, que sin la toca fuera gala", está diciendo, sin palabras, que busca marido. Cuando la dama principal se coloca dos "parchecitos negros en las sienes", está participando en una moda que indica su pertenencia a un círculo determinado. Cuando la doncella come barro a escondidas, está revelando una dolencia —la opilación— que los médicos de la época consideraban propia de doncellas y que, según creían, predisponía al pecado. 

Este lenguaje, además, estaba en constante evolución. Las palabras cambiaban: lo que antes se llamaba "lazada" ahora se llama "estrella de Venus". Los colores adquirían nombres poéticos: "color de aurora", "vinagre torcido". Y las mujeres, en sus conversaciones en el estrado, se esforzaban por dominar ese vocabulario cambiante, por estar al día, por demostrar que pertenecían al círculo de las que sabían. 

Para un moralista como Zabaleta, esta atención al vestido era una peligrosa distracción de lo verdaderamente importante: la salvación del alma. Pero para las mujeres de la época, era una herramienta esencial de navegación social. Saber vestirse, saber qué prenda correspondía a cada ocasión, saber interpretar el lenguaje de los adornos ajenos y manejarlo en el propio, era tan importante como saber leer o escribir —quizá más, en una sociedad donde la educación femenina era limitada y el espacio de actuación de las mujeres se reducía, precisamente, a ese ámbito de lo doméstico y lo social. 

Leer hoy a Zabaleta o a Madame d'Aulnoy nos permite asomarnos a ese mundo donde el vestido lo decía todo. Sus páginas, condenatorias unas, curiosas las otras, nos hablan de una sociedad obsesionada con la apariencia, donde lo que se llevaba puesto podía determinar el éxito o el fracaso social, la honra o la deshonra, la salvación o la condena. Y nos ayudan a entender que, para las mujeres del Siglo de Oro, vestirse no era un acto menor: era una forma de estar en el mundo.

El Caballero Metabólico 

 

Fuentes y referencias: 

  • Lazarillo de Tormes (1554). 

  • MOLINA, Tirso de. El vergonzoso en palacio (c. 1611). 

  • National Geographic Historia. "Indumentaria en el Siglo de Oro: vestir para aparentar".  238, 2024. 

  • ZABALETA, Juan de. El día de fiesta por la mañana (1654) y El día de fiesta por la tarde (c. 1660). 

  • HERRERO GARCÍA, Miguel. Estudios sobre indumentaria española en la España de los Austrias. Madrid: CEEH, 2014. 

  • DELEITO Y PIÑUELA, José. La mujer, la casa y la moda en la España del Rey Poeta. Madrid: Espasa-Calpe, 1946. 

lunes, 16 de febrero de 2026

Entre el salón y la calle: La dualidad vestimentaria de una nación.

Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

Existe una idea engañosa, heredada de un relato demasiado lineal, que nos presenta la historia de la moda como una sucesión de estilos que se reemplazan unos a otros: el Gótico barre al Románico, el Rococó al Barroco. Pero quien mira con detenimiento el siglo XVIII español descubre algo mucho más rico y humano: una convivencia tensa, negociada y creativa entre dos códigos de elegancia. En ningún momento esto fue más evidente que en el surgimiento del traje nacional femenino: un conjunto compuesto por la basquiña, el jubón y la mantilla que, lejos de anular la moda francesa, estableció con ella un diálogo constante en la vida de las mujeres. 

Un atuendo con raíces profundas: El traje que yera nacional 



Para comprender este fenómeno, debemos desterrar la idea de una "invención" repentina. La basquiña, por ejemplo, era una falda conocida desde siglos atrás. Su transformación en símbolo nacional se produjo cuando, hacia finales del siglo XVIII, se consolidó como una prenda de uso casi universal para salir a la calle, adoptando casi de forma exclusiva el color negro y combinándose de manera fija con el jubón (una chaqueta ceñida) y la mantilla. Este trío no fue creado por decreto, sino cristalizado por la costumbre, convirtiéndose en el atuendo que los viajeros extranjeros identificaban inmediatamente como "español". 

La dualidad perfecta: El interior francés y el exterior español 



La verdadera clave para entender este traje no está solo en sus piezas, sino en su uso contextual. En la España borbónica, las mujeres de la élite vivían una auténtica dualidad vestimentaria, perfectamente descrita por la historiadora Bárbara Rosillo. 

En el ámbito privado, en salones y tertulias, vestían "a la francesa": lucían casacas entalladas, escotes despejados cubiertos por pañuelos de seda (llamados "bobillos") y faldas ahuecadas con tontillos (la versión española del miriñaque francés). Era la elegancia cosmopolita, la conexión con las cortes europeas. 

Sin embargo, al cruzar el umbral de sus casas para adentrarse en el espacio público, realizaban un ritual de transformación. Sobre toda esa indumentaria francesa se colocaban la basquiña negra y la mantilla. Esta prenda exterior, larga y solemne, actuaba como una segunda piel social. Su función no era estética, sino moral y de decoro: igualaba visualmente a las mujeres en la calle, ocultando la riqueza y las modas individuales bajo un manto de recato colectivo. Al volver a casa, se quitaban la basquiña y la mantilla, retomando su identidad francesa en la intimidad. No era que un estilo estuviera pasado de moda; cada uno regía en una esfera de la vida perfectamente delimitada. 

El majismo: Cuando la élite abraza lo popular


 

Esta convivencia de estilos se enriqueció aún más con un fenómeno social fascinante: el majismo. A lo largo del siglo, especialmente en su segunda mitad, las clases altas (aristócratas y burgueses) comenzaron a adoptar, por gusto o provocación, actitudes y elementos del vestir de las clases populares, los "majos" y "majas". 

Así, prendas consideradas castizas, como un jubón determinado o una forma de anudar la mantilla, fueron cargándose de un nuevo significado: el de una identidad nacional orgullosa y desafiante, en oposición simbólica al dominio de la moda francesa en la corte. El majismo no reemplazó la dualidad, sino que la complejizó, mostrando que el traje nacional también podía ser un instrumento de declaración social e incluso de rebeldía estilística dentro de la propia élite. Goya, testigo excepcional de su tiempo, capturó magistralmente esta fusión en sus pinturas. 

Un diálogo que define una identidad 



Por tanto, el surgimiento del traje nacional femenino en el siglo XVIII no es la historia de una moda que triunfa sobre otra. Es la crónica de una negociación cultural materializada en tela. 

Fue la respuesta práctica a la necesidad de moverse entre dos mundos: el privado, donde reinaba la influencia francesa como símbolo de modernidad y conexión global, y el público, donde una elegancia grave, sobria y distintivamente española era exigida por el decoro social. Esta coexistencia de lo francés y lo español, de lo íntimo y lo público, de lo aristocrático y lo popular, es la verdadera lección que nos deja este capítulo. Demuestra que la identidad, también la vestimentaria, rara vez es pura; se teje, casi siempre, en el cruce fértil y a veces contradictorio de influencias, creando algo nuevo y perdurable: un estilo que, en su misma dualidad, encontró su fuerza y su carácter único. 

Pedrete Trigos