Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia:
En el ocaso del siglo XVIII, mientras la Ilustración intentaba racionalizar todos los aspectos de la vida, un singular documento llegó al despacho del todopoderoso conde de Floridablanca, Primer Secretario de Estado de Carlos III. No se trataba de un tratado de economía o un plan de infraestructuras, sino de una propuesta para vestir a las mujeres de la alta sociedad. El "Discurso sobre el luxô de las señoras, y proyecto de un trage nacional", presentado en febrero de 1788 por una enigmática autora firmante como M. O., fue un audaz intento de transformar la moda en ley y convertir el guardarropa femenino en un instrumento de política económica y control social.
Este proyecto, lejos de ser una mera ocurrencia, fue publicado por la Imprenta Real, adquiriendo así un carácter semi-oficial. Su objetivo declarado era patriótico y económico: frenar la ruina de las familias y la salida de capitales provocada por la importación de costosas modas extranjeras, fomentando al mismo tiempo las fábricas y artesanos del reino. Sin embargo, bajo este discurso de bien común latía una visión profundamente estamental de la sociedad.
La autora propuso la creación de tres modelos de vestido, cada uno con tres clases distinguibles solo por la calidad de la tela y sus adornos. El más lujoso y voluminoso era el llamado "Española", destinado a las señoras principales para los días de mayor ostentación, confeccionado en las sedas labradas y terciopelos más exquisitos de producción nacional. Le seguía el modelo "Carolina", menos costoso, pero "de mucha gracia", diseñado para adaptarse a diferentes ocasiones. Por último, la "Borbonesa o Madrileña" era la opción más sencilla y funcional, pensada para permitir libertad de movimiento. La regla de oro era que todos los géneros debían ser "de nuestras Fábricas", un claro ejercicio de proteccionismo ilustrado.
No obstante, la paradoja fundamental del proyecto radicaba en su propia definición. Aunque se autodenominaba "trage nacional", su aplicación estaba estrictamente reservada, en palabras de la propia M. O., a "las Grandes de España, y á las mugeres... de los que tienen tratamiento de Excelencia... ó que están empleados en el Real servicio". Como ha analizado el historiador Manuel Amador González Fuertes, la propuesta "toma el todo por la parte", utilizando la retórica nacional para servir a un interés de clase. No era un uniforme para el pueblo, sino un código de vestimenta destinado a marcar y congelar visualmente la jerarquía dentro de la propia élite, evitando que la burguesía adinerada pudiera, a través de la moda, mimetizarse con la nobleza de sangre.
Este intento de normativizar la elegancia desde el poder debe entenderse en el contexto de una pugna cultural mayor. En paralelo, florecía el fenómeno del "Majismo", donde la aristocracia adoptaba por voluntad propia la basquiña y la mantilla del pueblo llano como símbolo de una identidad "castiza" y auténtica frente a la influencia francesa. El proyecto de 1788 puede interpretarse como un intento de las instancias oficiales por sistematizar y regimentar esa misma estética nacional que surgía espontáneamente desde abajo, arrebatándole su carácter subversivo y transformándola en un decreto.
El destino final de esta ambiciosa iniciativa fue su rechazo tajante. Floridablanca, siguiendo un procedimiento consultivo típico de la época, remitió el discurso a la Junta de Damas de la Sociedad Económica Matritense, una de las instituciones femeninas más influyentes. Su dictamen fue demoledor. Las damas argumentaron que la distinción femenina y el buen gusto no podían reducirse a un rígido reglamento estamental, esbozando así una defensa temprana de una elegancia basada en el criterio personal y no en la ley.
El fracaso del "trage nacional" de 1788 es tan revelador como su concepción. Pone de manifiesto los límites del reformismo ilustrado para regimentar la vida social, especialmente en un ámbito tan vinculado a la identidad personal y al gusto como la moda. Demuestra que, frente a los intentos uniformadores desde arriba, las expresiones culturales auténticas —como el majismo— poseen una vitalidad muy superior. Este episodio, hoy casi olvidado, encapsula a la perfección las tensiones de una época en transición: entre el antiguo régimen estamental y las nuevas ideas, entre la imposición normativa y la libre expresión, y entre el ideal abstracto de nación y las prácticas concretas y diversas de sus habitantes. La elegancia, al final, se resistió a ser gobernada por decreto.
Pedrete Trigos





