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viernes, 27 de febrero de 2026

Espejos de tinta y seda: La mujer española del Siglo de Oro ante el espejo de la Historia

  

Introducción: Cuatro miradas, una pregunta 

A lo largo de esta serie, hemos transitado por caminos muy diversos para acercarnos a una misma realidad: la mujer española del Siglo de Oro y su relación con el vestido. Hemos escuchado la voz airada del moralista Juan de Zabaleta, condenando desde su púlpito de tinta cada pliegue del guardainfante y cada pizca de afeite. Hemos seguido la mirada curiosa y fascinada de Madame d'Aulnoy, la viajera francesa —o la escritora que supo hacerse pasar por tal— que describió con asombro las costumbres españolas. Nos hemos asomado a los estrados a través de los cuadros de costumbres de Zabaleta, y hemos contemplado los retratos de Velázquez, donde la palabra se hace carne y la tela pintada nos devuelve, intacta, la imagen de aquellas damas. 

Pero aún nos falta una mirada. Quizá la más esquiva, la más difícil de recuperar, pero también la más importante: la de las propias mujeres. ¿Qué pensaban ellas de todo aquello? ¿Cómo vivían esa tensión entre la condena moral y la exigencia social, entre el recato predicado y la ostentación practicada? ¿Eran víctimas pasivas de una moda impuesta, o sujetos activos que manejaban el vestido como una herramienta de navegación social? 

Este artículo final intenta responder a esas preguntas. No desde la certeza —las mujeres del Siglo de Oro nos han dejado pocos testimonios escritos de su propia voz—, sino desde la interpretación de los indicios, desde la lectura a contrapelo de los textos que las condenan y desde la contemplación de los retratos que las inmortalizan. Porque, como veremos, en esa tensión entre lo que se decía de ellas y lo que ellas hacían, entre la condena y la práctica, se juega la verdadera historia de la moda femenina en la España de los Austrias. 

La mirada del moralista: el pecado hecho vestido


 

Para Juan de Zabaleta y sus contemporáneos, la mujer que se vestía con esmero era, ante todo, un problema moral. No importaba que acudiera a la iglesia: si iba engalanada, "¿cómo piensa agradar a Dios si va en el traje de que Dios se desagrada?". No importaba que su intención fuera inocente: "aunque ella se vista sin intención, los que juzgan que la lleva se le atreven". La mujer, en la mentalidad del moralista, era siempre responsable del deseo que despertaba, siempre culpable de la mirada del otro. 

Esta desconfianza hacia lo femenino no era nueva, pero en el Siglo de Oro adquirió tintes obsesivos. La honra, ese valor tan escurridizo y central en la sociedad española, dependía en gran medida del comportamiento de las mujeres. Una hija que se exhibía demasiado, una esposa que provocaba miradas podía manchar el nombre de toda una familia. De ahí la insistencia en el recato, en el silencio, en la invisibilidad casi. La mujer honesta, decía Zabaleta, "ha de ser encogida. Con casi la soledad de su casa ha de estar en la calle: con mirar poco y hablar menos casi estará sola". 

Pero lo fascinante es que, a pesar de esta presión moral, las mujeres seguían vistiéndose con esmero, seguían acudiendo a la iglesia como escaparate, seguían reuniéndose en estrados para hablar de galas y modas. La condena del moralista, lejos de reflejar una realidad incuestionable, nos habla más bien de una batalla perdida: por más que predicaran contra los afeites, los guardainfantes y los escotes, las mujeres continuaban usándolos. La moda era más fuerte que el sermón. 

La mirada del viajero: el asombro del extranjero 



Si el moralista ve pecado, el viajero extranjero ve exotismo. Madame d'Aulnoy representa esa mirada fascinada que tanto contribuyó a forjar la imagen de España en Europa. Sus descripciones del guardainfante, los chapines, las joyas y los amuletos son minuciosas y, en general, carecen de la carga moral que impregna los textos españoles. Ella no condena: observa, describe, se asombra. 

Esta mirada extranjera tiene un valor inestimable para el historiador, porque registra detalles que los españoles daban por supuestos y no se molestaban en consignar. ¿Quién mejor que alguien que ve las cosas por primera vez para fijarse en lo que los nativos han dejado de ver? Así, d'Aulnoy nos habla de los tembleques que vibran con el movimiento de la cabeza, de las higas de azabache contra el mal de ojo, del peso de los guardainfantes y la dificultad para caminar con chapines. Son detalles que ningún moralista español habría considerado dignos de mención, pero que para nosotros son oro puro. 

Además, la mirada de d'Aulnoy nos permite constatar algo fundamental: la moda española era percibida en Europa como algo peculiar, distinto, exagerado. Lo que para Zabaleta era "monstruosidad postiza", para ella era una "máquina extraña" digna de ser descrita con precisión. Esta alteridad, esta sensación de que en las costumbres españolas había algo que desafiaba las normas europeas, contribuyó a forjar ese mito de la "españolada" que tanto éxito tendría en los siglos posteriores. 

La mirada del pintor: la verdad del lienzo 



El pintor, y especialmente Velázquez, nos ofrece una mirada distinta: ni condena ni asombro, sino registro. Sus pinceles captan con una fidelidad asombrosa la textura de las telas, el brillo de las joyas, la rigidez de los jubones, la amplitud de las faldas. Pero captan también algo más: la dignidad de esas mujeres atrapadas en sus armaduras de tela y ballena. 

Miren cualquier retrato de Velázquez: una reina, una infanta, una dama de la corte. La postura es erguida, casi hierática. El rostro, sereno, inescrutable. No hay concesión a la intimidad ni a la espontaneidad. Pero hay, eso sí, una presencia arrolladora. Esas mujeres ocupan su espacio con la seguridad de quien sabe que su vestido no es solo un adorno, sino una declaración de rango y poder. 

Velázquez no juzga. No dice si aquello está bien o mal, si aquellas modas son pecaminosas o virtuosas. Simplemente las pinta, y al pintarlas, las eterniza. Gracias a él, podemos ver con nuestros propios ojos lo que Zabaleta condenaba y d'Aulnoy describía. Podemos apreciar la belleza de los bordados, la riqueza de las telas, la maestría de los joyeros. Y podemos también intuir el precio que esas mujeres pagaban por esa belleza: el peso de los tejidos, la incomodidad de las posturas, la rigidez de las ballenas. 

El silencio que habla: la mirada de las mujeres 



Y llegamos, por fin, a la mirada más difícil de recuperar: la de las propias mujeres. ¿Qué pensaban ellas de todo aquello? ¿Cómo vivían esa tensión entre la exigencia de vestir conforme a su rango y la condena moral que pesaba sobre su atuendo? 

No tenemos muchos testimonios directos. Las mujeres del Siglo de Oro escribieron poco, y cuando lo hicieron, rara vez fue para hablar de moda. Pero podemos leer entre líneas, podemos interpretar los indicios, podemos escuchar lo que dicen los textos que hablan de ellas. 

Cuando Zabaleta describe a la dama que se levanta el día de fiesta "verdaderamente de holgar, porque ha de salir a ser vista", está reconociendo, a su pesar, que para ella ese momento de ser vista es una fuente de placer. No solo de vanidad pecaminosa, sino de auténtico gozo. El vestido, la ocasión, la mirada de los otros: todo ello formaba parte de una experiencia que, para las mujeres, era significativa y valiosa. 

Cuando en el estrado discuten sobre si tal color se llama "leonadillo deslavado" o "vinagre torcido", cuando se afanan por aprender los nuevos nombres de las modas —"estrella de Venus", "jardín"—, están participando activamente en la construcción de un lenguaje propio. Un lenguaje que los hombres, desde fuera, no terminan de entender, pero que ellas manejan con soltura y que les sirve para afirmar su pertenencia a un círculo, su conocimiento del mundo, su capacidad de estar al día. 

Cuando la doncella opilada esconde los casquillos de barro en el manguito para comerlos a escondidas, está desafiando, a su manera, las normas que pretenden regir su cuerpo. El barro es malo, lo dice la medicina y lo repiten los moralistas. Pero a ella le gusta, y lo come, y se arriesga a ser descubierta. Pequeña rebeldía cotidiana, minúscula transgresión, pero reveladora de que las mujeres no eran meras víctimas pasivas de las imposiciones. 

Y cuando la despejada se sienta en el suelo, junto al brasero, desafiando las convenciones del estrado, está afirmando su derecho a moverse con libertad en un espacio que, aunque regulado, era suyo. El estrado era territorio femenino. Allí, entre mujeres, las reglas las ponían ellas. Podían sentarse como quisieran, hablar de lo que quisieran, criticar a quien quisieran. El estrado era, en cierto modo, un espacio de libertad dentro de una sociedad que negaba a las mujeres casi todos los espacios públicos. 

La construcción del mito 



Esta compleja realidad, hecha de condenas y transgresiones, de imposiciones y estrategias, de silencios y palabras, ha fascinado a generaciones posteriores. La mujer española del Siglo de Oro —envuelta en sus guardainfantes, cubierta por sus mantos de humo, enjoyada con perlas y diamantes— se ha convertido en un mito. Un mito que ha alimentado la literatura, la pintura, el cine, la moda. 

Los viajeros románticos del siglo XIX, herederos de Madame d'Aulnoy, vinieron a España buscando a esas mujeres que habían leído en los libros. Y las encontraron, o creyeron encontrarlas, y escribieron nuevos relatos que alimentaron la leyenda. La mantilla, la peineta, el abanico se convirtieron en señas de identidad de una "españolidad" imaginada, construida tanto desde fuera como desde dentro. 

La pintura de historia, en el siglo XIX, recreó una y otra vez escenas del Siglo de Oro, con damas engalanadas y caballeros galantes. Los pintores costumbristas, como los Madrazo, vistieron a sus modelos con trajes que evocaban aquella época dorada, contribuyendo a fijar una imagen estereotipada pero poderosa. 

Y la moda, por supuesto, ha vuelto una y otra vez a aquella estética. Los grandes diseñadores —Balenciaga, por ejemplo— han reinterpretado la silueta española, el negro austero, la riqueza de los bordados. En las pasarelas del siglo XXI, reaparecen de vez en cuando ecos de aquellos guardainfantes, de aquellas gorgueras, de aquellos mantos. 

El legado: fascinación perpetua 



¿Por qué seguimos fascinados por aquellas mujeres y sus vestidos? Quizá porque en ellos vemos, de forma concentrada, algo que sigue siendo central en nuestra experiencia: la tensión entre lo que somos y lo que aparentamos, entre el deseo de mostrarnos y la necesidad de ocultarnos, entre la condena social y la afirmación personal. 

Las mujeres del Siglo de Oro vivieron esa tensión de forma particularmente intensa. Su cuerpo, su vestido, su apariencia eran objeto de discursos contradictorios que pretendían regularlos, controlarlos, limitarlos. Pero ellas, en su práctica cotidiana, encontraron resquicios, construyeron estrategias, afirmaron su presencia. No fueron víctimas pasivas de una moda impuesta, sino sujetos activos que manejaron el vestido como una herramienta compleja: para afirmar su rango, para negociar su lugar en el mundo, para experimentar placer, para construir vínculos con otras mujeres. 

Los moralistas las condenaron, los viajeros las idealizaron, los pintores las inmortalizaron. Pero ellas, en silencio, siguieron vistiéndose, adornándose, reuniéndose, hablando. Su voz apenas ha llegado hasta nosotros, pero sus actos han quedado registrados en los mismos textos que pretendían condenarlas, en las mismas imágenes que pretendían fijarlas. 

Hoy, cuando contemplamos un retrato de Velázquez, cuando leemos una página de Zabaleta, cuando seguimos a Madame d'Aulnoy en su viaje imaginario, estamos participando de esa misma fascinación. No buscamos ya condenar ni idealizar. Buscamos entender. Entender cómo aquellas mujeres, atrapadas en sus armaduras de tela y ballena, lograron construir espacios de libertad. Entender cómo, a través del vestido, dijeron quiénes eran y quiénes querían ser. Entender, en definitiva, que la moda no es frivolidad: es historia, es lenguaje, es vida. 

La mujer española del Siglo de Oro sigue hablándonos desde los lienzos y los textos. Su silencio, paradójicamente, es elocuente. Y su imagen, aquella silueta inconfundible de faldas amplias y talle rígido, sigue siendo una de las estampas más poderosas que nuestra historia ha legado al imaginario universal. 

El Caballero Metabólico 

 

Fuentes y referencias: 

  • AULNOY, Marie-Catherine Le Jumel de BarnevilleRelación del viaje de España. Madrid: Cátedra, 2000. 

  • ZABALETA, Juan de. El día de fiesta por la mañana (1654) y El día de fiesta por la tarde (c. 1660). 

  • Museo Nacional del Prado. Colección de retratos de Velázquez. 

  • DELEITO Y PIÑUELA, José. La mujer, la casa y la moda en la España del Rey Poeta. Madrid: Espasa-Calpe, 1946. 

  • HERRERO GARCÍA, Miguel. Estudios sobre indumentaria española en la España de los Austrias. Madrid: CEEH, 2014. 

  • VIGIL, Mariló. La vida de las mujeres en los siglos XVI y XVII. Madrid: Siglo XXI, 1986. 

  • ESCALERA FERNÁNDEZ, Isabel. "Relation du voyage d´Espagne. Madame d´Aulnoy y su visión de la indumentaria y las joyas españolas". Liño: Revista anual de historia del arte, 28, 2022