Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia:
Existe una idea muy extendida, casi un lugar común, que atribuye la invención de nuestros "trajes regionales" al siglo XX, y en particular, a la maquinaria propagandística del régimen franquista. Según este relato, la España rural y pintoresca, con sus coloridos refajos y mantones, sería una construcción artificial de la posguerra. Sin embargo, la tela de la historia, cuando se examina con detenimiento, revela un patrón mucho más complejo y antiguo. Los trajes regionales, tal y como los imaginamos hoy, no son un invento del siglo XX, sino el producto de una revolución política y cultural del siglo XIX, un fenómeno directamente ligado a la desaparición de los antiguos reinos y al nacimiento de la España provincial. Esta es la historia de cómo un nuevo mapa administrativo necesitó, y creó, un nuevo mapa visual de la identidad.
Para encontrar el origen de la imagen codificada del traje regional, debemos viajar a las últimas décadas del siglo XVIII y, sobre todo, a los primeros años del XIX. Es en este momento cuando florecen ambiciosos proyectos editoriales que buscan cartografiar visualmente la nación. El más emblemático es la "Colección de trajes que en la actualidad se usan en España", iniciada por Antonio Rodríguez en 1801.
Estas colecciones de grabados no tenían una vocación etnográfica en el sentido moderno. Su objetivo no era documentar la vestimenta cotidiana en toda su variabilidad social, laboral y geográfica. Su propósito era clasificatorio y cartográfico: asignar un modelo de indumentaria estereotipada, único y reconocible, a cada provincia o región. Los artistas, bajo la influencia del incipiente costumbrismo y romanticismo, seleccionaban, estilizaban y fijaban prendas locales. Simplificaban la realidad, eliminando la diversidad de clases y oficios, para crear un catálogo ilustrado y ordenado de la diversidad española. Estos grabados, de enorme éxito y difusión, son el origen directo e indisputable de la imagen mental que hoy tenemos de los "trajes típicos".
Este impulso catalogador no fue casual. Coincidió con la mayor transformación política de la España moderna: el desmantelamiento del Antiguo Régimen y de sus estructuras centenarias. La Constitución de Cádiz de 1812 y, de manera definitiva, el Real Decreto de Javier de Burgos de 1833, barrieron la compleja maraña de reinos, señoríos y jurisdicciones históricas. En su lugar, establecieron un Estado liberal, uniformador y centralista, organizado de manera racional en provincias.
Este nuevo mapa administrativo exigía, a su vez, una nueva cartografía simbólica. Los viejos emblemas —las banderas y escudos de los reinos de Castilla, Aragón o Navarra— pertenecían a un orden político superado, y podían incluso interpretarse como una amenaza a la nueva unidad nacional. El Estado liberal necesitaba símbolos de identidad que fueran compatibles con su arquitectura. ¿Dónde encontrarlos? La respuesta fue la cultura popular, percibida por los intelectuales románticos como un sustrato "puro", "auténtico" y, sobre todo, apolítico y atemporal.
Así comenzó un lento pero imparable proceso de transformación. El traje local, variable, funcional y ligado a ciclos agrarios y sociales, inició su metamorfosis en "traje regional", un emblema estético e identitario fijo. Este proceso no fue una imposición directa del Estado en la década de 1830, sino una construcción cultural compleja y gradual, en la que confluyeron diversos actores:
Los artistas y grabadores dieron la forma visual y la difundieron masivamente.
Las élites regionales (burguesías locales y aristocracia venida a menos) vieron en estos trajes estilizados una magnífica herramienta para reafirmar su prestigio y singularidad dentro del nuevo Estado-nación, sin cuestionar su autoridad.
Finalmente, las instituciones oficiales (ayuntamientos, diputaciones y, más tarde, el Estado del siglo XX) acabaron por institucionalizar y fosilizar estos modelos para fines de cohesión, propaganda y espectáculo.
El traje se folklorizó. Dejó de ser una prenda para convertirse en un símbolo, en una seña de la diversidad provincial que, al ser meramente estética, resultaba perfectamente compatible con la unidad política. Mostraba una España pintoresca y diversa, pero esencialmente una.
Esta historia ilumina una coincidencia profunda que has intuido: el ocaso del "traje nacional" (el conjunto de basquiña, jubón y mantilla) y el surgimiento de los "trajes regionales" son las dos caras de una misma moneda histórica.
El traje nacional del siglo XVIII era el emblema de un ideal de unidad jerárquica y cortesana, propio de la monarquía ilustrada. Su silueta uniformaba las calles de Madrid y de las principales ciudades, proyectando un modelo cultural centralizado. Con el colapso del Antiguo Régimen y el triunfo del ideal liberal y romántico, ese símbolo se desvaneció.
En su lugar, el nuevo Estado, articulado en provincias, necesitaba un nuevo sistema simbólico. Lo encontró en el mosaico de los trajes regionales. Mientras el jubón y la basquiña —símbolos del Rey— se retiraban, los trajes de fallera, charra o gallega —símbolos de la Nación— ascendían. No fue una sustitución espontánea, sino un reemplazo político. Así, en el cruce donde se entrelazan el poder, el arte y el comercio, se tejió el imaginario visual de la España contemporánea, demostrando una vez más que la indumentaria es el tejido en el que mejor se lee la historia de una sociedad.
Pedrete Trigos




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