Hace unos meses, paseando por Sevilla con una amiga —imaginaos: luz de marzo, naranjos en flor y ese bullicio de la gente que va sin prisa—, entramos en El Corte Inglés. Nos acercamos al reclamo de unos frascos de aspecto severo y etiquetas minimalistas: Le Labo. Probamos, olfateamos, hicimos el ridículo con los papelitos. A mí me conquistó el de violetas, ese que huele a sombra de jardín y a mentira de juventud perpetua. Ninguno de los dos tuvo la ocurrencia, ese día, de mirar el precio. Error de principiantes en la edad adulta.
Llegué a casa con el regusto de la tentación, convencido de que aquel perfume era una necesidad impostergable. La semana pasada, de compras por el centro de Málaga —en esa otra luz más atlántica y llorona—, volvimos a El Corte Inglés, como dos sonámbulos en busca del mismo espejismo. No los tenían. Tampoco fue una derrota: el destino, a veces, nos protege de nosotros mismos.
Pero Asun —mi amiga, fanática de los cosméticos como otros lo son de la filatelia o de los gatos— es tenaz. Encontró la web de Le Labo y me pasó el enlace. He sufrido hace un momento, media embolia fulminante. Porque el precio… ay, el precio. 246,28 euros el frasco de cien mililitros. Esa puntualidad de los veintiocho céntimos me llegó al alma, como si el universo, con un cálculo exacto, hubiera decidido escarnecer mi declaración de la renta.
Porque yo, véanlo ustedes, llevo décadas siendo fiel a Heno de Pravia. El bote de un litro cuesta cuatro con cincuenta. Hagan la cuenta: por un único frasco de Le Labo puedo adquirir cincuenta y cinco botes de mi colonia de toda la vida. Cincuenta y cinco. Un batallón de frascos verdes.
No puedo con mi vida.
Heno de Pravia, esa fragancia sin aspavientos, ese olor a infancia, a sábado por la mañana, al jabón de mi madre cuando yo apenas llegaba a la encimera.
Todo empezó en 1903, cuando el emprendedor vasco Salvador Echeandía Gal, fundador de Perfumerías Gal, viajaba por Asturias y quedó prendado del olor a heno recién cortado en la finca El Pataquero de Prahúa, cerca de Pravia. Tras dos años de pruebas, lanzó el jabón en 1905 bajo el nombre de "Heno de Pravia".
La pastilla es de color verde musgo como el heno fresco y se envuelve en un papel marcadamente amarillo como el heno seco. Además, su fórmula original incluía aceites esenciales de geranio, lavanda y sándalo que aún hoy definen su aroma.
Fue la primera empresa española en tener un departamento de publicidad. Usaron ilustradores como Alfons Mucha y actrices como Margarita Xirgu, e incluso publicaron 30 poemas dedicados al jabón que ahora son una joya de coleccionista.
Fue un producto presente en los hogares de los años 60 y se popularizó en los 70 al ampliar su gama con la colonia fresca que todos reconocemos.
He coqueteado con otras colonias, con otros perfumes más altivos, pero siempre, como una brújula que encuentra su norte, he regresado a ella. A su frescor suave, a su estela de recuerdos.
Tengo guardado, con el cuidado de una reliquia, un recorte de una revista de los años veinte donde aparece La Argentinita, artista y musa de Lorca, diciendo aquello de: «Renunciaría a todas las pompas del mundo, menos a las pompas del jabón Heno de Pravia». Pues yo igual. Por mucho que me sedujera aquella violeta sofisticada de Le Labo, por mucho que me duela en la cartera y en el orgullo, seguiré siendo fiel a mi colonia de litro, a la que huele a lo que somos: polvo, tiempo y Heno de Pravia.
Pedrete Trigos





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