Introducción: el nacimiento de un género
La literatura gótica nace en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII, concretamente en 1764, cuando Horace Walpole publica El castillo de Otranto, obra a la que en su segunda edición (1765) añadió el subtítulo A Gothic Story. El término "gótico" se empleó originalmente con un sentido despectivo para referirse a la arquitectura medieval —considerada "bárbara" frente al orden clásico—, pero Walpole lo rescató para una historia que mezclaba lo medieval con lo sobrenatural.
El género surgió como una reacción al exceso de racionalidad de la Ilustración, explorando lo oscuro, lo irracional y aquello que la razón dejaba de lado. Sus señas de identidad son bien conocidas: castillos en ruinas, abadías, criptas y pasadizos secretos; una atmósfera de misterio y terror con amenazas sobrenaturales; personajes arquetípicos como la heroína inocente perseguida y el villano atormentado; y emociones intensas que buscan provocar en el lector una mezcla de terror y fascinación. Junto a la obra fundacional de Walpole, destacan Los misterios de Udolfo (Ann Radcliffe), El monje (Matthew G. Lewis), Frankenstein (Mary Shelley) y, ya a finales del siglo XIX, Drácula (Bram Stoker).
La llegada del gótico a España: un eco débil y matizado
La literatura gótica tuvo cierto calado en España en esas fechas, pero fue un calado débil, tardío y muy condicionado por el contexto cultural y la censura. No hubo una explosión de novela gótica autóctona como en Inglaterra, sino una asimilación tímida y fragmentada.
Las primeras traducciones de novelas góticas extranjeras empezaron a circular desde 1785, aunque el acceso era limitado y muchas obras fueron prohibidas. Lo que sí surgió a finales del siglo XVIII fue un grupo de novelas españolas "con tintes góticos": obras de corte sentimental o didáctico que incorporaban elementos de lo sublime y lo terrorífico —cementerios, criptas, noches tormentosas— de forma puntual, sin que el terror fuera el motor central de la historia. Un ejemplo paradigmático de esta atmósfera prerromántica son las Noches lúgubres de José Cadalso (escritas hacia 1771, publicadas póstumamente en 1789-1790), que tuvieron un éxito enorme y decenas de ediciones en la primera mitad del siglo XIX.
Entre los pioneros españoles pueden citarse nombres como Gaspar Zavala y Zamora o Francisco Vicente Martínez Colomer a finales del XVIII, y ya en los primeros años del XIX, Luis Gutiérrez (Cornelia Boroquia, 1801) o Pascual Pérez y Rodríguez (con títulos como La torre gótica o La urna sangrienta, hacia 1830). En el teatro, Manuel José Quintana estrenó en 1801 El duque de Viseo, inspirada en una obra de Lewis, aunque suavizando los elementos sobrenaturales para no chocar con los preceptistas.
¿Por qué no arraigó con fuerza? La doble censura
Hubo varias razones por las que el género gótico no se desarrolló plenamente en España en esas fechas. La más llamativa es la doble censura a la que se enfrentó, pues no solo la Iglesia católica miraba con recelo estas obras, sino también los propios ilustrados.
La censura eclesiástica (la Inquisición) actuaba con una lógica doctrinal y moral: le preocupaban las proposiciones heréticas, las supersticiones que confundieran a los fieles o la promoción de la magia y el pacto demoníaco como algo real y eficaz. Pero la censura ilustrada (el Estado, a través del Consejo de Castilla y los censores reales) respondía a una lógica distinta: le preocupaba que un libro fuera inútil, frívolo o que excitara la imaginación y las pasiones del pueblo, alejándolo de la razón y del trabajo útil. La novela gótica era, para un ilustrado español, un veneno triple: alimentaba la superstición que querían erradicar, era puro entretenimiento sin valor provechoso, y excitaba emociones consideradas desestabilizadoras. El caso de El monje de Lewis es revelador: cuando se intentó traducir al español, los censores ilustrados lo consideraban literatura "de mal gusto", "extravagante" y "corruptora de la juventud".
A ello se sumaban otras razones. En España, muchos de los elementos que el gótico explotaba —lo legendario medieval, la superstición, los milagros, la brujería— ya formaban parte de la realidad y la tradición cultural del país, por lo que no se percibían como una novedad rompedora. Y el gusto neoclásico por la utilidad moral de la literatura seguía muy presente, frenando la creación de ficciones cuyo único fin fuera provocar terror y deleite estético.
Un sustrato propio: lo negro, lo fúnebre y lo esotérico en la España anterior
España contaba ya con un rico sustrato visual y cultural para lo oscuro, muy anterior al auge del gótico inglés. El traje nacional de basquiña y mantilla negra era el atuendo obligatorio para salir a la calle, pero su negro tenía un sentido social y religioso —el luto y la formalidad—, no psicológico ni de rebeldía. El negro era lo correcto y lo esperado: cuando en 1799 unas mujeres intentaron usar basquiñas de color lila, el pueblo las siguió por el Prado y les arrojó piedras.
La figura de Felipe II ilustra otra faceta de esa dualidad española entre la ortodoxia más férrea y la fascinación por lo oculto. El monarca católico amparó la creación del Índice de Libros Prohibidos, pero al mismo tiempo la biblioteca de El Escorial albergaba unos 40.000 volúmenes, muchos dedicados a alquimia, astrología y ciencias ocultas, gracias a una licencia especial que permitía custodiar textos censurados. Su esoterismo era, sin embargo, áulico y de poder: buscaba el conocimiento oculto para comprender la creación divina y consolidar su imperio, no para subvertir el orden.
El caso de la duquesa de Osuna y Goya: fascinación ilustrada por lo irracional
Un episodio especialmente revelador es el encargo que María Josefa Pimentel, duquesa de Osuna, hizo a Goya hacia 1797-1798: seis cuadros de pequeño formato con temas de brujería —entre ellos El aquelarre y El vuelo de brujas— para decorar sus aposentos privados en su finca de El Capricho. La duquesa era una mujer ilustrada, culta y avanzada, con una biblioteca de unos 60.000 volúmenes, algunos sobre magia que requirieron permisos especiales de la Inquisición.
La intención de estos cuadros no era la del gótico literario inglés —provocar un escalofrío delicioso—, sino más bien ridiculizar las creencias absurdas que estigmatizaban a las mujeres y a los ignorantes. Las brujas de Goya son grotescas y patéticas; el macho cabrío no es un ser terrorífico, sino una figura esperpéntica. El encargo comparte con el gótico el mismo caldo de cultivo cultural —una Europa fascinada y a la vez repelida por lo irracional—, pero con un propósito opuesto: la crítica ilustrada frente a la exaltación de la imaginación.
Curiosamente, en los retratos conocidos de la duquesa realizados por Goya, como el de 1785, aparece con un elegante vestido azul de estilo inglés o francés, siguiendo la moda parisina, y no con el traje nacional de basquiña y mantilla. Para los retratos formales, lo esperado era lucir las modas internacionales, no el atuendo de calle. Otras damas de la aristocracia, como la Duquesa de Alba (1797), la Marquesa de Santa Cruz o la propia Reina María Luisa (1799), sí posaron para Goya con el traje de basquiña y mantilla negra, como parte de una moda "castiza" muy específica.
La resistencia de las damas ilustradas: el rechazo al uniforme de Floridablanca
La capacidad de acción de aquellas mujeres queda patente en un episodio ocurrido en 1788. El conde de Floridablanca envió a la Junta de Damas un folleto que proponía crear un "traje nacional" femenino único, con tres modelos distintos —llamados "española", "carolina" y "borbonesa"— que se diferenciarían según la clase social de la portadora. La Junta de Damas, con María Francisca de Sales Portocarrero y Zúñiga, VI condesa de Montijo —abuela de la futura emperatriz Eugenia de Montijo— como secretaria, rechazó el proyecto de plano.
Los argumentos que la condesa redactó son sorprendentemente modernos: la distinción de clases mediante señales externas obligatorias era "odiosa" y generaría "arriesgadas consecuencias"; no se podía reformar la costumbre por decreto, pues el único camino era la educación; y el uniforme atentaba contra la naturaleza femenina, que incluía el deseo de distinguirse y adornarse. En la práctica, aquellas mujeres usaron los argumentos de la Ilustración para limitar el poder del propio Estado ilustrado: frente al control estatal del vestido, defendieron la libertad individual y la educación. La condesa de Montijo no era una aristócrata frívola, sino una ilustrada convencida, preocupada por la educación femenina, que llegó a tener problemas con la Inquisición por sus ideas.
La estética de Halloween: un producto del siglo XX
Es importante subrayar que la estética de Halloween tal como la conocemos hoy —calabazas talladas, brujas con sombrero puntiagudo, fantasmas con sábana, esqueletos decorativos, casas encantadas— es una construcción del siglo XX, principalmente del cine, la televisión y la industria del entretenimiento estadounidense. A finales del XVIII o principios del XIX, nada de eso existía como conjunto visual reconocible. La calabaza tallada sustituyó al nabo irlandés solo con la inmigración a Estados Unidos en el siglo XIX; la bruja con sombrero cónico se fijó como estereotipo en el siglo XIX y se explotó en el cine del XX; y los fantasmas con sábana son un cliché del cine y el teatro. La literatura gótica fue el sustrato lejano, pero la imaginería concreta de Halloween es mucho más reciente.
Conclusión
La literatura gótica europea nació en Inglaterra en 1764 como reacción a la Ilustración, explorando lo oscuro y lo irracional como fuente de placer estético. En España, ese género llegó con retraso y debilidad, lastrado por una doble censura —eclesiástica e ilustrada— y por la presencia previa de un sustrato cultural propio de lo negro, lo fúnebre y lo esotérico. Sin embargo, España no carecía de materiales para lo gótico: el traje nacional negro, la figura de Felipe II y su fascinación por lo oculto, los cuadros de brujería de Goya para la duquesa de Osuna, y la resistencia de damas ilustradas como la condesa de Montijo demuestran que la estética de lo oscuro ya estaba ahí. Solo faltaba que alguien, décadas después, le diera la vuelta para convertirla en literatura de terror y misterio, allanando el camino para autores como Bécquer. La historia del gótico en España es, en definitiva, la historia de un género que llegó tarde, pero que encontró un terreno fértil en una cultura que ya convivía intensamente con lo oscuro.
Pedrete Trigos
Fuentes consultadas
Origen del género gótico: Fichas de Google Books sobre El castillo de Otranto de Horace Walpole (1764) y su subtítulo "A Gothic Story" en la segunda edición (1765); artículo académico de Taylor & Francis sobre Ann Radcliffe y Los misterios de Udolfo; recurso educativo de la BBC sobre la novela gótica.
El gótico en España: Miriam López Santos, La novela gótica en España (1788-1833); documento de la Agencia Estatal de Investigación sobre la evolución del género en España; estudio académico sobre La urna sangrienta de Pascual Pérez y Rodríguez; ficha de Google Books de Noches lúgubres de José Cadalso; J.M. Caso, Historia y crítica de la literatura española.
Goya y la duquesa de Osuna: Blog oficial y web del Museo Lázaro Galdiano sobre los cuadros de brujería encargados para El Capricho; artículo de la Universidad de Salamanca sobre el mecenazgo de los duques de Osuna.
Felipe II y el esoterismo: Noticia de RTVE y entrevista de la agencia EFE sobre la biblioteca de El Escorial y la fascinación del monarca por la astrología y la alquimia.
Traje nacional y condesa de Montijo: Documento del Ministerio de Cultura sobre la historia del traje; artículo académico de la Universidad de La Rioja sobre la Junta de Damas y el rechazo al proyecto de Floridablanca (1788), incluyendo la Respuesta á las objeciones... de la condesa de Montijo.
Estética de Halloween: Artículo de la BBC sobre la historia de los disfraces y recurso educativo de America250 sobre la evolución moderna de la festividad.








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