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miércoles, 4 de febrero de 2026

La tela del poder: Cuando el Estado quiso vestir a sus súbditos

 A lo largo de la historia de España, desde los austeros salones y estrados de El Escorial hasta los ilustrados gabinetes y saletas del Madrid de Carlos III, el Estado mantuvo una obsesión constante: controlar los cuerpos de sus ciudadanos a través de la tela que los cubría. Dos episodios, separados por casi dos siglos —las leyes suntuarias de los Austrias y el fallido proyecto de "traje nacional" de 1788—, revelan un paralelismo tan claro como significativo. No se trata de meras anécdotas sobre moda, sino del mismo proyecto político aplicado en contextos distintos: la utilización de la indumentaria como herramienta fundamental para definir, congelar y hacer visible un orden social jerárquico e inmutable. Es la misma idea clasista, tejida con los hilos del poder absoluto. 

El objetivo inquebrantable: Congelar la jerarquía 

El propósito central de ambas iniciativas era idéntico: impedir cualquier atisbo de movilidad social que pudiera leerse en la apariencia. Para el Estado del Antiguo Régimen, que una burguesa adinerada pudiera confundirse a simple vista con una dama de sangre noble era una amenaza al orden natural de las cosas. 

Los reyes Austrias abordaron este desafío mediante la prohibición. Sus pragmáticas suntuarias eran un denso catálogo de "noes": los no nobles no podían vestir sedas, terciopelos, encajes de oro o plata, ni lucir joyas reservadas a la hidalguía. La ley actuaba como un dique, conteniendo las aspiraciones de quienes, habiendo ascendido en riqueza, pretendían traducirla en prestigio visible. Era una legislación reactiva, diseñada para marcar límites infranqueables. 

Un siglo y medio después, el proyecto borbónico de 1788 abordó el mismo problema desde el extremo opuesto: la prescripción. En lugar de dictar lo que la gente no podía usar, pretendía decretar exactamente lo que la élite femenina (las "Grandes de España" y familias de altos cargos) debía vestir. Su autora, M.O., ofrecía tres modelos jerárquicos —la lujosa "Española", la moderada "Carolina" y la sencilla "Borbonesa"— cuyo propósito confeso era "evitar la confusión" de estamentos. Era una ley proactiva, un manual de instrucciones para que la cúspide de la pirámide social luciera su posición de manera codificada e inconfundible.

 


La máscara de la economía y la moral 

Para legitimar esta intromisión en la esfera personal, tanto los Austrias como los reformistas borbónicos esgrimieron argumentos prácticos y morales casi calcados. 

La justificación económica fue primordial. Las leyes de Felipe IV, como la Pragmática de 1627, buscaban frenar la ruina de las familias y proteger la industria textil nacional —esencialmente, la lana castellana— de la competencia extranjera. Sorprendentemente, el "Discurso sobre el luxô de las señoras" de 1788 repite este guion palabra por palabra. Su gran bandera era el proteccionismo ilustrado: había que dejar de comprar modas francesas que "arruinaban" al reino para fomentar "nuestras Fábricas y Artesanos". En ambos casos, el ahorro nacional y el estímulo económico servían de coartada perfecta para una medida de control social. 

Del mismo modo, ambos sistemas apelaron a un discurso moralizante y patriótico. Los Austrias vinculaban el lujo excesivo a la vanidad pecaminosa, contraria a la gravedad de la monarquía católica. El proyecto de 1788 prometía liberar a las mujeres de las "ridiculeces" de la moda extranjera, imponiendo una elegancia "digna" y nacional. Si Felipe II había hecho del negro un símbolo de poder imperial, los ilustrados invocaban el "amor a la patria" para crear un traje que "caracterizase la Nación". Vestir según la norma se convertía, así, en un acto de virtud cívica y lealtad política. 



El Hilo Continuo del Control 

El paralelismo entre estas dos épocas demuestra una verdad histórica profunda: para el Estado español premoderno, la indumentaria fue siempre un lenguaje de poder. Ya fuera mediante la prohibición austriaca o la prescripción borbónica, el objetivo último era el mismo: utilizar la apariencia como un código legible e inmutable que reflejara y garantizara el orden social. 

El fracaso del proyecto de 1788, rechazado incluso por la conservadora Junta de Damas, es tan revelador como su concepción. Señala el límite de un sistema que, en su afán por regular hasta el último detalle de la vida, chocó contra la complejidad de la sociedad y la fuerza de otras identidades en auge, como la del majismo popular. Sin embargo, este intento fallido confirma que la lógica suntuaria —esa obsesión por vestir los cuerpos según un plano maestro del poder— no murió con los Austrias. Simplemente se puso el traje de la Ilustración y habló el lenguaje de la nación, persiguiendo el mismo sueño antiguo: una sociedad donde cada cual ocupara, para siempre, el lugar que su ropa pregonaba. 

Pedrete Trigos 

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