Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia:
Si el vestir de Felipe II fue la arquitectura severa de un imperio en su cénit, el de la corte de su nieto, Felipe IV (1621-1665), fue su dramático y espléndido decorado final. Nos adentramos en el corazón del Siglo de Oro, un periodo de paradojas deslumbrantes: mientras la hegemonía política y militar se resquebrajaba, el arte y la elegancia cortesana alcanzaron una estilización tan extrema, tan teatral y tan profundamente española, que no tuvo réplica posible en ninguna otra corte europea. Esta fue la hora del Barroco: un estilo donde la decadencia se vistió con la más deslumbrante de las máscaras.
La Gran Paradoja: El Escenario del Declive
Para entender la moda de este reinado, debemos comprender primero su escenario. El siglo XVII fue para la Monarquía Hispánica un tiempo de "crisis": guerras interminables, bancarrotas recurrentes y pestes. Sin embargo, en medio de este desgaste, la corte de Madrid se convirtió en el faro cultural de Europa. Bajo el mecenazgo de un rey melancólico y amante de las artes, florecieron Velázquez, Calderón y Lope de Vega. En este contexto, la indumentaria dejó de ser solo un símbolo de poder para convertirse en un acto de afirmación identitaria. Fue la respuesta estética a una pregunta política: ¿cómo se representa la grandeza cuando la fuerza material decae? La respuesta fue una puesta en escena de solemnidad inigualable, un "uniforme" de rígida belleza que proclamaba: la esencia del imperio es inmutable, aunque su fortuna decline.
La Silueta Barroca: Rigidez Teatral y Expansión Visual
La evolución de la moda española hacia su máxima expresión barroca se aprecia en tres transformaciones capitales, que alejaron para siempre el estilo de sus orígenes herrerianos.
La primera fue la muerte de la lechuguilla. Aquel cuello blanco y rizado, emblema del siglo anterior, fue sustituido por la golilla. Esta era una pieza rígida, plana y blanca, hecha de cartón o pergamino forrado de lienzo fino, que se ataba al cuello. Más que un adorno, era una arquitectura para el rostro. Enmarcaba la cara como un retablo, obligando a un porte altivo y contenido, eliminando cualquier gesto espontáneo del cuello. En los retratos de Velázquez, la golilla es el marco que dignifica y aísla la expresión serena y distante de reyes y validos, convirtiéndolos en íconos de autoridad.
La segunda transformación, quizá la más espectacular, fue femenina: el triunfo del guardainfante. Si el verdugado de Felipe II ahuecaba la falda en forma de cono, el guardainfante del XVII la expandía de manera lateral, creando un volumen desmesurado a la altura de las caderas. Esta estructura de aros o ballenas, a menudo comparada con los arbotantes de una catedral, no buscaba la gracia natural. Buscaba presencia y espacio. Una dama con guardainfante reclamaba literalmente su lugar en la sala, su movimiento era ceremonioso y lento, y su figura se convertía en una escultura móvil, un monumento a la ostentación y al honor familiar que había que proteger.
La paleta de colores, aunque mantenía el negro como eje, se suavizó. Aparecieron los colores de medio luto: los grises plateados, los pardos, los morados oscuros y los verdes austeros. Eran tonos que, bajo la luz de las velas en los salones del Alcázar, adquirían una profundidad aterciopelada y misteriosa. El lujo ya no estaba (solo) en el costosísimo tinte negro, sino en la calidad sobria de los tejidos —terciopelos, damascos, rasos— y en la finura de los adornos contenidos: pasamanería de plata, gorgueras de encaje de Flandes.
La Última Ley: Pragmáticas en un Mundo de Ficción
Felipe IV, paradójicamente, fue el rey que más y más severas pragmáticas suntuarias dictó, intentando frenar el gasto desmedido en vestuario. Prohibió bordados de oro y plata, limitó los tejidos suntuosos e incluso reguló el tamaño de las golillas y los guardainfantes. Pero estas leyes, repetidas una y otra vez, son la prueba de su fracaso. La corte, y la nobleza que la imitaba, había entendido que, en un imperio en retirada, la apariencia era el último bastión de la preeminencia. Vestir "a la española" era un acto de fe en la permanencia de un orden, una lealtad estética que sustituía a la eficacia política.
Así, la moda de la corte de Felipe IV no fue un estilo más. Fue la coreografía final de un mundo. Un artefacto cultural tan específico, tan cargado de significados políticos y religiosos, tan radical en su rechazo a la comodidad y a la frivolidad, que resultó intraducible para las demás cortes. Mientras Francia empezaba a imponer la seducción, el movimiento y el color, España se atrincheró en la solemnidad geométrica. Fue el canto del cisne de una forma de entender el poder: no como dinamismo, sino como representación inmutable; no como vida, sino como arte. Una lección de estilo en el crepúsculo de un imperio.
Pedrete Trigos



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