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viernes, 26 de diciembre de 2025

Capítulo 6: El estrado: el reino de las damas en el Siglo de Oro

 

Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

"La comunicación es el alma de la amistad: con ella vive, sin ella muere". Con esta sentencia abre Juan de Zabaleta el capítulo dedicado al estrado en su El día de fiesta por la tarde (hacia 1660). Y es que, en la sociedad del Siglo de Oro, la visita era un rito sagrado, y el estrado, su templo. Este espacio, exclusivamente femenino, era el corazón de la casa noble, el lugar donde las damas tejían alianzas, desplegaban su poderío y, por supuesto, ejercitaban el arte de la conversación —y de la murmuración. 

Para el historiador del vestido, el estrado tiene un interés capital: era el escaparate donde se exhibían no solo los ricos tejidos que vestían las damas, sino también el lujo doméstico que atesoraban las familias. Tapices, alfombras, escritorios, braseros y toda suerte de "menudencias costosas" formaban el decorado de esta peculiar escena social. Zabaleta, con su mirada agria pero certera, nos guía por este laberinto de vanidades. 

El laberinto de la ostentación 



La dama que recibe visitas no habita en una casa cualquiera. Su vivienda es un universo estratificado que refleja, en su misma disposición, la jerarquía social. Zabaleta describe el itinerario de la visitante con precisión casi arquitectónica: 

"Empieza, pues, a entrar y llega a un recibimiento con unos escaños y unos cajones. Pasa desde aquí a una pieza cuyas paredes cubren unas pinturas, que son traslados, y cuyas márgenes ocupan unas sillas que no son nuevas. Entra luego en una sala que recibe la luz por cristales que están dando luz a la vivísima y hermosísima representación que hace una tapicería flamenca". 

Esta progresión no es casual. Cada estancia es más rica que la anterior, preparando a la visitante para el clímax final: el estrado propiamente dicho. En la primera sala, con tapicería flamenca, encontramos "el primer estrado: almohadas y sillas de terciopelo carmesí, una alfombra turca, tan grande y tan varia, que parece el suelo de un jardín grande. En medio de ella un brasero de plata, sin lumbre, que entre sus flores y cuadros más parece fuente que brasero". Pero este, advierte Zabaleta, "no sirve de más que de dar a entender que sobra". Es la antesala de la verdadera riqueza. 

La segunda estancia es aún más suntuosa: "una cuadra a quien sirven de colgadura unas escarlatas, cortadas a espacios iguales y convenientes, con puntas de oro de dos cabezas, almohadas de lo mismo, con la misma guarnición, sillas de vaqueta, a cuyos clavos sirven de cabezas pavones dorados. La alfombra, de Tiro, de cuyos hilos salían claveles; un brasero en ella, con la caja de ébano y marfil, lleno de erraj encendido, tan grande, que se juzgaba estanque de rescoldo". Los escritorios de "preciosa materia" y las "vivas estatuas de madera" completan el cuadro. 

Aquí Zabaleta no puede contener su sarcasmo: "Estas son unas alhajas que ni abrigan ni refrescan, que embarazan y no adornan, que no son buenas para empeñadas, sino para empeñarse: espectáculo que da vergüenza a los ojos de buen juicio". Pero para la historiadora del vestido y la cultura material, estos objetos son precisamente los que hablan del lujo y las aspiraciones de la época. El "estrado del cumplimiento" da paso, finalmente, al "estrado del cariño": el aposento de dormir, con su cama y su estrado "como la colgadura", donde aguarda la señora de la casa. 

La reflexión de Zabaleta sobre esta disposición es aguda: "¿Qué querrá la vanidad humana con esto? Hacernos creer que es cielo la casa de un poderoso poniéndonos muchos cielos de ostentación hasta llegar al cielo donde asiste". Y establece un paralelismo teológico: "Porque el cielo empíreo tiene diez cielos vacíos delante, hace en su casa piezas como cielos que no sirvan más que de tránsito. ¡Culpable soberbia!". 

Los personajes del estrado


 

Como en un teatro, las visitas van llegando y ocupando su lugar. Zabaleta las retrata con pluma implacable, y cada una de ellas nos ofrece pistas sobre la indumentaria y las costumbres de la época. 

La primera en llegar es la viuda. "Llega con un luto de tan buena tela y de tan buen corte, que sin la toca fuera gala: por la toca es luto. Ésta es tan delgada, tan transparente y tan ligera, que por estar prendida no se la lleva el aire". La crítica es inmediata: "Muy poco luto trae quien trae esta toca. Los sentimientos son muy desaliñados: quien trae luto pulido, muy poco sentimiento tiene". La viuda, sugiere Zabaleta, no llora al marido muerto, sino que anuncia su disponibilidad: "parece que traen la toca no por dolor, sino por letrero que dice: 'Esta mujer se quiere casar: quien la quisiere acuda a quien la pueda hablar'". 

Luego aparece una mujer principal "con todos los requisitos de su estado". Su rasgo distintivo: "hace gala de ser enfermiza: nunca está buena; la mejor nueva que da de sí es que está mejor". Y un detalle precioso para nuestra investigación: "Lleva dos parchecitos negros en las sienes, tan pequeños que pueden servir de puntos en la ortografía". Los parches o "chinos" eran un adorno de moda, pero Zabaleta, siempre crítico, se pregunta: "si son medicamento, ¿qué facultad puede tener cantidad tan poca? Y si son mentira, ¿para qué son?". 

Llegan después una mujer mayor cuyo marido está en Indias, y su hija doncella. Esta última presenta una característica que preocupaba mucho a los moralistas: "opilada, tan sin color como si no viviera. Nadie juzgara que salía del coche para la visita, sino para la sepultura. Comía esta doncella barro. ¡Linda golosina!". La práctica de comer barro o tierra —búcaros— era común entre las mujeres de la época, y Zabaleta la interpreta como un pecado más: "De la manera que la tierra enturbia el agua enturbia el color puro de un rostro la tierra comida. Mucha gana parece que tiene de pecar la que come barro". 

No podía faltar la vana, esposa de un hombre "de buena calidad, aunque poco hacendado". Llega en una silla deslucida, sostenida por un escudero cuyo vestido "se tenía con harta dificultad", y calza zapatos "revividos con humo de pez, pero tan delicados, que se iban deshaciendo como si fueran de humo". Pasa entre los gentileshombres "como si no pasara, tan derecha como si no los viera", y critica la tapicería ajena para ensalzar la suya —que no existe—: "Mayores son estas figuras, pero es mejor el dibujo de la mía, y la estofa más amena". Zabaleta sentencia: "Los desvanecidos son descorteses porque los tengan en más; y porque lo son los tienen en menos". 

Finalmente, hace su entrada una mujer "de mucho punto, pero muy despejada". Es la más moderna, la que conoce las nuevas modas. "Entraba hablando apaciblemente a los que el paso le ofrecían, diciendo con donaire lo que se le ofrecía a las cosas que miraba". Y en lugar de ocupar una almohada en el estrado, "se sentó, sin almohada, en medio de la alfombra, junto a un braserillo". Su desenfado provoca el comentario de Zabaleta: "El encogimiento en los hombres ni es culpable ni es loable... en las mujeres es preciso. La mujer, en fin, ha de ser encogida. Con casi la soledad de su casa ha de estar en la calle: con mirar poco y hablar menos casi estará sola". 

La conversación: modas y lenguajes 



Una vez reunidas, la conversación gira, cómo no, hacia las galas y los aliños. Y aquí Zabaleta nos regala un diálogo impagable sobre el lenguaje de la moda. La "despejada" lleva en el cabello "sola una lazada de colonia blanca". La viuda, más tradicional, la reprende: "¿Qué desaliño es ése, amiga? ¿Una sola lazada en el cabello?". 

La respuesta de la despejada es toda una lección de historia de la moda: "¡Ay señoras de mi alma —dijo ella—, que habla nuestra amiga en la lengua de antaño! Ésta ya no se llama 'lazada', sino 'estrella de Venus'. Y es nombre muy proprio, porque como aquella estrella es la primera que sale y la primera que se quita, esta cinta es lo primero que una mujer se pone en dándose dos peinadas y lo postrero que se quita para acostarse". 

No contenta con esto, la despejada informa de otra novedad terminológica: la guedeja izquierda, donde se colocaban los adornos, se llama ahora "jardín". La enfermiza, que quiere estar al día, pero no puede por sus supuestos dolores, se lamenta: si no ve su marido el cabello muy aliñado, "no nos podamos averiguar con él". 

La vieja, más prosaica, cuenta su experiencia con un mercader que, para cobrar más, llamaba "color de aurora" a lo que siempre había sido encarnado claro. Y la viuda apostilla: "Bueno es —dijo la viuda—, que las galas tengan hasta el nombre hermoso". 

Pero la palma se la lleva la vana, que presume de un corte de "camelote de aguas de color de vinagre torcido". Ante la perplejidad general, la despejada aclara: "vinagre torcido llaman a un borracho, porque el vino que lleva en el estómago está hecho vinagre, y él lleva el cuerpo torcido, como le falta el gobierno de la razón". Y la vana remata: "Este color es un leonadillo deslavado, a manera de vinagre turbio, honesto con mucha gracia". El sastre, por supuesto, "sabe más que las cucarachas". 

El barro y sus peligros


 

Mientras las damas conversan, la doncella opilada no puede resistir la tentación. Los casquillos del búcaro roto —un "barro de Natán", probablemente una pieza de cerámica fina— siguen en el bufetillo. "Agarró ladronamente dos o tres casquillos, metiolos en la estufilla, y llevándola hacia la nariz con la una mano, como a sacarle el frío, con la otra disimuladamente llegó un casquillo de búcaro a la boca y mordiole". 

La escena es reveladora: la joven esconde los fragmentos en el manguito (la "estufilla") y simula que lo acerca a la nariz para disimular el gesto de llevar el barro a la boca. Pero es descubierta. La viuda la reprende, la madre amenaza con casarla "con el primero que pase por la calle", y la despejada sentencia con ironía: "Muchacha: ¿el barro do fuiste hecha comes? ¿No ves que es incesto en la golosina?". 

La vana, incapaz de quedarse al margen, confiesa que ella también tuvo ese vicio, "pero con más disculpa, porque hacía unas pastillas de barro con azúcar y mucho almizcle". Su primo —así llama a su marido para aparentar mayor alcurnia— la ha reñido y ha dejado la costumbre. Zabaleta apostilla: "A esta mujer la hacía la vanidad hipócrita de los vicios: la tacha que no tenía se la aplicaba por ser, aun en lo malo, más que los otros". 

El rito del chocolate 

La conversación se interrumpe con la llegada del chocolate. "A esta manera de merienda, porque le viene largo el nombre, le llaman 'agasajo'". Las doncellas lo sirven arrodilladas, costumbre que indigna a Zabaleta: "Disminuidas aquellas criadas en la tercia parte de su estatura —de rodillas digo—, se confesaban todo aquello menores que la mujer a quien servían". 

Esta práctica, que imitaba el tratamiento debido a Dios y a los reyes, le parece al moralista una "desenfrenada soberbia". Y establece un símil curioso: el cinocéfalo, un animal de Etiopía que adora a la luna menguante porque le da luz para su sustento. Así, dice, las criadas "adoran" a sus señoras por una miserable comida. Pero, añade, "quien las sustenta es Dios, porque lo que ellas les dan no basta". 

Y aquí intercala Zabaleta un cuento ejemplar: el de un capitán de caballos, "castellano viejo, hombre valentonazo, sumamente colérico y muy sencillo", que contrata a una criada. Cuando ella pide el salario habitual (diez y seis reales y catorce cuartos de ración), él la llama ladrona y le demuestra que es imposible vivir con eso. Le ofrece tres reales y medio diarios, ella acepta, y cuando el capitán, temiendo que le traiga "sombras" (amantes), la abofetea sin motivo, la criada no huye, sino que se queda a su servicio hasta la muerte de él. La moraleja: lo justo es pagar lo suficiente para que el criado pueda comer, no para que muera de hambre. 

La murmuración final


 

El chocolate da paso al elogio de cada cual del suyo. La vana, por supuesto, dice que el suyo se hizo en un convento de monjas de Guaxaca para la Reina, y que su "primo" lo consiguió por medios extraños. La enfermiza, por su parte, revela que su marido envía el mejor chocolate a su dama y la deja a ella con miel rosada. Los celos afloran, y con ellos, las quejas contra el marido. 

La conversación deriva hacia una amiga ausente. La viuda insinúa que su marido ha sospechado algo, la despejada defiende a la amiga y arremete contra la alcurnia del marido ("Mi padre conoció a su abuelo, y dice lo que ellos son"), y la viuda, so capa de hacer justicia, termina diciendo "cosas de la mujer que eran para taparse los oídos". 

La dueña de la casa, para aliviar el mal rato, ofrece hipocrás (vino especiado). Lo beben, y la murmuración prosigue "hasta que se despidieron". Zabaleta cierra el capítulo con una fábula sobre el pez púrpura, que con su dura lengua atraviesa las conchas de otros peces para chuparles la sustancia. "Estas mujeres —concluye—, con la dureza de su lengua desarmaron la bien fortalecida honra de la mujer ausente. Agotáronle la fama sin más fruto que regalar con ellas la lengua". 

El estrado como microcosmos 



Lo que Zabaleta nos ofrece, sin pretenderlo, es una etnografía del espacio femenino por excelencia en el Siglo de Oro. El estrado era mucho más que una sala: era el territorio de las mujeres, donde ejercían su sociabilidad, administraban su imagen y construían —o destruían— reputaciones. Era también el escaparate del lujo doméstico, donde se exhibían tapices flamencos, alfombras turcas, escritorios de ébano y marfil, y toda esa "infinidad de menudencias costosas" que, como dice Zabaleta, "ni abrigan ni refrescan, que embarazan y no adornan, que no son buenas para empeñadas, sino para empeñarse". 

Para el historiador del vestido, el texto es una mina de información: desde los parches negros en las sienes hasta la "estrella de Venus" en el cabello, desde los zapatos "revividos con humo de pez" hasta los mantos de humo, desde los búcaros que se comen las doncellas hasta el chocolate que se sirve de rodillas. Todo ello compone un fresco vivísimo de la cultura material y las prácticas sociales de la España de Felipe IV. 

Zabaleta, como siempre, concluye con una moraleja: "Señoras: no es la santa tarde del día de fiesta para los vicios aquí representados, sino para cesar en los vicios. Para interrumpirlos hizo Dios el día de fiesta, porque dejándolos tan a menudo se desacostumbren y olviden". Pero nosotros, lectores del siglo XXI, podemos permitirnos ignorar la moraleja y quedarnos con la fiesta: con ese desfile de damas, criadas, búcaros, hipocrás y murmuración que constituye, para nuestra delicia, la vida cotidiana del Siglo de Oro. 

Pedrete Trigos, El Aprendiz de Sastre 

 

Fuentes y referencias: 

  • Zabaleta, Juan de. El día de fiesta por la tarde. Hacia 1660. Capítulo: "El estrado". 

  • Deleito y Piñuela, José. La mujer, la casa y la moda en la España del Rey Poeta. Madrid: Espasa-Calpe, 1946. 

  • Herrero García, Miguel. Estudios sobre indumentaria española en la España de los Austrias. Madrid: CEEH, 2014. 

  • Vigil, Mariló. La vida de las mujeres en los siglos XVI y XVII. Madrid: Siglo XXI, 1986. 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Capítulo 5: "Monstruosidades postizas y ríos de oro": Vistiendo a la Dama del Siglo XVII según Juan de Zabaleta

 

Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

Imagina una mañana en el Madrid del siglo XVII. Una dama noble se despierta. No es un día cualquiera, es domingo o fiesta de guardar. Y para ella, como bien dice el escritor Juan de Zabaleta, es "verdaderamente de holgar, porque ha de salir a ser vista" [Zabaleta, El día de fiesta por la mañana, cap. II]. Lo que sigue es un ritual fascinante que este moralista del Siglo de Oro describe con pluma satírica, pero con tal minuciosidad que, sin pretenderlo, nos lega uno de los documentos más valiosos para entender la indumentaria femenina de la corte de Felipe IV. 

Juan de Zabaleta (c. 1610-1670) fue cronista real y escritor, y su obra El día de fiesta por la mañana (1654) —a la que seguiría por la tarde hacia 1660— se concibe como un libro "esencialmente didáctico, donde el cuadro satírico de costumbres se hipertrofia con el fin de hacer más clara y amena la lección moral". Sin embargo, al "otorgar sustantividad a la descripción de tipos, usos y costumbres", Zabaleta se convierte, a los ojos de la historia del vestido, en un cronista involuntario de la moda de su tiempo. Acompáñame a reconstruir, paso a paso, el proceso de vestimenta de una dama del Siglo de Oro a través de sus ojos críticos pero agudos. 

El rito inicial: el rostro como lienzo


 

La dama no comienza vistiéndose, sino desnudándose de su propia piel. Zabaleta nos sitúa en la intimidad del tocador: "Entrase en el tocador a medio vestir, engólfase en el peinador, pone a su lado derecho la arquilla de los medicamentos de la hermosura y empieza a mejorarse el rostro con ellos" [Zabaleta, cap. II]. Esa "arquilla" contenía los afeites, el maquillaje de la época: albayalde (carbonato básico de plomo) para lograr una tez "más blanca que la nieve", bermellón o carmín para las mejillas "como de rosa" y labios "como de coral" [Zabaleta, cap. II]. 

El moralista se escandaliza ante lo que considera un engaño: "Esta mujer no considera que si Dios gustara que fuera como ella se pinta Él la hubiera pintado primero" [Zabaleta, cap. II]. Pero su descripción nos revela que el maquillaje era práctica común y elaborada, el primer paso para construir esa apariencia estudiada que la sociedad cortesana exigía. La preocupación por el "parecer" comenzaba en la propia piel, ocultando lo que Zabaleta llama, con crudeza, "un pellejo de color de sombra, unos ojos sin cejas, unas mejillas sin sangre" [Zabaleta, cap. II]. Para el historiador del vestido, esta crítica es la prueba de que el artificio era la norma, no la excepción. 

La arquitectura de la silueta: el guardainfante


 

Tras el rostro, viene la estructura. Y aquí Zabaleta encuentra su mayor objeto de escarnio: "Esto hecho, se pone el guardainfante. Este es el desatino más torpe en que el ansia de parecer bien ha caído" [Zabaleta, cap. II]. ¿Qué era el guardainfante? Una estructura de aros —de metal, ballena o cuerda— que se colocaba sobre las enaguas para crear esa silueta acampanada y voluminosa que caracteriza la moda española del siglo XVII. 

La reacción de Zabaleta es visceral: "Ponerse postizo un defecto, ¿puédelo hacer sino quien está sin juicio? (...) ¿qué juzgaran los hombres de las mujeres que se ponen una monstruosidad postiza?" [Zabaleta, cap. II]. Lo que él considera "hinchazón contrahecha" era, en realidad, la prenda que definía la silueta femenina de la época. Como podemos observar en retratos de la década de 1660, como el de Doña Inés de Zúñiga, condesa de Monterrey pintado por Juan Carreño de Miranda, el guardainfante alcanzaba "grandes proporciones" y se combinaba con "mangas abultadas" y "hombros descubiertos". Lejos de ser un "defecto", era el epítome de la elegancia cortesana. 

Capas de seda y oro: pollera y basquiña 



Sobre esa estructura arquitectónica se superponían las faldas. Primero, "échase sobre el guardainfante una pollera con unos ríos de oro por guarniciones" [Zabaleta, cap. II]. La pollera era una falda —quizá interior— ricamente adornada. Sobre ella, "pónese sobre la pollera una basquiña con tanto ruedo, que colgada podía servir de pabellón" [Zabaleta, cap. II]. La basquiña era la falda exterior, y la comparación con un pabellón (tienda de campaña) nos habla del enorme vuelo que permitía el guardainfante. 

Zabaleta, siempre moralizante, aprovecha para ironizar: "A las plazas fuertes las guarnecen mucho porque no se rindan, y las mujeres por la mayor parte se guarnecen mucho para rendirse" [Zabaleta, cap. II]. Pero el dato relevante para nosotros es esos "ríos de oro". El lujo no residía solo en el volumen, sino en los materiales: las guarniciones de oro, los bordados, los tejidos ricos eran una declaración de poder económico. Vestir era llevar el patrimonio encima. 

El torso como coraza: el jubón emballenado


 

Llegamos a una de las prendas más características: el jubón. "Entra luego por detrás en un jubón emballenado y queda como con un peto fuerte" [Zabaleta, cap. II]. Que esté "emballenado" significa que lleva varillas de ballena cosidas en su interior para mantener el torso erguido, rígido, con forma cónica. La imagen es poderosa: "Estas señoras nos podrán decir lo que le pasó a Jonás en el vientre de la ballena, pues andan en una ballena todo el día" [Zabaleta, cap. II]. El "peto fuerte" evoca una coraza, y no es casual: la rigidez del jubón español contrastaba con la mayor fluidez de la moda francesa que se impondría después, y respondía a un ideal de contención y majestad. 

Pero lo fascinante es el contraste entre esa rigidez y lo que Zabaleta denuncia a continuación: "los jubones se escotan de suerte que traen los hombros fuera de los jubones. Mucho debe de pesarles la honestidad, pues no la pueden traer al hombro. De los pechos, les ven los hombres la parte que basta para no tener quietud en el pecho" [Zabaleta, cap. II]. La moral rígida convivía con una moda que exhibía el escote y los hombros. Las mangas, dice, son "abiertas en forma de barco" y dejan ver la camisa que se trasluce [Zabaleta, cap. II]. Esta combinación de rigor estructural en el torso y audacia en el escote define la silueta femenina del pleno siglo XVII. 

El remate: valona, joyas y el "manto de humo"


 

Completa la dama su atuendo con los elementos que dan el toque final. Primero, "llega la valona cariñana, que es como una muceta, con más labores que si fuera labrada en la China" [Zabaleta, cap. II]. La valona era un cuello amplio de tejido fino que sustituyó a las aparatosas lechuguillas en el reinado de Felipe IV. El modelo femenino llamado "valona cariñana" debe su nombre a María de Borbón-Soissons, princesa de Carignan, que lo puso de moda en Madrid. Consistía en "un gran cuello de encaje que dejaba al descubierto la garganta hasta el nacimiento del pecho", lo que explica que Zabaleta añada inmediatamente: "Corre luego desde la garganta por encima de la valona un chorro de oro y perlas". Las joyas no eran un adorno más, sino un símbolo de rango. 

Y finalmente, el último velo antes de salir al mundo: "Pónele una criada el manto de humo: ella queda como sin manto, tan en cuerpo se está como se estaba, y de aquella manera quiere ir a la calle como si fuera a otro cuarto de su casa" [Zabaleta, cap. II]. El manto de humo era una prenda fascinante: un manto negro y transparente de seda, de grandes dimensiones, que las mujeres llevaban en señal de luto o simplemente para cubrirse al salir. Zabaleta lo llama "humo" por su sutileza —no ocultaba la silueta— y porque, metafóricamente, "por su naturaleza hace llorar a todos" [Zabaleta, cap. II]. Es el equilibrio perfecto entre mostrarse y ocultarse, entre la presencia pública y el recato teórico. 

El vestido como teatro social 



Para Zabaleta, todo este proceso no es sino un "engaño" y una fuente de "infinitos males": la dama pierde el tiempo, ofende a Dios y, lo más grave, "es incendiaria de los templos de Dios", porque enciende "fuego" en los corazones de los hombres [Zabaleta, cap. II]. Pero para nosotros, los historiadores del vestido, este texto es un tesoro. En él encontramos la confirmación de la complejidad del atuendo femenino del Siglo de Oro, la función de cada prenda en la construcción de una silueta inconfundible, y la tensión entre la rigidez moral predicada y la audacia de la moda practicada. 

Vestirse para una dama del siglo XVII no era un acto íntimo, sino una performance social. Cada capa, desde el afeite hasta el manto, tenía una función: construir una imagen de poder, estatus y belleza dentro de las estrictas reglas de la corte. El texto de Zabaleta, sin pretenderlo, nos regala el mejor de los manuales para entender esa construcción. ¿Era la dama una víctima de la moda o una estratega de su propia imagen? ¿Hasta qué punto el "artificio" que él critica no es, en realidad, la esencia misma de la moda de todas las épocas? Son preguntas que este fascinante retrato del Madrid del Seiscientos nos invita a seguir explorando. 

Pedrete Trigos, El Aprendiz de Sastre 

 

Fuentes y referencias: 

  • Zabaleta, Juan de. El día de fiesta por la mañana. 1654. Capítulo II: "La dama". 

  • Herrero García, Miguel. Estudios sobre indumentaria española en la España de los Austrias. Madrid: CEEH, 2014. 

  • Diego y González, J. Natividad de. Compendio de indumentaria española. Ed. facsímil de 1915. Valladolid: Maxtor, 2011. 

  • Museo Picasso de Barcelona. "Retrato de Doña Inés de Zúñiga, condesa de Monterrey". Olvidando a Velázquez. Las Meninas.