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viernes, 13 de febrero de 2026

El estrado: el reino de las damas en el Siglo de Oro

 

"La comunicación es el alma de la amistad: con ella vive, sin ella muere". Con esta sentencia abre Juan de Zabaleta el capítulo dedicado al estrado en su El día de fiesta por la tarde (hacia 1660). Y es que, en la sociedad del Siglo de Oro, la visita era un rito sagrado, y el estrado, su templo. Este espacio, exclusivamente femenino, era el corazón de la casa noble, el lugar donde las damas tejían alianzas, desplegaban su poderío y, por supuesto, ejercitaban el arte de la conversación —y de la murmuración. 

Para el historiador del vestido, el estrado tiene un interés capital: era el escaparate donde se exhibían no solo los ricos tejidos que vestían las damas, sino también el lujo doméstico que atesoraban las familias. Tapices, alfombras, escritorios, braseros y toda suerte de "menudencias costosas" formaban el decorado de esta peculiar escena social. Zabaleta, con su mirada agria pero certera, nos guía por este laberinto de vanidades. 

El laberinto de la ostentación 



La dama que recibe visitas no habita en una casa cualquiera. Su vivienda es un universo estratificado que refleja, en su misma disposición, la jerarquía social. Zabaleta describe el itinerario de la visitante con precisión casi arquitectónica: 

"Empieza, pues, a entrar y llega a un recibimiento con unos escaños y unos cajones. Pasa desde aquí a una pieza cuyas paredes cubren unas pinturas, que son traslados, y cuyas márgenes ocupan unas sillas que no son nuevas. Entra luego en una sala que recibe la luz por cristales que están dando luz a la vivísima y hermosísima representación que hace una tapicería flamenca". 

Esta progresión no es casual. Cada estancia es más rica que la anterior, preparando a la visitante para el clímax final: el estrado propiamente dicho. En la primera sala, con tapicería flamenca, encontramos "el primer estrado: almohadas y sillas de terciopelo carmesí, una alfombra turca, tan grande y tan varia, que parece el suelo de un jardín grande. En medio de ella un brasero de plata, sin lumbre, que entre sus flores y cuadros más parece fuente que brasero". Pero este, advierte Zabaleta, "no sirve de más que de dar a entender que sobra". Es la antesala de la verdadera riqueza. 

La segunda estancia es aún más suntuosa: "una cuadra a quien sirven de colgadura unas escarlatas, cortadas a espacios iguales y convenientes, con puntas de oro de dos cabezas, almohadas de lo mismo, con la misma guarnición, sillas de vaqueta, a cuyos clavos sirven de cabezas pavones dorados. La alfombra, de Tiro, de cuyos hilos salían claveles; un brasero en ella, con la caja de ébano y marfil, lleno de erraj encendido, tan grande, que se juzgaba estanque de rescoldo". Los escritorios de "preciosa materia" y las "vivas estatuas de madera" completan el cuadro. 

Aquí Zabaleta no puede contener su sarcasmo: "Estas son unas alhajas que ni abrigan ni refrescan, que embarazan y no adornan, que no son buenas para empeñadas, sino para empeñarse: espectáculo que da vergüenza a los ojos de buen juicio". Pero para la historiadora del vestido y la cultura material, estos objetos son precisamente los que hablan del lujo y las aspiraciones de la época. El "estrado del cumplimiento" da paso, finalmente, al "estrado del cariño": el aposento de dormir, con su cama y su estrado "como la colgadura", donde aguarda la señora de la casa. 

La reflexión de Zabaleta sobre esta disposición es aguda: "¿Qué querrá la vanidad humana con esto? Hacernos creer que es cielo la casa de un poderoso poniéndonos muchos cielos de ostentación hasta llegar al cielo donde asiste". Y establece un paralelismo teológico: "Porque el cielo empíreo tiene diez cielos vacíos delante, hace en su casa piezas como cielos que no sirvan más que de tránsito. ¡Culpable soberbia!". 

Los personajes del estrado


 

Como en un teatro, las visitas van llegando y ocupando su lugar. Zabaleta las retrata con pluma implacable, y cada una de ellas nos ofrece pistas sobre la indumentaria y las costumbres de la época. 

La primera en llegar es la viuda. "Llega con un luto de tan buena tela y de tan buen corte, que sin la toca fuera gala: por la toca es luto. Ésta es tan delgada, tan transparente y tan ligera, que por estar prendida no se la lleva el aire". La crítica es inmediata: "Muy poco luto trae quien trae esta toca. Los sentimientos son muy desaliñados: quien trae luto pulido, muy poco sentimiento tiene". La viuda, sugiere Zabaleta, no llora al marido muerto, sino que anuncia su disponibilidad: "parece que traen la toca no por dolor, sino por letrero que dice: 'Esta mujer se quiere casar: quien la quisiere acuda a quien la pueda hablar'". 

Luego aparece una mujer principal "con todos los requisitos de su estado". Su rasgo distintivo: "hace gala de ser enfermiza: nunca está buena; la mejor nueva que da de sí es que está mejor". Y un detalle precioso para nuestra investigación: "Lleva dos parchecitos negros en las sienes, tan pequeños que pueden servir de puntos en la ortografía". Los parches o "chinos" eran un adorno de moda, pero Zabaleta, siempre crítico, se pregunta: "si son medicamento, ¿qué facultad puede tener cantidad tan poca? Y si son mentira, ¿para qué son?". 

Llegan después una mujer mayor cuyo marido está en Indias, y su hija doncella. Esta última presenta una característica que preocupaba mucho a los moralistas: "opilada, tan sin color como si no viviera. Nadie juzgara que salía del coche para la visita, sino para la sepultura. Comía esta doncella barro. ¡Linda golosina!". La práctica de comer barro o tierra —búcaros— era común entre las mujeres de la época, y Zabaleta la interpreta como un pecado más: "De la manera que la tierra enturbia el agua enturbia el color puro de un rostro la tierra comida. Mucha gana parece que tiene de pecar la que come barro". 

No podía faltar la vana, esposa de un hombre "de buena calidad, aunque poco hacendado". Llega en una silla deslucida, sostenida por un escudero cuyo vestido "se tenía con harta dificultad", y calza zapatos "revividos con humo de pez, pero tan delicados, que se iban deshaciendo como si fueran de humo". Pasa entre los gentileshombres "como si no pasara, tan derecha como si no los viera", y critica la tapicería ajena para ensalzar la suya —que no existe—: "Mayores son estas figuras, pero es mejor el dibujo de la mía, y la estofa más amena". Zabaleta sentencia: "Los desvanecidos son descorteses porque los tengan en más; y porque lo son los tienen en menos". 

Finalmente, hace su entrada una mujer "de mucho punto, pero muy despejada". Es la más moderna, la que conoce las nuevas modas. "Entraba hablando apaciblemente a los que el paso le ofrecían, diciendo con donaire lo que se le ofrecía a las cosas que miraba". Y en lugar de ocupar una almohada en el estrado, "se sentó, sin almohada, en medio de la alfombra, junto a un braserillo". Su desenfado provoca el comentario de Zabaleta: "El encogimiento en los hombres ni es culpable ni es loable... en las mujeres es preciso. La mujer, en fin, ha de ser encogida. Con casi la soledad de su casa ha de estar en la calle: con mirar poco y hablar menos casi estará sola". 

La conversación: modas y lenguajes 



Una vez reunidas, la conversación gira, cómo no, hacia las galas y los aliños. Y aquí Zabaleta nos regala un diálogo impagable sobre el lenguaje de la moda. La "despejada" lleva en el cabello "sola una lazada de colonia blanca". La viuda, más tradicional, la reprende: "¿Qué desaliño es ése, amiga? ¿Una sola lazada en el cabello?". 

La respuesta de la despejada es toda una lección de historia de la moda: "¡Ay señoras de mi alma —dijo ella—, que habla nuestra amiga en la lengua de antaño! Ésta ya no se llama 'lazada', sino 'estrella de Venus'. Y es nombre muy proprio, porque como aquella estrella es la primera que sale y la primera que se quita, esta cinta es lo primero que una mujer se pone en dándose dos peinadas y lo postrero que se quita para acostarse". 

No contenta con esto, la despejada informa de otra novedad terminológica: la guedeja izquierda, donde se colocaban los adornos, se llama ahora "jardín". La enfermiza, que quiere estar al día, pero no puede por sus supuestos dolores, se lamenta: si no ve su marido el cabello muy aliñado, "no nos podamos averiguar con él". 

La vieja, más prosaica, cuenta su experiencia con un mercader que, para cobrar más, llamaba "color de aurora" a lo que siempre había sido encarnado claro. Y la viuda apostilla: "Bueno es —dijo la viuda—, que las galas tengan hasta el nombre hermoso". 

Pero la palma se la lleva la vana, que presume de un corte de "camelote de aguas de color de vinagre torcido". Ante la perplejidad general, la despejada aclara: "vinagre torcido llaman a un borracho, porque el vino que lleva en el estómago está hecho vinagre, y él lleva el cuerpo torcido, como le falta el gobierno de la razón". Y la vana remata: "Este color es un leonadillo deslavado, a manera de vinagre turbio, honesto con mucha gracia". El sastre, por supuesto, "sabe más que las cucarachas". 

El barro y sus peligros


 

Mientras las damas conversan, la doncella opilada no puede resistir la tentación. Los casquillos del búcaro roto —un "barro de Natán", probablemente una pieza de cerámica fina— siguen en el bufetillo. "Agarró ladronamente dos o tres casquillos, metiolos en la estufilla, y llevándola hacia la nariz con la una mano, como a sacarle el frío, con la otra disimuladamente llegó un casquillo de búcaro a la boca y mordiole". 

La escena es reveladora: la joven esconde los fragmentos en el manguito (la "estufilla") y simula que lo acerca a la nariz para disimular el gesto de llevar el barro a la boca. Pero es descubierta. La viuda la reprende, la madre amenaza con casarla "con el primero que pase por la calle", y la despejada sentencia con ironía: "Muchacha: ¿el barro do fuiste hecha comes? ¿No ves que es incesto en la golosina?". 

La vana, incapaz de quedarse al margen, confiesa que ella también tuvo ese vicio, "pero con más disculpa, porque hacía unas pastillas de barro con azúcar y mucho almizcle". Su primo —así llama a su marido para aparentar mayor alcurnia— la ha reñido y ha dejado la costumbre. Zabaleta apostilla: "A esta mujer la hacía la vanidad hipócrita de los vicios: la tacha que no tenía se la aplicaba por ser, aun en lo malo, más que los otros". 

El rito del chocolate 

La conversación se interrumpe con la llegada del chocolate. "A esta manera de merienda, porque le viene largo el nombre, le llaman 'agasajo'". Las doncellas lo sirven arrodilladas, costumbre que indigna a Zabaleta: "Disminuidas aquellas criadas en la tercia parte de su estatura —de rodillas digo—, se confesaban todo aquello menores que la mujer a quien servían". 

Esta práctica, que imitaba el tratamiento debido a Dios y a los reyes, le parece al moralista una "desenfrenada soberbia". Y establece un símil curioso: el cinocéfalo, un animal de Etiopía que adora a la luna menguante porque le da luz para su sustento. Así, dice, las criadas "adoran" a sus señoras por una miserable comida. Pero, añade, "quien las sustenta es Dios, porque lo que ellas les dan no basta". 

Y aquí intercala Zabaleta un cuento ejemplar: el de un capitán de caballos, "castellano viejo, hombre valentonazo, sumamente colérico y muy sencillo", que contrata a una criada. Cuando ella pide el salario habitual (diez y seis reales y catorce cuartos de ración), él la llama ladrona y le demuestra que es imposible vivir con eso. Le ofrece tres reales y medio diarios, ella acepta, y cuando el capitán, temiendo que le traiga "sombras" (amantes), la abofetea sin motivo, la criada no huye, sino que se queda a su servicio hasta la muerte de él. La moraleja: lo justo es pagar lo suficiente para que el criado pueda comer, no para que muera de hambre. 

La murmuración final


 

El chocolate da paso al elogio de cada cual del suyo. La vana, por supuesto, dice que el suyo se hizo en un convento de monjas de Guaxaca para la Reina, y que su "primo" lo consiguió por medios extraños. La enfermiza, por su parte, revela que su marido envía el mejor chocolate a su dama y la deja a ella con miel rosada. Los celos afloran, y con ellos, las quejas contra el marido. 

La conversación deriva hacia una amiga ausente. La viuda insinúa que su marido ha sospechado algo, la despejada defiende a la amiga y arremete contra la alcurnia del marido ("Mi padre conoció a su abuelo, y dice lo que ellos son"), y la viuda, so capa de hacer justicia, termina diciendo "cosas de la mujer que eran para taparse los oídos". 

La dueña de la casa, para aliviar el mal rato, ofrece hipocrás (vino especiado). Lo beben, y la murmuración prosigue "hasta que se despidieron". Zabaleta cierra el capítulo con una fábula sobre el pez púrpura, que con su dura lengua atraviesa las conchas de otros peces para chuparles la sustancia. "Estas mujeres —concluye—, con la dureza de su lengua desarmaron la bien fortalecida honra de la mujer ausente. Agotáronle la fama sin más fruto que regalar con ellas la lengua". 

El estrado como microcosmos 



Lo que Zabaleta nos ofrece, sin pretenderlo, es una etnografía del espacio femenino por excelencia en el Siglo de Oro. El estrado era mucho más que una sala: era el territorio de las mujeres, donde ejercían su sociabilidad, administraban su imagen y construían —o destruían— reputaciones. Era también el escaparate del lujo doméstico, donde se exhibían tapices flamencos, alfombras turcas, escritorios de ébano y marfil, y toda esa "infinidad de menudencias costosas" que, como dice Zabaleta, "ni abrigan ni refrescan, que embarazan y no adornan, que no son buenas para empeñadas, sino para empeñarse". 

Para el historiador del vestido, el texto es una mina de información: desde los parches negros en las sienes hasta la "estrella de Venus" en el cabello, desde los zapatos "revividos con humo de pez" hasta los mantos de humo, desde los búcaros que se comen las doncellas hasta el chocolate que se sirve de rodillas. Todo ello compone un fresco vivísimo de la cultura material y las prácticas sociales de la España de Felipe IV. 

Zabaleta, como siempre, concluye con una moraleja: "Señoras: no es la santa tarde del día de fiesta para los vicios aquí representados, sino para cesar en los vicios. Para interrumpirlos hizo Dios el día de fiesta, porque dejándolos tan a menudo se desacostumbren y olviden". Pero nosotros, lectores del siglo XXI, podemos permitirnos ignorar la moraleja y quedarnos con la fiesta: con ese desfile de damas, criadas, búcaros, hipocrás y murmuración que constituye, para nuestra delicia, la vida cotidiana del Siglo de Oro. 

El Caballero Metabólico 

 

Fuentes y referencias: 

  • Zabaleta, Juan de. El día de fiesta por la tarde. Hacia 1660. Capítulo: "El estrado". 

  • Deleito y Piñuela, José. La mujer, la casa y la moda en la España del Rey Poeta. Madrid: Espasa-Calpe, 1946. 

  • Herrero García, Miguel. Estudios sobre indumentaria española en la España de los Austrias. Madrid: CEEH, 2014. 

  • Vigil, Mariló. La vida de las mujeres en los siglos XVI y XVII. Madrid: Siglo XXI, 1986. 

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