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viernes, 9 de enero de 2026

De armarios y archivos: una carta de reapertura


Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de-sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

Hay un momento en la vida de todo diletante en el que la curiosidad deja de ser un pasatiempo y se convierte en una pesquisa. Para mí, ese momento llegó muy pronto, en la adolescencia, empujado por una pregunta aparentemente sencilla que no encontraba respuesta en los libros de texto: ¿cómo se vestía realmente la gente? 

No hablo de reyes en retratos ecuestres o santas en cuadros de altar, sino de esas personas anónimas que poblaban las calles, los campos, los mercados y las novelas que devoraba. ¿Qué tejidos sentían contra la piel? ¿Cómo se movían con esos volúmenes imposibles? ¿Qué decían de ellos, sin hablar, cada pliegue y cada costura? ¿Usaban bragas...? 

Mi búsqueda comenzó en un desierto. En España, la historia del vestido ha sido durante décadas una disciplina discreta, casi secreta. Los manuales al uso la mencionaban de pasada, como un aderezo anecdótico a la "Historia con mayúsculas". Los tesoros existían, pero estaban guardados bajo llave: los maravillosos, fundamentales y ya descatalogados libros de Carmen Bernis se convertían en objetos de culto, perseguidos en librerías de viejo a precios de reliquia bizantina. Aprender era un acto de arqueología: desenterrar una tesis universitaria fotocopiada, un artículo en una revista especializada, la fugaz mención en una novela del Siglo de Oro, las caras a cuadros de las dependientes de EL Corte Inglés cuando les pedía libros de historia del vestido en la década de los 90. La información era un mosaico del que faltaban casi todas las teselas. 

Luego llegó internet. Y con él, la gran revolución ambivalente. De repente, el mundo se abría. Podía consultar desde casa la Biblioteca Digital Hispánica, hojear catálogos de museos extranjeros, acceder a repositorios de universidades y encontrar, por fin, a otros locos como yo en foros ya desaparecidos. Fue una liberación. ¡Qué overdose! 

Pero pronto apareció el doble filo. La red que traía los archivos también traía el ruido. El mismo gesto que me permitía estudiar un grabado de la Colección de Trajes de 1777, me exponía a un aluvión de anacronismos, clichés y presentismo disfrazado de historia. Vi cómo se repetían como certezas los mitos más obstinados, cómo se vestía a personajes del XVIII con ropajes del XIX por un "quedaba más bonito", cómo se convertía la complejidad social de la indumentaria en un cuadro costumbrista simplificado y acrítico. La facilidad de publicar había difuminado, peligrosamente, la línea entre la afición y el rigor. 

Fue en ese cruce de caminos —entre la escasez de antaño y la infoxicación del presente— donde nació, hace años, "El Aprendiz de Sastre". No surgió de la soberbia de saber, sino de la humildad de quien busca y de las ganas fervientes de compartir el mapa que uno va dibujando a tientasImaginaba que, en algún lugar, alguien con mimismas preguntas y mis mismas frustraciones, diera por casualidad con este rincón y encontrara, por fin, una pista fiable. Que sintiera el mismo alivio y la misma emoción que yo sentía al descubrir un dato preciso tras años de búsqueda. Ese era, y sigue siendo, el único propósito. 

Durante un tiempo, la vida alejó los dedos del teclado. Pero la pesquisa nunca se detuvo. He seguido leyendo, visitando archivos, impartiendo charlas en yacimientos arqueológicos —intentando que la historia cobre vida, textura y olor para quienes la escuchan— y tejiendo conexiones entre hilos, leyes, cuadros y cuentas comerciales. 

Este año, he decidido tomármelo como un sabático. No para alejarme, sino para sumergirme de lleno. Para dedicarme al estudio, a la investigación pausada, a seguir el hilo de la seda desde los telares de Valencia hasta los decretos de la Corona, y a reconstruir, puntada a puntada, un relato más preciso. 

Y quiero que "El Aprendiz de Sastre" sea el cuaderno de bitácora de ese viaje. Este espacio reabre sus puertas no para dar lecciones, sino para abrir el taller. Para compartir hallazgos, plantear dudas, desmontar tópicos y, sobre todo, para construir con ustedes un archivo común más fiable y accesible. Porque la historia del vestido no es la historia de la moda caprichosa, sino la historia social escrita en tela: un lenguaje de poder, de identidad, de economía y de resistencias íntimas que merece ser leído con el mismo rigor que un tratado de política. 

Les doy la bienvenida (o la re-bienvenida) a este rincón. Pasen, cojan la tijera, el dedal o simplemente un asiento. Aquí hay mucha tela por cortar, y el mejor hilo es el que se comparte. 

Pedrete Trigos, El Aprendiz de Sastre 

1 comentario:

  1. Pues aquí estoy yo pasando lista. No sabes lo agradecida que estoy por esta reapertura porque, así como a ti te fascina el tema, yo estoy más que dispuesta que aprender de tu mano porque, a mi, no me fascina menos y estoy dispuesta a pasarme por acá para leerte y aprender. Dispuesta estoy de acompañarte en la aventura y de comentarte todo lo comentable (y hasta más, si se puede). Así pues, ¡feliz jornada y mucho más feliz destino!

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