Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia:
Existe una idea engañosa, heredada de un relato demasiado lineal, que nos presenta la historia de la moda como una sucesión de estilos que se reemplazan unos a otros: el Gótico barre al Románico, el Rococó al Barroco. Pero quien mira con detenimiento el siglo XVIII español descubre algo mucho más rico y humano: una convivencia tensa, negociada y creativa entre dos códigos de elegancia. En ningún momento esto fue más evidente que en el surgimiento del traje nacional femenino: un conjunto compuesto por la basquiña, el jubón y la mantilla que, lejos de anular la moda francesa, estableció con ella un diálogo constante en la vida de las mujeres.
Para comprender este fenómeno, debemos desterrar la idea de una "invención" repentina. La basquiña, por ejemplo, era una falda conocida desde siglos atrás. Su transformación en símbolo nacional se produjo cuando, hacia finales del siglo XVIII, se consolidó como una prenda de uso casi universal para salir a la calle, adoptando casi de forma exclusiva el color negro y combinándose de manera fija con el jubón (una chaqueta ceñida) y la mantilla. Este trío no fue creado por decreto, sino cristalizado por la costumbre, convirtiéndose en el atuendo que los viajeros extranjeros identificaban inmediatamente como "español".
La verdadera clave para entender este traje no está solo en sus piezas, sino en su uso contextual. En la España borbónica, las mujeres de la élite vivían una auténtica dualidad vestimentaria, perfectamente descrita por la historiadora Bárbara Rosillo.
En el ámbito privado, en salones y tertulias, vestían "a la francesa": lucían casacas entalladas, escotes despejados cubiertos por pañuelos de seda (llamados "bobillos") y faldas ahuecadas con tontillos (la versión española del miriñaque francés). Era la elegancia cosmopolita, la conexión con las cortes europeas.
Sin embargo, al cruzar el umbral de sus casas para adentrarse en el espacio público, realizaban un ritual de transformación. Sobre toda esa indumentaria francesa se colocaban la basquiña negra y la mantilla. Esta prenda exterior, larga y solemne, actuaba como una segunda piel social. Su función no era estética, sino moral y de decoro: igualaba visualmente a las mujeres en la calle, ocultando la riqueza y las modas individuales bajo un manto de recato colectivo. Al volver a casa, se quitaban la basquiña y la mantilla, retomando su identidad francesa en la intimidad. No era que un estilo estuviera pasado de moda; cada uno regía en una esfera de la vida perfectamente delimitada.
Esta convivencia de estilos se enriqueció aún más con un fenómeno social fascinante: el majismo. A lo largo del siglo, especialmente en su segunda mitad, las clases altas (aristócratas y burgueses) comenzaron a adoptar, por gusto o provocación, actitudes y elementos del vestir de las clases populares, los "majos" y "majas".
Así, prendas consideradas castizas, como un jubón determinado o una forma de anudar la mantilla, fueron cargándose de un nuevo significado: el de una identidad nacional orgullosa y desafiante, en oposición simbólica al dominio de la moda francesa en la corte. El majismo no reemplazó la dualidad, sino que la complejizó, mostrando que el traje nacional también podía ser un instrumento de declaración social e incluso de rebeldía estilística dentro de la propia élite. Goya, testigo excepcional de su tiempo, capturó magistralmente esta fusión en sus pinturas.
Por tanto, el surgimiento del traje nacional femenino en el siglo XVIII no es la historia de una moda que triunfa sobre otra. Es la crónica de una negociación cultural materializada en tela.
Fue la respuesta práctica a la necesidad de moverse entre dos mundos: el privado, donde reinaba la influencia francesa como símbolo de modernidad y conexión global, y el público, donde una elegancia grave, sobria y distintivamente española era exigida por el decoro social. Esta coexistencia de lo francés y lo español, de lo íntimo y lo público, de lo aristocrático y lo popular, es la verdadera lección que nos deja este capítulo. Demuestra que la identidad, también la vestimentaria, rara vez es pura; se teje, casi siempre, en el cruce fértil y a veces contradictorio de influencias, creando algo nuevo y perdurable: un estilo que, en su misma dualidad, encontró su fuerza y su carácter único.
Pedrete Trigos




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