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sábado, 10 de enero de 2026

Presentación de un proyecto largamente madurado

Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de-sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia:  

Ayer te hablaba de mis primeras búsquedas en internet sobre historia del vestido, pues bien, fue en este bucear constante donde me llevé una de las revelaciones más hermosas: descubrir que España no solo siguió modas, sino que, en momentos estelares de su historia, las dictó. Que hubo un tiempo en que la corte de los Austrias era el epicentro de la elegancia europea, y que el llamado "traje a la española" era sinónimo de poder, severidad y un glamour sobrio que se imitaba de Londres a Nápoles. 

Pero la historia del vestir en nuestro país es mucho más rica y contradictoria que un simple periodo de hegemonía. Es la crónica de una identidad en continua conversación consigo misma y con sus vecinos. Es la historia de cómo, en los siglos XVII y XVIII, España se recreó a sí misma en su indumentaria, buscando en sus propias raíces una seña de identidad, mientras asimilaba y adaptaba con ingenio las influencias que llegaban, sobre todo, desde la Francia de los Luises. 

En este blog, quiero invitarte a recorrer conmigo ese fascinante itinerario. No soy un académico, sino un aficionado con curiosidad infinita, y ese es precisamente el tono que quiero dar a estas páginas: cercano, narrativo, pero siempre riguroso. 

¿Por dónde empezaremos? Nuestro viaje nos llevará desde los orígenes del austero y geométrico traje de corte de Felipe II, verdadero germen del traje a la española, hasta los complejos siglos XVIII y XIX. Analizaremos las severas leyes suntuarias que pretendían regular hasta el último detalle de la apariencia, y seguiremos la pista a la introducción de la moda francesa en la corte del último de los Austrias. 

Exploraremos conceptos fundamentales como el origen del "Traje Nacional" y las polémicas propuestas, como el fallido uniforme nacional femenino de 1788. Nos adentraremos en fenómenos sociales que se vistieron de seda y almidón, como el majismo, donde el pueblo se convirtió en icono de estilo, o el mundo de las currutacas y el vestido camisa. Cruzaremos océanos para entender el impacto de los tejidos del Galeón de Manila y, ya en el siglo XIX, veremos cómo el regionalismo creó nuevas señas de identidad tras la reorganización del país, un legado que llegaría hasta la Sección Femenina y los grupos de Coros y Danzas. 

En definitiva, este blog aspira a ser un cuaderno de viaje abierto, un lugar donde compartir descubrimientos, debatir ideas y maravillarnos juntos ante la capacidad del vestido para contar quiénes somos, de dónde venimos y, a veces, incluso adónde queremos ir. 

La historia no está solo en los grandes tratados. Está en el pliegue de un cuello de lechuguilla, en el vuelo de un mantón, en la rigidez de un verdugado. Te invito a mirarla conmigo. 

Pedrete Trigos. 

viernes, 9 de enero de 2026

De armarios y archivos: una carta de reapertura


Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de-sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

Hay un momento en la vida de todo diletante en el que la curiosidad deja de ser un pasatiempo y se convierte en una pesquisa. Para mí, ese momento llegó muy pronto, en la adolescencia, empujado por una pregunta aparentemente sencilla que no encontraba respuesta en los libros de texto: ¿cómo se vestía realmente la gente? 

No hablo de reyes en retratos ecuestres o santas en cuadros de altar, sino de esas personas anónimas que poblaban las calles, los campos, los mercados y las novelas que devoraba. ¿Qué tejidos sentían contra la piel? ¿Cómo se movían con esos volúmenes imposibles? ¿Qué decían de ellos, sin hablar, cada pliegue y cada costura? ¿Usaban bragas...? 

Mi búsqueda comenzó en un desierto. En España, la historia del vestido ha sido durante décadas una disciplina discreta, casi secreta. Los manuales al uso la mencionaban de pasada, como un aderezo anecdótico a la "Historia con mayúsculas". Los tesoros existían, pero estaban guardados bajo llave: los maravillosos, fundamentales y ya descatalogados libros de Carmen Bernis se convertían en objetos de culto, perseguidos en librerías de viejo a precios de reliquia bizantina. Aprender era un acto de arqueología: desenterrar una tesis universitaria fotocopiada, un artículo en una revista especializada, la fugaz mención en una novela del Siglo de Oro, las caras a cuadros de las dependientes de EL Corte Inglés cuando les pedía libros de historia del vestido en la década de los 90. La información era un mosaico del que faltaban casi todas las teselas. 

Luego llegó internet. Y con él, la gran revolución ambivalente. De repente, el mundo se abría. Podía consultar desde casa la Biblioteca Digital Hispánica, hojear catálogos de museos extranjeros, acceder a repositorios de universidades y encontrar, por fin, a otros locos como yo en foros ya desaparecidos. Fue una liberación. ¡Qué overdose! 

Pero pronto apareció el doble filo. La red que traía los archivos también traía el ruido. El mismo gesto que me permitía estudiar un grabado de la Colección de Trajes de 1777, me exponía a un aluvión de anacronismos, clichés y presentismo disfrazado de historia. Vi cómo se repetían como certezas los mitos más obstinados, cómo se vestía a personajes del XVIII con ropajes del XIX por un "quedaba más bonito", cómo se convertía la complejidad social de la indumentaria en un cuadro costumbrista simplificado y acrítico. La facilidad de publicar había difuminado, peligrosamente, la línea entre la afición y el rigor. 

Fue en ese cruce de caminos —entre la escasez de antaño y la infoxicación del presente— donde nació, hace años, "El Aprendiz de Sastre". No surgió de la soberbia de saber, sino de la humildad de quien busca y de las ganas fervientes de compartir el mapa que uno va dibujando a tientasImaginaba que, en algún lugar, alguien con mimismas preguntas y mis mismas frustraciones, diera por casualidad con este rincón y encontrara, por fin, una pista fiable. Que sintiera el mismo alivio y la misma emoción que yo sentía al descubrir un dato preciso tras años de búsqueda. Ese era, y sigue siendo, el único propósito. 

Durante un tiempo, la vida alejó los dedos del teclado. Pero la pesquisa nunca se detuvo. He seguido leyendo, visitando archivos, impartiendo charlas en yacimientos arqueológicos —intentando que la historia cobre vida, textura y olor para quienes la escuchan— y tejiendo conexiones entre hilos, leyes, cuadros y cuentas comerciales. 

Este año, he decidido tomármelo como un sabático. No para alejarme, sino para sumergirme de lleno. Para dedicarme al estudio, a la investigación pausada, a seguir el hilo de la seda desde los telares de Valencia hasta los decretos de la Corona, y a reconstruir, puntada a puntada, un relato más preciso. 

Y quiero que "El Aprendiz de Sastre" sea el cuaderno de bitácora de ese viaje. Este espacio reabre sus puertas no para dar lecciones, sino para abrir el taller. Para compartir hallazgos, plantear dudas, desmontar tópicos y, sobre todo, para construir con ustedes un archivo común más fiable y accesible. Porque la historia del vestido no es la historia de la moda caprichosa, sino la historia social escrita en tela: un lenguaje de poder, de identidad, de economía y de resistencias íntimas que merece ser leído con el mismo rigor que un tratado de política. 

Les doy la bienvenida (o la re-bienvenida) a este rincón. Pasen, cojan la tijera, el dedal o simplemente un asiento. Aquí hay mucha tela por cortar, y el mejor hilo es el que se comparte. 

Pedrete Trigos, El Aprendiz de Sastre