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domingo, 8 de febrero de 2026

El ojo que todo lo ve: Las Tapadas y el poder del anonimato en el Siglo de Oro.

 Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia: 

Hubo un tiempo en que las calles de Sevilla, Madrid o Valladolid estaban pobladas por fantasmas femeninos. Eran figuras envueltas en un manto oscuro que caminaban con determinación, de las cuales solo brillaba, inquisitivo y calculador, un solo ojo. No eran apariciones, sino mujeres reales que, bajo el anonimato textil del tapado, se habían concedido a sí mismas un permiso que la sociedad del Siglo de Oro les negaba: el de existir en el espacio público. Este capítulo no habla de una moda, sino de una astuta y silenciosa revolución cotidiana. 

El anonimato como arma: La técnica del «medio ojo» 



La práctica no consistía en cubrirse por completo, sino en dominar un arte: el de la media visibilidad. La mujer se envolvía en su manto o saya —una falda larga y una sobrefalda o capa— de color usualmente oscuro, pero lo ajustaba con precisión para dejar al descubierto solo un ojo, generalmente el izquierdo. Este «tapado de medio ojo» era un acto deliberado y cargado de significado. Distinguía a la «tapada» de quien simplemente se «cubría» por recato o abrigo. 

Ese ojo descubierto era toda una declaración de intenciones. Potenciado con maquillaje, se convertía en un instrumento de comunicación cifrada: una mirada podía ser un reclamo, una invitación, una advertencia o una burla. A través de él, la mujer observaba el mundo sin ser plenamente identificada, invirtiendo así la dinámica habitual de ser el objeto permanente de la mirada y el control masculinos. 

La jaula de la honra: Por qué el anonimato era necesario


 

Para comprender la profunda transgresión de las tapadas, hay que recordar la rígida jaula social en la que vivía la mujer honrada de los siglos XVI y XVII. Su virtud, que era el pilar del honor familiar, se protegía mediante una reclusión casi monacal. Las damas de alta alcurnia vivían confinadas en el ámbito doméstico, y sus salidas a la calle requerían la compañía de una dueña o un familiar masculino. El espacio público era un territorio hostil y peligroso para su reputación. 

En este contexto, el manto se convirtió en una llave maestra. Al ocultar su identidad, una mujer podía ser confundida con una criada, una menestrala o incluso una «mujer de mala vida» —categorías sociales que sí gozaban de una movilidad pública, aunque fuera marginal y estigmatizada—. El anonimato la liberaba momentáneamente de los grilletes de su clase y su honor. Podía pasear, hacer recados, acudir a una cita o simplemente disfrutar de un rato de soledad sin desencadenar un escándalo. Como señala un testimonio de la época, el tapado permitía a las damas «buscar aventuras... bajo la simple apariencia de sirvientas». 

El pánico del poder: Las pragmáticas prohibitorias


 

Naturalmente, este sistema de evasión en masa generó un profundo pánico en las autoridades, que veían derrumbarse simbólicamente el orden estamental y moral. Si el padre no reconocía a la hija, el marido a la esposa, o el hermano a la hermana, toda la arquitectura del control social se venía abajo. 

La respuesta fue una serie de pragmáticas reales —leyes suntuarias— que buscaron erradicar la práctica. Felipe II prohibió el tapado en 1590, seguido por Felipe III en 1600 y, de manera más contundente, por Felipe IV en 1639. La ley era explícita: «ninguna mujer ande tapada, sino descubierto el rostro, de manera que pueda ser vista y conocida». Las penas escalaban desde multas cuantiosas (3.000 maravedíes la primera vez, más la pérdida del manto) hasta el destierro en reincidencias. 

El hecho de que estas pragmáticas tuvieran que ser reiteradas una y otra vez a lo largo de casi doscientos años —la última data de 1770, bajo Carlos III— es la mejor prueba de su fracaso. Las mujeres españolas, desde la nobleza hasta el pueblo llano, hicieron caso omiso, resistiendo con terquedad lo que percibían como una intromisión intolerable en su único espacio de autonomía. La costumbre se mantuvo viva en lugares como La Palma (Canarias) hasta bien entrado el siglo XIX, y su eco llegó hasta América, donde florecieron las famosas «tapadas limeñas». 

Más que una prenda, un territorio

 


La tapada española fue, por tanto, mucho más que una curiosidad etnográfica. Fue una estrategia de resistencia pasiva y de empoderamiento práctico. En una sociedad que medía el valor femenino por su invisibilidad y enclaustramiento, estas mujeres utilizaron el velo —una herramienta tradicionalmente asociada al recato— para crear un espacio de libertad. Convirtieron el anonimato, no en una sumisión, sino en un disfraz liberador. No reclamaban derechos en el foro ni en la plaza; los ejercían, silenciosa y eficazmente, en el cruce de una callejuela y en el brillo de un ojo descubierto. Era el «traje a la española» de la disidencia, una indumentaria que, en su profunda paradoja, vestía de oscura rebeldía el Siglo de Oro. 

Pedrete Trigos 

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