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viernes, 29 de agosto de 2014

Jubón terminado.

    ¡Hola a todos!

   Ya tengo terminado el jubón. Sé que se puede mejorar, y no poco, pero para ser el primero, creo que no está tan mal. No me extraña que existiera un gremio dentro de la sastrería dedicado expresamente a la confección de jubones, son tela de complicados.


    Para los patrones me serví de unos de Simplicity, pero haciéndole unas modificaciones para adaptarlos a los diseños del libro de Juan de Alcega, y a mi cuerpo serrano.


Aquí tenemos el jubón a medio terminar.


Aquí un poco más avanzado.


    Y aquí ya terminado. Visto así, colgado en la percha, queda algo desangelado, puesto sobre el cuerpo queda mejor. Muy ajustado y con la característica forma abombada en la zona del vientre. Por primera vez me favorece tener tripita.




    Dos vistas de la parte trasera. En la segunda foto se aprecia la costura del costado que avanza hasta la espalda, dando forma a la zona de los riñones.


Las mangas son desmontables, uniéndose al cuerpo por medio de lazadas con agujetas metálicas.


Detalle de las agujetas. Las compré en la tienda Lúa Media.


Tanto en las mangas como en el cuerpo, lleva unos ojetes por los que pasan las agujetas.


La zona de la axila queda sin unir al cuerpo para una mayor comodidad a la hora de vestirse y moverse.


Los puños al igual que el cuerpo, se abrochan con presillas y botones forrados de tela.


La tirilla del cuello, también llamado collar, se abrocha mediante corchetes.


    El jubón está realizado en loneta de color marfil. El cuerpo va entretelado con una entretela termo-fusible bastante rígida. El forro está realizado también con la misma loneta entretelada con otra entretela un poco más fina, también termo-fusible. Así he conseguido acercarme la rigidez que caracterizaba a estas prendas. Las mangas no llevan entretela, solo un forro realizado con algodón.

    Me habría gustado hacerme una foto con el jubón puesto, pero solo consigo hacerme un selfie de cara y hombros. Me probé la prenda con unos gregüescos de color guinda que me hizo mi hermana hace unos años, y me gusta como quedan ambas prendas. Aunque terminaré haciéndome unos nuevos gregüescos acuchillados y una ropilla a juego.

    Quisiera agradecer la ayuda y asesoramiento que me han brindado tanto Chelo Ruiz y Consuelo Sanz de Bremond. ¡Un millón de gracias!

    ¡Un saludo!

    Pedrete Trigos.


Refranes costureriles.


"Costurera sin dedal, cose poco y cose mal".



jueves, 28 de agosto de 2014

La importancia de la moda española.

    ¡Hola a todos!

    Si en la entrada anterior hablaba de la rabia que me da que alguien hable sin conocimiento de causa, otra cosa que también me altera bastante es lo poco que valoramos el pasado tan rico que tenemos.


    Ya que el medio desde el que me dirijo a vosotros es un blog, nos centraremos en la cantidad de blogs que existen sobre moda victoriana inglesa, moda dieciochesca francesa, moda renacentista italiana o en su vertiente Tudor inglés. Y en contrapunto, lo poco que hay sobre vestuario español. ¡Con todo lo que la moda española ha supuesto en el desarrollo del arte vestimentario!

    Hay cantidad de prendas que se han inventado aquí en España, y son pocos los que conocen este hecho. Tendemos a pensar que todas las modas han venido desde Francia, Italia, Inglaterra o Centro Europa. Pues no, España ha jugado un papel importantísimo en la invención de muchas prendas que han llegado incluso a ser prototipo de una época.

·         ¿Dónde se inventa el verdugado? Un tipo de falda que está en boga en toda Europa a lo largo de todo el siglo XVI. ¿Dónde se inspiran los franceses 200 años después de su invención para crear el tontillo?
·         ¿En qué prenda se inspiran nuevamente los franceses para crear los paniers? Señores, 100 años antes, las damas de la corte de Felipe IV ya usaban el guardainfante, una prenda que se asemeja y no poco a ese supuesto invento francés.
·         No quiero ensañarme con los gabachos, pero nuevamente encontramos una referencia española en los clásicos pliegues a lo “Watteau” tan de moda en les robes a la francaise. En el libro de Juan de Alcega, encontramos patrones de monjiles con pliegues que nacen desde el hombro y caen por la espalda. Y esto 150 años antes.
·         Las clásicas golas rizadas que tan de moda se pusieron a finales del XVI y comienzos del XVII, también tienen un origen castellano. Si bien es cierto que el hecho de adornarlas con encaje, tiene un origen flamenco. Pero, ¿a qué corona pertenecía Flandes en aquella época, si no a la Corona de Castilla?


    Y amén de todo esto, no hay quien me quite de la cabeza que incluso el corset, puede tener un origen español. Si algo caracteriza al vestuario español, es la rigidez de sus formas. El carácter de ropa de armadura que tiene. No he encontrado información al respecto, tengo que seguir a la búsqueda, porque estoy convencido de que el origen de esta prenda está en España. 

    ¡Un cordial saludo!

    Pedrete Trigos.

martes, 26 de agosto de 2014

Desinformación.

    ¡Hola a todos!

    Me encanta internet, reconozco que es una herramienta de lo más útil. Acerca el conocimiento a cualquier lugar del planeta, pone a disposición de cualquier usuario muchísima información que antes quedaba casi vedada a unos cuantos. Es posible tener acceso desde el salón de tu casa a muchísimos libros, estudios, tesis…  que se encuentren en cualquier rincón del mundo. Pero reconozcamos que en medio de ese maremágnum de datos, hay también muchísima desinformación.

Así me quedo cuando leo lo que leo.

     "La mantilla es una prenda que tiene su origen en la Semana Santa", es la última barbarie que acabo de leer.

    Ocurre muchas veces que en el estudio del vestido, como es el caso que nos ocupa, uno se encuentra con determinadas “lagunas” llamémosle así, en las cuales no se haya información o dato alguno. Pues bien, no se empeñe nadie en rellenar esos huecos con la primera hipótesis que se le venga a la mente. La historia debe estudiarse siempre desde un punto de vista científico, con datos contrastados y resultados fidedignos. Los razonamientos a los cuales uno pueda llegar, no deben tomarse al pie de la letra y convertirlos en verdades incuestionables. Si algo bueno tiene la investigación, es que cualquier día se puede descubrir algo nuevo, por lo cual hay que estar siempre ojo avizor y tratar de no creerse uno con la verdad y el conocimiento absoluto.

   Para un amateur de la historia del vestido como soy yo, hace años resultaba imposible tener acceso a libros donde se hablara de este tema. Encontrar en librerías, no ya del pueblo donde resido, si no de Sevilla o Córdoba, libros sobre historia del vestido, era como pretender encontrar una aguja en un pajar. Pocos libros sobre esta materia había hace 20 años que se hubieran traducido al castellano. Y los pocos que había eran ediciones que en muchos casos se encontraban descatalogadas debido a los varios años que hacía de su publicación. Por eso que hoy con internet, muchos aficionados podemos tener al alcance de la mano, información que antes nos quedaba a años luz. Pero repito, en medio de esta información hay muchos gazapos con los cuales hay que tener un especial cuidado. Por lo que le recuerdo, querido lector, que contraste siempre la información que obtenga. No se conforme con lo primero que lea; busque, dude, investigue, no se canse nunca de aprender. Como dijo René Descartes: “Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro”.

   ¡Un cordial saludo!


    Pedrete Trigos.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Leyes suntuarias.

    Hoy los cánones de estética han variado y no poco, hoy se estila la gente delgada y alta, las pieles morenas. La moda actual tiende también a la homogenización, la globalización ha contribuido a ello. Pero antes cuando los medios de comunicación no eran tan rápidos como hoy en día, la evolución de la moda era mucho más lenta. Y no solo la climatología de cada país contribuía al empleo de tejidos más livianos o gruesos para protegerse de las agresiones climatológicas. Si no que la propia cultura e idiosincrasia de cada país aportaban caracteres a la moda de cada lugar.


    El lujo en la indumentaria se tenía por prerrogativa de la aristocracia, identificable gracias a modas vedadas a los demás. Con el fin de trocar este principio en regla inquebrantable, e impedir «el ultrajante y excesivo aparato de varias gentes contrario a su situación y categoría», se anunciaron varias leyes suntuarias destinadas a fijar la clase de telas que la gente debía usar y cuánto podía gastar. Proclamadas por pregoneros en calles y asambleas públicas, se señalaron, para cada condición social y nivel de ingresos, las gradaciones exactas de tela, color, adornos de piel, ornamentos y joyas. Se prohibió a los burgueses la posesión de vehículos o el uso del armiño, y a los labradores cualquier color que no fuera el negro o el pardo.

    Los grands seigneurs, dueños de múltiples feudos y castillos, no tenían dificultad en singularizarse. Sus sobrevestes recamadas en oro, capas de terciopelo forradas de armiño, jubones acuchillados, sus mangas colgantes,  zapatos de largas puntas de cordobán encarnado, sus anillos, guantes de gamuza y cinturones de los que colgaban campanillas y cascabeles, y sus innumerables gorros, boinas hinchadas, gorras de piel, capirotes, birretes, coronas de flores, turbantes y tocados de todo género y forma, eran inimitables.


    Paulatinamente con el tiempo, se han ido arrinconando estas diferentes promulgaciones de leyes suntuarias, que las clases dirigentes de toda la historia delimitaban su uso para mantener privilegios. Pero esto es otra historia, una historia que cambió con la burguesía en la edad moderna, pero que ocurría paralela a las rutas económicas, al auge de los imperios y a las nuevas técnicas de elaboración de los tejidos. 

    Pedrete Trigos.

viernes, 15 de agosto de 2014

La basquiña y la mantilla.

    “El temperamento, el clima, las costumbres inveteradas que se han llegado a convertir en usos nacionales, han establecido modas peculiares a una nación, las cuales jamás pertenecerán a otra, y ni aun contribuirían al buen parecer de las damas. Sirvan de ejemplo la mantilla, la basquiña y todos los trajes que se ciñen estrechamente al cuerpo, los cuales nunca le darán a una extranjera el aire suelto y gracioso que a una española.”


    ¡Hola a todos!

    No tenía pensado hablar en este blog sobre la indumentaria del siglo XVIII. Pero buscando información acerca del verdugado y el guardainfante, he encontrado un maravillo artículo de Amelia Leira publicado en Museo del Traje. Dicho artículo versa sobre lo que vino a denominarse a finales del siglo XVIII y comienzos de XIX, como Traje Nacional. En él se trata  a la basquiña y la mantilla, dos prendas genuinamente españolas. A continuación os dejo un extracto del mismo ya que creo que entronca perfectamente con las dos entradas anteriores. Espero que os resulte interesante.

    La basquiña la define el Diccionario de Autoridades como una saya larga que acompañaba a la casaca femenina. Pero el Diccionario de 1791 añade: “Pónese encima de toda la demás ropa y sirve comúnmente para salir a la calle.”

    Junto al vestido de moda a la francesa, y al vestido popular, hubo en España durante los últimos treinta años del siglo XVIII y los primeros veinte del siglo XIX, un traje propio solamente de nuestro país, que llamó la atención de los extranjeros que visitaron España en esta época y al que llamaron el traje nacional español. Las españolas de las ciudades, fuese cual fuese su clase social, se ponían siempre encima de sus demás vestidos, para salir a la calle o para ir a la iglesia, una falda negra llamada basquiña y se cubrían la cabeza y los hombros con la mantilla, negra o blanca; se quitaban estos vestidos tan pronto entraban en una casa, aunque fuesen a permanecer poco tiempo dentro de ella.


    “La mayoría de las mujeres de las clases altas han adoptado los trajes franceses, que son los que llevan en sus casas y sus carruajes para ir a visitas, bailes y espectáculos públicos. Únicamente se ponen el traje español cuando van por la calle o a la iglesia; este traje hoy en día consiste en una especie de cuerpo o corsé, una falda corta que apenas tapa el empeine, una mantilla en la cabeza que ha sustituido al antiguo manto y oculta o descubre el rostro a voluntad, un rosario en una mano y un abanico en la otra. Las mujeres españolas no llevan nunca la basquiña dentro de casa, se la quitan tan pronto entran en ella y aún cuando llegan a alguna casa en la que van a estar varias horas; llevan otra falda debajo, más corta y adornada de diferentes formas. Algunas veces van vestidas totalmente a la francesa, así que no tienen más que quitársela para aparecer completamente vestidas.”
(Laborde, A.: A View of Spain, comprising a descriptive itinerary of esch province, Londres, 1809)

    La basquiña se llevaba generalmente con un cuerpo, que en los documentos se llama jubón, término ya muy antiguo y que tenía un significado muy amplio. Se aplicó en estos años a una prenda que se ceñía al cuerpo, con faldones cortos, cerrada por delante y con mangas largas. Todas las mujeres las tenían; eran prendas tan indispensables como las camisas y las enaguas, la ropa interior que todas usaban.

    Absolutamente todas las mujeres tenían basquiña y en general estaba confeccionada con tela rica, grodetur o moer por lo general, aunque su propietaria fuera modesta. Efectivamente, en las Cartas de Dote de las mujeres pobres, era la prenda de más valor. Fue frecuente que tuvieran forro o medio forro de color, de tafetán, generalmente. Como se la ponían para salir a la calle, pero se la quitaban al entrar en su casa u otra ajena, era necesario llevar debajo otra falda llamada guardapiés, si la tela era de algodón, o brial, si era de seda. Las mujeres ricas que tenían coche las usaban con menos frecuencia, puesto que iban poco por la calle, pero también las llevaban en ocasiones y se gastaban mucho dinero en ellas. La tela de la que estaban hechas las basquiñas y las mantillas cambiaba y la forma de las prendas también, siguiendo los vaivenes de la moda.


    La mantilla, según el Diccionario de Autoridades, es: “La cobertura de bayeta, grana u otra tela, con las que las mujeres se cubren y abrigan; la cual desciende desde la cabeza hasta más debajo de la cintura” (1732) Tradicionalmente era de lana o de seda, y en invierno servía también de abrigo y era negra; en verano podía ser blanca.

    “El traje de paseo de las señoras no admite mucha variedad. A no ser que esté ardiendo la casa una mujer no saldrá nunca a la calle sin unas enaguas de color negro, la basquiña, y un ancho velo que le cae de la cabeza sobre los hombros y se cruza delante del pecho a modo de chal al que damos el nombre de mantilla. Generalmente es de seda, guarnecida alrededor con una ancha blonda. En las tardes de verano se pueden ver algunas mantillas blancas pero ninguna mujer se atreverá a usarlas por la mañana ni mucho menos a entrar en un templo con tan “profano” atuendo. Un vistoso abanico es indispensable en todo tiempo, lo mismo dentro que fuera de casa”.
(Cartas de España Madrid, 1972, p. 84)

    En los años cincuenta aparecen sobre todo en dotes modestas, y son de franela o bayeta. A partir de los años sesenta se puso de moda hacerla de telas transparentes como la muselina, una tela de algodón muy fina que los ingleses trajeron de la India, y la mujer que no podía comprarla recurría a la estopilla, también fina, pero mucho más basta.

    La sospecha de que las mujeres españolas pudieran usar la basquiña y la mantilla para pasar desapercibidas no la tenían solamente los extranjeros, también la tenían los españoles y era motivo de preocupación: consideraban natural que fueran con ellas por la calle, pero trataban de que no las usasen dentro de lugares públicos.

    “Cuando las señoras van a misa van tan disfrazadas que no se las reconoce fácilmente. Su traje para la ocasión es especial del país: todas se ponen la basquiña o falda de seda negra y la mantilla que les sirve de doble propósito de capa o velo, de manera que pueden esconder la cara cuando quieren, Así ataviadas están en perfecta libertad de ir donde quieran.”



    Todas las mujeres tienen basquiñas y mantillas en sus dotes, aunque las ricas en mayor número. También en su mayoría, a juzgar por las Cartas de Dote, tienen trajes de estilo francés, independientemente de su clase social: hay prendas de estilo francés y prendas castizas tanto en las dotes de las señoras ricas como en las de las muy modestas. La explicación a la existencia de prendas francesas en dotes modestas estaría en que la ropa era entonces un bien importante, algo que se usaba y aprovechaba hasta el fin, donándose o comprándose de segunda mano. Muchas veces en los testamentos de señoras ricas, éstas dejaban sus ropas a las criadas que les servían. De hecho, es difícil encontrar una prenda de entonces que no haya sido retocada varias veces.

    Fuentes: Museo del Traje.

jueves, 14 de agosto de 2014

El guardainfante y el tontillo.

    ¡Hola a todos! De nuevo aquí para hablar sobre historia del vestido. Como os prometí ayer, hoy vamos a hablar del guardainfante, esa falda que todos asociamos con el famoso cuadro "Las meninas", de Diego Velázquez.

    La moda femenina, especialmente bajo los reinados de Felipe IV y Carlos II, se distanció notablemente de la corriente europea. Las españolas no renunciaron al verdugado, y sobre él fueron elaborando las siluetas que precedieron al “guardainfante”, que hace su aparición alrededor de los años treinta, no sin antes pasar por la crítica de los moralistas y legisladores de la época. 

La reina Isabel de Borbón, por Diego Velázquez. (1625).

    Se llama guardainfante a una especie de armazón redondo muy hueco hecho de varas flexibles unidas con cintas utilizado en la cintura por las mujeres españolas durante el siglo XVII. En opinión de los contemporáneos, vino de Francia, al parecer por obra de unos cómicos que actuaron en Madrid, cuando ya en este país había pasado de moda. Se dio la curiosa circunstancia de que, en contra de lo que solía suceder, no apareció primero en el traje de corte, para después generalizarse entre el resto de los estamentos sociales, si no que su aparición y divulgación se dio primero fuera del círculo cortesano. El modelo francés consistía en una plataforma de mimbre a la altura de las caderas, pero las españolas lo convirtieron en un complicado armazón realizado con aros de madera, alambre o hierro unidos entre sí con cintas o cuerdas que se completaba en la parte superior con mimbre, crin y otros materiales para enfatizar las caderas. El guardainfante se vestía sobre varias enaguas y sobre él, a su vez, se ponía la pollera, falda interior realizada con tejidos ricos de vistosos colores y a veces acolchada con lana para redondear las caderas, encima de la cual se colocaba la falda exterior femenina llamada basquiña. La basquiña a su vez, era una falda exterior con pliegues en las caderas usada por las damas españolas desde el siglo XVI al XIX. Normalmente era de color negro y estaba asociada a las ceremonias más solemnes.  


La reina Mariana de Austria, por Diego Velázquez. (1652).

    Junto a las crónicas históricas y literarias de la vida y costumbres españolas en los siglos XVI y XVII, existe otro tipo de crónicas plásticas, expresivas, directas, que se concretan en las obras de los pintores españoles de aquellas centurias, así por ejemplo, en los cuadros de Velázquez, pintor de la Corte de Felipe IV. En muchos de esos cuadros puede observarse cumplidamente cómo unas figuras femeninas emergen, diríase, desde su cintura, de los pomposos, desmesurados, casi gigantescos guardainfantes, «artificio muy hueco (según lo definió el Diccionario de Autoridades), hecho de alambres con cintas, que se ponían las mujeres en la cintura, y sobre él se ponían las basquiña». Y antes, debajo del artificio, se habían puesto varias faldas o refajos, y aún antes la blanca enagua... Tal acumulación de prendas dificultaría, casi imposibilitaría a veces, por su tamaño, el paso por las puertas de las mujeres así vestidas, y hasta tal extremo que, según una relación contemporánea, citada por Rodríguez Villa en su obra “La Corte y la Monarquía de España” según las noticias contemporáneas: «Las mujeres ya no pueden pasar por las puertas de las iglesias». Y surgirán las sátiras, inevitablemente, como la de Quevedo en su soneto “Mujer puntiaguda con enaguas”, donde el término enaguas aparece como sinónimo de guardainfante:

Si eres campana, ¿dónde está el badajo?;
si pirámide andante, vete a Egito;
si peonza al revés, trae sobrescrito;
si pan de azúcar, en Motril te encajo.

    Como es lógico no todas las mujeres vestían con tan recargada prenda y es de suponer que se unía a la situación social de la persona. Basta recordar, a este respecto, la sencilla indumentaria de las mujeres que aparecen en el cuadro “Las hilanderas”, vestidas con una blusa o camisa y una larga falda.

La infanta Margarita de Austria, por Juan Martínez del Mazo. (1665).

    El guardainfante, cuya finalidad aparece claramente indicada en la misma palabra, sería llevado también por moda, por incómoda moda, para la mujer que se lo ponía y también para las personas que estaban próximas a ella. Una real pragmática prohibió su uso, aunque con una cierta tolerancia y curiosas excepciones, como que se permitiese el uso a “las mujeres que sean malas de sus personas y ganan por ello”... Avanzado el siglo XVII, el guardainfante desaparecerá definitivamente, pero por el procedimiento más eficaz: la llegada de una nueva moda francesa mucho más cómoda. Dicha prenda se llamó: tontillo. Unos versos de factura popular subrayarán el cambio:

Albricias, zagalas,
que destierran los guardainfantes,
albricias, zagalas,
que ha venido uso nuevo de Francia.

    El tontillo fue una prenda que se popularizó en España a finales del siglo XVII bajo el reinado de Carlos II viniendo a sustituir al aparatoso guardainfante propio del reinado de Felipe IV. Su uso se extendió hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Las mujeres llevaban el tontillo junto con el jubón y la basquiña.

La reina María Luisa de Orleans, por José García Hidalgo. (1679)

    Alrededor de la década de los setenta el uso del guardainfante fue relegado a las ceremonias muy especiales. El sacristán siguió desempeñando el papel de ahuecar las faldas, bajo el reinado del último Austria; Carlos II, que en poco tiempo fue reemplazado por el tontillo, armazón realizado con aros que se cosían en una falda; se volvía a repetir el sistema de ensamblaje del verdugado. Junto a los armazones para ahuecar las faldas, el otro elemento que hay que señalar como típico de la moda femenina fue la “cotilla”, prenda armada con ballenas, determinante de la rigidez y tiesura del torso femenino. Se trata de un artilugio surgido de los ideales de belleza del siglo XVI y que se mantuvo durante todo el siglo XVII. La cotilla se vestía sobre la camisa interior femenina, y sobre ella, el jubón. Con estas prendas, los cambios más notorios afectaron a las mangas, escotes y peinados. El jubón era una prenda rígida que cubría desde los hombros hasta la cintura y que estuvo en boga en España en los siglos XV, XVI y XVII. Su aparición como parte del traje civil se data en el siglo XIV pero su verdadero auge lo alcanzó en el siglo XVI en que se extendió desde España a toda Europa.

    Volviendo al tontillo, este se vestía debajo de la saya y sobre un buen número de enaguas. Con la aparición del tontillo, la moda española conservó su originalidad frente a la influencia francesa del resto de Europa. La influencia más notable se produjo sobre el jubón que abandonó las faldillas o haldetas, e incorporó un pronunciado pico en su parte anterior. Cuando esta prenda cruzó los Pirineos y se estableció en Francia en el siglo XVIII se denominó Panier, nombre que derivaba de paniers las cestas que colgaban a ambos lados de los animales de carga, convirtiéndose en una pieza importante en lo que se llamó robe à la française (vestido a la francesa).

    Fuentes: El Siglo de las Luces y Museo del traje.

miércoles, 13 de agosto de 2014

El verdugado.

    ¡Hola a todos!

    Hoy vamos a hablar de una prenda femenina que estuvo en boga desde el siglo XV hasta comienzos del XVII, el verdugado, un tipo de saya acampanada. Estaba formada por un armazón de varas muy finas y flexibles (verdugos) cosidas a una falda cónica, que le conferían su forma característica. Inventado en España, el verdugado se extendió posteriormente a toda Europa. En Inglaterra apareció en el 1545 y enseguida lo llevaron todas las mujeres de las clases acomodadas (dado su elevado precio). A lo largo del siglo XVII, se dejó de utilizar sustituyéndose por el mucho más aparatoso e incómodo guardainfante, una especie de falda extremadamente ancha.

La infanta Isabel Clara Eugenia, por Alonso Sánchez Coello.

    Se creé que la aparición del verdugado es la siguiente:

  El hecho se remonta al año 1468 en la corte del rey de Castilla que, entonces era Enrique IV, controvertida figura que ha pasado a la historia con diversos sobrenombres, siendo el más conocido el de “El Impotente”. Lo cierto es que, por aquel entonces, el rey se había casado en segundas nupcias con Juana de Portugal, prima suya, habiendo tenido por primera esposa, a su también prima; Blanca de Navarra, cuyo matrimonio se vio anulado por no haber sido consumado a pesar de trece años de matrimonio. Esta segunda esposa, Juana de Portugal, fue bastante criticada en la corte tildándola de una dudosa fidelidad, a pesar del marido que tenía. De hecho, cuando nació su primera hija, también llamada Juana, la acusaron de haber sido concebida por uno de los favoritos del rey, llamado Beltrán de la Cueva, lo que la atribuyó el sobrenombre de “Juana la Beltraneja”, como ya es sabido. Cuando quedó embarazada por segunda vez, trató de disimularlo el tiempo en que fue posible, pero, según cuentan los cronistas de la época, llegó a inventar un traje nuevo que disimulara su estado pujante. Así surgió el invento que hizo moda. La reina Juana inventó un traje que llevaba una amplia falda armada gracias a unos aros que, rígidos como eran, mantenían el tejido despegado del cuerpo disimulando así la silueta y ocultando su secreto. Fue así como nació el verdugado.
    Al ver utilizando dicha prenda a la reina, las damas nobles de la corte de Castilla empezaron a usar vestidos exageradamente anchos, que mantenían rígidos alrededor de sus cuerpos mediante varios aros que se cosían bajo la tela. Así muchas de ellas, a pesar de su delgadez podían pasar por damas entradas en carnes, gracias a aquella suerte de traje. No en vano esta moda se extendió a los reinos castellanos y también a los de Aragón, aunque lo cierto es que fue muy criticado al principio, por considerar llamativo su uso. De hecho en Valladolid llegó a ser prohibido su uso por orden de la Iglesia, bajo pena de excomunión, por entender que exageraba demasiado las caderas, resaltando las formas femeninas que así destacaban en demasía. Cuando en los siguientes años se empezó a difundir el uso del verdugo fuera del ámbito de la corte fue duramente criticado por muchos hombres del clero y llegaron a culparlos de muchas de las calamidades que asolaron el reino de Castilla. Hay que destacar la obra de Fray Hernando de Talavera quien llegó a escribir en alguno de sus tratados al menos doce razones por las que aquellas malévolas prendas eran merecedoras de la pena de excomunión, al igual que sus portadoras. Lo tildó de no ser provechoso, ya que el traje se hizo para cubrir y abrigar y, al ser tan despegado ni abrigaba ni cubría. También dijo que eran trajes deshonestos, ya que permitían que se vieran las piernas y los pies, que debían estar ocultos. Por último lo tachó de feo y de provocar que las mujeres parezcan feas y tan anchas como largas, pareciendo más campanas que hembras.
    
La reina Margarita de Austria Estiria, por Juan Pantoja de la Cruz.

    Confección:

    Los verdugos o aros de mimbre que daban nombre a la falda, se cosían en la parte externa de las mismas forrándose con un tejido de distinto color y clase, sirviendo así también para adornarlas. Se dice que estos aros vinieron a ser sustituidos por cercos de tela para que la falda se ahuecara y no quedara del todo rígida, con lo que de alguna manera imitaban los aros forrados y cosidos, con la misma función. Estos verdugos de tela eran más flexibles y se llevaban sobre las enaguas o faldillas interiores y bajo un traje abierto por delante, por lo que tan sólo se veían parcialmente. En algunos casos llevaban ahuecadores o rellenos postizos para las caderas, dando así más volumen a las faldas.

    Se refleja el uso de los verdugos en la tesorería de la Corte de los Reyes Católicos y hay datos desde 1482 hasta 1490 de la compra de tejidos para hacer verdugos a algunos briales y faldillas. Los tejidos para los verdugos eran el raso, el damasco o el terciopelo, combinándolos de distintas maneras. El colorido se entremezcla: negro con verdugos naranjas, color carmín o blanco. Morado o carmín con verdugos amarillos o blancos, o bien, verde con verdugos carmín o blanco. Parece que esta moda tuvo su apogeo entre los años setenta y ochenta del siglo XV pero que declinó su uso al poco de 1490, así lo prueba la testamentaría de la reina Isabel la Católica, donde quedan relacionados todos los trajes y alhajas que dejó, sin hacer referencia a prendas que llevasen verdugo. Con posterioridad, ya en el siglo XVI, los verdugos dieron origen al llamado verdugado español o falda de alcuza, debido a su semejanza con dicho recipiente para el aceite. En Italia se llamó “verdugate”, en Francia fue conocido como “vertugade” y en Inglaterra se conoció como “farthingale”. A lo largo del siglo XVII, se dejó de utilizar sustituyéndose por el mucho más aparatoso e incómodo guardainfante, una especie de falda extremadamente ancha.

    Esta entrada está dedicada a mi querida amiga Carmen López Martí. La próxima estará dedicada al "guardainfante", por petición suya.

martes, 12 de agosto de 2014

El jubón.

    El jubón es una prenda rígida que cubría desde los hombros hasta la cintura y que estuvo en boga en España en los siglos XV, XVI y XVII hasta que las túnicas más largas o con vuelos de haldas y las casacas de influencia francesa se hicieron más populares. Su aparición como parte del traje civil se data en el siglo XIV pero su verdadero auge lo alcanzó en el siglo XVI en que se extendió desde España a toda Europa. Se trataba de una prenda interior que se llevaba sobre la camisa y que se unía a las calzas por medio de agujetas (cordones). Encima de ella se vestía la ropilla con mangas o un coleto sin ellas. Una de las partes características del jubón era su cuello rígido.

    Durante el reinado de Felipe II y Felipe III, el jubón y las calzas fueron las dos prendas obligadas en todos los guardarropas masculinos. Sobre ellas los hombres podían vestir un coleto sin mangas o una ropilla con ellas. Para cubrirse llevaron echadas sobre los hombros, prendas cortas, como la capa, el herreruelo y el bohemio.


    Si durante el siglo XVI y concretamente durante el reinado de Felipe II, España fue la nación más poderosa de Europa a todos los niveles, (político, territorial y económico) durante el reinado de Felipe III se inicia la profunda recesión económica, agravada por las campañas bélicas, la corrupción administrativa de su reinado y las continuas pestes y malas cosechas. En el siglo XVI y coincidiendo con el reinado de Felipe II se impuso en toda Europa el modo de vestir de los españoles, del que cada país dio su versión particular. Con el reinado de Felipe III el vestido español, en el ámbito europeo fue perdiendo importancia, a la par sin duda que su economía. La moda española en este período tendía a aprisionar el cuerpo, al reducir al mínimo los movimientos y a mantener erguida la cabeza. El vestido español colaboró activamente en adoptar el lenguaje corporal que caracterizaba a la sociedad española. Su hechura favorecía los movimientos graves, sosegados y altivos, armonizando así con la fama que entonces tenían los españoles dueños de medio mundo, de altaneros y orgullosos.
  
    Como hemos visto, en la segunda mitad del siglo XVI, la moda española se impone en toda Europa y el jubón como prenda rígida contribuyó  notablemente en dar al torso masculino la tiesura y empaque que exigía la moda. Los patrones que nos ofrece Juan de Alcega nos permiten conocer la hechura del jubón. En ellos se observa cómo los delanteros se curvan para acoplarse al abombamiento del torso. Este corte se había acentuado en los últimos años de la década de los sesenta; venía a ser la expresión de una de las muchas influencias que el traje militar ejerció sobre el traje civil, al tratar éste de reproducir la forma de la coraza. Para modelar el torso, según la silueta de moda, el jubón siguió forrándose con varias entretelas como venía siendo habitual.


    El jubón era una de las prendas de hechura más difícil y más costosa. Ello explica que existieran gremios especializados de juboneros, independientes de los sastres. Se vestía siempre sobre la camisa; cubría la mitad superior del cuerpo hasta la cintura, donde se sujetaba a las calzas con las agujetas. Para darle rigidez se forraba con varios lienzos. Los llamados jubones “fornidos” se rellenaban con borra o algodón. Mediante estos procedimientos, el jubón ajustado, estirado y armado, modelaba el torso según la silueta de moda. De un hombre en calzas y en jubón se decía que estaba desnudo. El jubón quedaba oculto por los otros vestidos; sus partes visibles eran el “collar” tieso y duro rodeando el cuello y las mangas.

 Fuentes: Wikipedia y Museo del traje.

lunes, 11 de agosto de 2014

Los efectos de las calores de Agosto.

    ¡Hola a todos!

    Me resultan curiosas las reflexiones a las que termino llegando muchas veces, mientras me devano los sesos tratando de descifrar las lagunas que en algunas ocasiones se dan en el estudio de la historia de la moda. La desinformación con la que cuento en muchas casos me predispone a creer ciertas ideas que tenía asumidas como verdades absolutas, y que sin embargo se me terminan cayendo al suelo como castillos de naipes.

Don Juan de Austria niño, por Alonso Sánchez Coello (c. 1559). 
El modelo porta una breve lechuguilla rizada y una cuera atacada, que deja ver el rico jubón bordado.

    Hoy sin ir más lejos me he dado de boca con que el jubón masculino era una prenda interior y que sobre él se llevaban otras prendas exteriores. Se me hace increíble la cantidad de ropa que se podía llevar superpuesta en otras épocas. Quizás es porque estamos en Agosto, en plena calima sevillana y me imagino a mí mismo hace cuatrocientos años ataviado con todas esas prendas y me entra miedo salir así a la calle. Camisa de manga larga, jubón entretelado y forrado de tal forma que el cuerpo quede rígido como el cartón, y sobre él una ropilla pongamos de seda, pero forrada y con cierto cuerpo también. ¿Cuántas capas de tejido? Yo he perdido la cuenta… Supongo que el calentamiento global no estaría haciendo los estragos que hace hoy en día, pero aún así ¡qué fatigas más grandes!

El principe D. Carlos, por Alonso Sánchez Coello (1558)
Luce gregüescos acuchillados con bragueta y sobre los hombros un bohemio forrado de piel.

    También he descubierto que los calzones o gregüescos se ataban mediante agujetas al jubón. Ayer al probarme los gregüescos vi que me quedaban algo anchos. Les ceñí la cincha trasera y aún así, me resultaba algo incómodo andar con ellos sin que al poco rato se me terminaran resbalando de la cintura.

    Sí hay algo que caracteriza a la moda española de aquella época es la pose esbelta y erguida de los españoles. Aquellas prendas de cuerpos rígidos y cuellos altos les hacían caminar tiesos como husos de rueca. No se puede caminar de otra manera. No era que España fuera en aquel momento el centro del universo, aquel imperio de Felipe II en el que nunca se ponía el sol, y esto llevara a los españoles a creerse el ombligo del mundo. Es que es imposible moverse de otra forma con tales prendas. Supongo que si se les caía algo al suelo, ahí lo dejaban, así fuera un tesoro. ¿Cómo agacharse así vestido? Pues bien, yo caminando con mis gregüescos nuevos y estos cayéndose a cada paso. Y mientras, me imaginaba a un caballero de aquella época y no terminaba de verle ni con los calzones a medio trasero como los adolescentes actuales, ni atacándose a cada momento. Así que me dije, esta gente tenía que usar algo para ceñirse los calzones.  Y hete aquí que descubro que se los ataban al jubón. Ahora solo me falta encontrar alguna ilustración dónde aparezcan dichas agujetas y añadírselas a mis ropajes.

    Y estas disertaciones o disparates son los que te traigo, querido lector, en medio de este tórrido verano sevillano. ¡Hasta la próxima entrada!

Pedrete Trigos.

domingo, 10 de agosto de 2014

Gregüescos a la veneciana.

    ¡Hola a todos!

    Ya estoy aquí con una nueva prenda salida de mi aguja. Se trata de unos gregüescos a la veneciana. Un tipo de calzón exterior de finales del siglo XVI. Están realizados en paño de lana tejido en espiga y forrados en algodón marfil.


    Los gregüescos o greguescos (del italiano, grechesco, a la griega) son una especie de calzones antiguos. El origen de esta prenda de vestir cuyo uso comenzó en Europa a principios del siglo XVI y llegó hasta algo entrado el XVII, es todavía desconocido.

Detalle de la cinturilla abrochada con botones forrados de la misma tela.

    Carecemos de datos para precisar el punto de Europa en que se inventaron; los monumentos figurados, los cuadros, estampas, etc, indican claramente la época en que comenzaron a usarse y permiten apreciar que tal prenda quizá debió responder a una exigencia del pudor, puesto que, cuando el jubón dejaba completamente al descubierto las piernas y éstas lucían sus formas merced a las ajustadas calzas, se hizo moda en Italia y en Alemania el llevar una bolsa atada con botones sobre las ingles que sirviese de bragueta de armar; y esta moda, que tenía no poco de escandalosa, debió ser causa de que se inventase, quizá en la misma Alemania, una prenda que encubriese un poco las formas desde la cintura hasta las ingles. Es verdad que no por eso desapareció la moda de la bragueta que, de la armadura, pasó al traje civil de los caballeros y que si antes consistió en una bolsa, ahora consistía en una especie de tubo, poco estético por cierto, que sobresalía inconvenientemente por entre los gregüescos. Pero esta moda sólo prevaleció por corto tiempo en el reinado de Carlos V y después los gregüescos vinieron a ser como un resguardo pudoroso.

Cincha en la parte trasera para ajustar y ceñir el gregüesco a medida.

    Puede considerarse como primera idea de los gregüescos los acuchillados pequeños que a fines del siglo XV acostumbraban los jóvenes a poner en las calzas, por las ingles, sin duda para dejar más libre el juego de la pierna. Sin duda, se requería más holgura para el juego de la cadera y entonces se hizo el especie de calzón sin pretina, de tela abullonada, con varios y pequeños bullones en series horizontales a veces acuchillados y separados por galones más o menos lujosos, prenda completamente nueva que denominaron gregüescos. Estos, en un principio, no llegaban más que a las ingles y más tarde se alargaron hasta medio muslo e, incluso, hasta la rodilla.

Detalle de los bolsillos que lleva en ambos costados.

   Los gregüescos descritos fueron los usados en la época de Carlos V y éste debió de traer a España esta moda pues entre las novedades indumentarias de entonces mencionan las ordenanzas trusas, botargas o calzas bambochas. No sabremos determinar a qué formas distintas de los gregüescos respondían estos nombres. Lo que importa es que además de los gregüescos que podemos llamar rizados, prenda tan frecuente en los retratos del emperador y de los grandes señores de su tiempo, había otros gregüescos más sencillos y sin duda más usuales, compuestos cada uno de un simple bullón, de tela tableada, que sólo llegaba hasta las ingles.

Cada pernil se ajusta debajo de las rodillas con unos pequeños puños abotonados.

    Posteriormente, en España, bajo el reinado de Felipe II, se usaron gregüescos que propiamente merecen el nombre de trusas, que consistían en dos grandes bullones acuchillados, de modo que era necesario un forro o tela interior que quedaba visible entre las aberturas y que era de distinto color que la tela exterior o los galones que en muchos casos formaban esa parte exterior. El conjunto, sobre todo, en los trajes militares, era como un bullón listado de dos colores. Dichos bullones aumentaron de volumen, llegando hasta la exageración con las modas a lo duque de Guisa y en España, de Felipe III y también se alargaron casi hasta la rodilla dando a los gregüescos aspecto de bragas hasta convertirlos en calzones anchos lo que sucedió en el siglo XVII. Finalmente, los gregüescos quedaron solamente como vestidura de los pajes.

Vista del forro interior de la prenda.


    Fue muy frecuente que los gregüescos hicieran juego con los bullones que se usaban al mismo tiempo en el arranque de las mangas. El lujo desplegado por los reyes, magnates y caballeros principalmente durante el siglo XVI enriqueció los gregüescos con espiguillas de oro, guarnición y pasamanerías costosas, terciopelos labrados, vistosas sedas y con las variadas invenciones que dan tanto valor y aspecto tan suntuoso a las modas de dichos tiempos.


    ¡Un abrazo enorme y feliz semana!

    Pedrete Trigos.

jueves, 7 de agosto de 2014

Parlota.

    ¡Hola a todos!

    De nuevo por aquí. En esta ocasión os vuelvo a traer una nueva pieza confeccionada por mí. Se trata de una parlota, una especie de boina con visera que estuvo muy de moda durante el reinado de Felipe II, aunque el uso de la parlota se generalizó durante todo el siglo XVI. Estas gorras podían ser utilizadas por gentes de distintas clases sociales. Las únicas diferencias eran los materiales utilizados así como los distintos adornos que las engalanaban, broches, plumas, pasamanerías, etc…



    Está realizada en paño tejido en espiga y adornada con una pequeña cinta de terciopelo negro y tres plumas de pavo real. Si os soy sincero, no estoy muy satisfecho con el resultado, ya que el ala ha quedado un poco lacia a pesar de las dos capas de entretela que le puse.

    Pedrete Trigos.