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domingo, 22 de marzo de 2026

Iris Apfel: El pájaro raro que nos enseñó a volar sin permiso

  Cuando alguien me pregunta a qué dedico estas horas interminables entre libros de patrones, fotografías amarillentas y tratados de indumentaria, suelo responder que estudio la historia del vestido. Pero lo que nunca confieso en voz alta es que, en realidad, estudio la historia de las personas a través de lo que deciden ponerse encima. Porque la ropa, bien mirada, no es más que la primera página de una novela que cada cual escribe con su cuerpo.

Y de todas las páginas que he leído en los últimos años, pocas me han fascinado tanto como la que escribió Iris Apfel. Permítanme que les hable de ella. Pero no esperen una biografía al uso. Esto es más bien una confesión de alguien que, como ustedes quizá, necesita creer que todavía tiene sentido vestirse por la mañana.


La primera vez que vi una fotografía de Iris Apfel tenía yo treinta y tantos años y estaba repasando un número atrasado de alguna revista de moda que había caído en mis manos. Lo recuerdo con nitidez: me detuve en seco. Allí había una mujer mayor —aunque entonces no sabía que mayor, en ella, era un adjetivo insuficiente— con unas gafas redondas tan enormes que parecían dos ventanas abiertas al mundo. Sus brazos, de la muñeca al codo, eran un muestrario de pulseras de todos los tamaños, colores y procedencias. Sus labios, rojos como un semáforo en alto. Su expresión, un desafiante "aquí estoy, ¿y tú qué?".

No supe si aquello me parecía sublime o terrorífico. Pero supe, con la certeza de quien encuentra algo importante, que no podría olvidarla.

Años después, cuando empecé a bucear en su historia, comprendí que aquella primera impresión era exactamente la que Iris buscaba provocar. No por vanidad, sino por coherencia. Porque Iris Apfel fue, ante todo, una mujer coherente. Coherente con su propia rareza.


Iris Barrel —que así se llamaba antes de casarse— nació en 1921 en Astoria, un barrio de Queens, Nueva York, en el seno de una familia judía. Su padre tenía un negocio de espejos y su madre, una boutique de moda. Conviene detenerse en esa madre, porque en ella está el germen de todo lo que vino después. La señora Barrel era una mujer que transformaba saldos en alta costura con la misma facilidad con que otras respiran. Podía comprar un vestido barato, descoserlo enteramente y volver a coserlo de tal manera que pareciera una pieza única llegada directamente de París. Iris la miraba hacer, y mientras la miraba, aprendía la lección más importante de su vida: el dinero no compra estilo; la imaginación, sí.

A los doce años ya recorría los mercadillos de Manhattan con su abuela. A los diecinueve, estudiaba historia del arte en la Universidad de Nueva York y trabajaba como copista para Women's Wear Daily. A los veintitantos, era dibujante de interiores. Pero el verdadero principio de su historia, el nudo del que todo lo demás cuelga, llegó en 1948, cuando conoció a Carl Apfel.

Carl era un hombre tranquilo, con esa clase de seguridad silenciosa que tanto necesitan las almas volcánicas. Se casaron al año siguiente y, en 1950, fundaron juntos Old World Weavers, una empresa dedicada a la reproducción de tejidos antiguos. Durante más de cuatro décadas, los Apfel viajaron por el mundo entero en busca de textiles que no podían encontrar en Estados Unidos. Iban a los zocos de Marrakech, a los talleres de Florencia, a los mercados de Estambul. Compraban piezas únicas, las estudiaban, las reproducían con métodos tradicionales y las vendían a quienes necesitaban autenticidad.

Y necesitaban autenticidad, por ejemplo, los conservadores de la Casa Blanca. Porque Old World Weavers se convirtió en proveedor oficial de la residencia presidencial durante nueve administraciones seguidas: desde Truman hasta Clinton. Iris participó en la decoración de las estancias privadas y públicas, y solía contar, con esa media sonrisa que tanto la caracterizaba, que la cliente más complicada fue Jacqueline Kennedy, que empeñó no sé cuántos esfuerzos en afrancesar la casa y luego hubo que deshacer medio trabajo.


Pero mientras viajaban, mientras tejían su red de contactos y su prestigio en el mundo de la decoración, Iris hacía otra cosa: compraba. Compraba ropa artesanal de las culturas que visitaba. Compraba collares haitianos, pulseras marroquíes, kimonos japoneses, bordados mexicanos. Compraba sin ningún criterio comercial, sin pensar en tendencias ni en posibilidades de reventa. Compraba por puro placer, por pura fascinación.

Y luego, sin el menor complejo, se ponía todo aquello junto.

Podía llevar un vestido de Dior con un collar de cuentas comprado por dos dólares en un mercado de Túnez. Podía combinar una chaqueta de Chanel con unos pendientes de plumas encontrados en un rastro. Podía, y de hecho lo hacía, mezclar lo más caro con lo más barato, lo más culto con lo más popular, lo más antiguo con lo más moderno, sin pedirle permiso a nadie.

Esa mezcla, esa audacia, esa falta absoluta de complejos, llamó la atención de quienes la veían en las fiestas de la alta sociedad neoyorquina a las que acudían clientes como Greta Garbo o Estée Lauder. Pero durante décadas, todo quedó en el ámbito de lo privado. Iris era conocida en los círculos de la decoración y el textil, pero no pasaba de ahí.

Hasta que ocurrió lo impensable.


En 2005, el Costume Institute del Metropolitan Museum of Art se quedó sin exposición. El curador, Harold Koda, andaba desesperado, sin saber qué hacer, cuando alguien le sugirió una idea: ¿por qué no le pides a Iris Apfel que nos preste algunas de sus joyas? Koda la conocía, sabía de su colección, y pensó que podía ser un comodín aceptable. Fue a visitarla, vio lo que tenía guardado, y se dio cuenta de que aquello no era un comodín: era un tesoro.

Pero no solo las joyas. También la ropa. También los abrigos, los vestidos, los sombreros. Todo junto, todo mezclado, todo vivido.

El museo decidió montar una exposición. La titularon "Rara Avis: The Irreverent Iris Apfel". Y era la primera vez en la historia del MET que dedicaban una muestra a una persona viva que no fuera diseñador profesional. Aquello, sencillamente, no se hacía. Pero lo hicieron.

Iris tenía entonces 84 años.


Cuando las puertas se abrieron, ocurrió algo que nadie había previsto. La gente no venía a ver la exposición; venía a ver a Iris. Querían conocer a la mujer que había sido capaz de acumular todo aquello, de llevarlo puesto, de mantenerlo vivo durante décadas. Karl Lagerfeld quiso conocerla. Giorgio Armani también. Los periodistas empezaron a llamar. Las cámaras, a enfocar.

Y ella, que había pasado toda una vida trabajando en la sombra, que había tejido con sus manos los tejidos que decoraban las estancias más importantes del país, que había construido un imperio junto a su marido sin necesidad de focos ni alfombras rojas, se encontró de repente, a los 84 años, convertida en un fenómeno global.

El documental Iris, de Albert Maysles, llegó en 2014 y la convirtió en un icono popular. Las campañas con MAC Cosmetics, Kate Spade, H&M, se sucedieron. Mattel creó una muñeca Barbie a su imagen, lo que la convirtió en la persona de más edad en recibir semejante honor. En 2019, con 97 años, firmó un contrato de modelaje con la agencia IMG. En sus últimos años, acumuló casi tres millones de seguidores en Instagram, donde su perfil rezaba una frase que ya es historia: "Más es más y menos es aburrido".

Pero cuidado. Porque si algo caracterizó a Iris Apfel no fue la acumulación por la acumulación, ni la extravagancia por la extravagancia. Fue la convicción. Cada prenda que llevaba, cada collar, cada pulsera, cada pluma, cada lentejuela, tenía una historia, un origen, una razón de estar ahí. No era capricho: era memoria encarnada.




Y ahora viene la pregunta que realmente importa. ¿Cuál fue la contribución más importante de Iris Apfel al mundo de la moda, al estilo, a la decoración?

Podría hablar de su trabajo en Old World Weavers, de cómo recuperaron técnicas textiles en peligro de extinción, de cómo asesoraron a museos y gobiernos, de cómo tejieron literalmente la historia de la decoración americana durante medio siglo. Todo eso es cierto y está ahí.

Podría hablar de su colección, de ese archivo viviente de moda y artesanía global que hoy es objeto de estudio y admiración. También es cierto.

Pero si he de ser sincero, si he de decir lo que realmente me llega como estudioso de la historia del vestido, como alguien que ha dedicado años a entender por qué nos ponemos lo que nos ponemos, diría que la contribución más importante de Iris Apfel fue demostrar que el estilo no se compra, no se hereda, no se imita: se construye.

Iris nos enseñó que la moda es industria, pero el estilo es identidad. Nos enseñó que se puede ser elegante sin ser discreto, que se puede ser sofisticada sin ser aburrida, que se puede ser mayor sin desaparecer. Nos enseñó que la ropa no es una cárcel sino un lenguaje, y que cuanto más vocabulario tengas, mejor podrás expresar quién eres.


Pero sobre todo, nos enseñó algo que necesitamos urgentemente en estos tiempos de uniformidad gris y adolescentes clonados: nos enseñó a atrevernos.

Recuerdo una frase suya que me golpeó como un puñetazo cuando la leí. Decía: "En los últimos tres años, cada mujer joven que veo en las calles de Nueva York en invierno viste igual: chaqueta de cuero negra, pantalones negros ajustados, botas negras altas, el pelo largo recogido en una coleta. El mundo se está homogeneizando de una manera terrible".

¿No es eso lo que vemos cada día en nuestras calles? ¿No es eso lo que yo mismo he contemplado al pasar frente a institutos y ver ese río de grises y negros, de rostros ocultos tras el mismo flequillo, de cuerpos vestidos para no ser vistos?

Iris lo detectó antes que nadie, y lo combatió con las únicas armas que tenía: su propia imagen, su propia vida, su propia coherencia. Cuando todo el mundo se escondía, ella se mostraba. Cuando todo el mundo se disculpaba, ella se afirmaba. Cuando todo el mundo pedía permiso, ella lo tomaba.

Y todo eso, fíjense qué paradoja, sin una pizca de soberbia. Porque otra de las cosas que más me impresionan de Iris es que, pese a su fama, pese a su éxito tardío, pese a los focos y las cámaras, nunca perdió la capacidad de reírse de sí misma. "No soy bonita y nunca lo seré", decía con esa sonrisa suya, "pero no importa. Tengo algo mucho mejor. Tengo estilo".


Murió el 1 de marzo de 2024, en su casa de Palm Beach, a los 102 años. Hasta el final, siguió trabajando. "Jubilarse a cualquier edad es un destino peor que la muerte", solía decir. Su marido Carl, con quien compartió 67 años de matrimonio y de negocio, la había esperado desde 2015, cuando se fue a los 100. No tuvieron hijos. Pero tuvieron algo mejor: tuvieron un mundo propio.

Su última publicación en Instagram, el mismo día de su muerte, la mostraba con un vestido negro y dorado, sus gafas eternas, su collar de perlas, sus brazaletes incontables, su expresión de "aquí estoy yo, ¿algún problema?". No pudo haber sido un adiós más Iris.



A veces, cuando estoy en mi estudio rodeado de libros y patrones, cuando la historia del vestido se me antoja un laberinto sin salida, pienso en ella. Pienso en esa mujer menuda y enorme, en esas gafas redondas como ventanas, en esos brazos enjoyados como un mapa de sus viajes. Y me pregunto qué me diría si pudiera verme ahora, escribiendo sobre ella, tratando de atrapar su esencia con palabras.

Creo que me miraría por encima de aquellas gafas inmensas y me diría, con esa voz ronca y divertida: "Deja de darle vueltas, muchacho. Ponte algo que te guste y sal a la calle. La vida es demasiado corta para vestir de gris".

Y tendría razón. Como siempre la tuvo.

Porque al final, la contribución más importante de Iris Apfel no fue una colección textil, ni una exposición en el MET, ni un documental, ni una muñeca Barbie. Fue algo más sencillo y más profundo: nos recordó que vestirse es la primera y última declaración de libertad que podemos hacer cada mañana.

Y en estos tiempos de rebaños, de uniformidades, de miedo a destacar, eso, sencillamente, es revolucionario.

El Caballero Metabólico

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