«Hagas lo que hagas, ponte bragas. Y si no tienes, coge unas de repuesto. Que esto se va a poner intenso».
Año 1776. Mientras unos señores pelucas firman la independencia de Estados Unidos, en La Haya alguien publica una hoja volante titulada Le Calecom —juego de palabras entre caleçon (calzón) y algo parecido a «el elogio del calzón». Y dentro, este madrigal castrense:
Calzón bien blanco y bello,
hay que llevar
pues cualquier viento maligno
puede tus faldas levantar.
Ya en el siglo XVIII sabían lo que nosotros hemos olvidado: la historia de la ropa interior es la historia del viento, del ascensor social (nunca mejor dicho) y de quién controla lo que se ve y lo que no.
El poema no habla de seducción. Habla de defensa. El calzón no es un arma de seducción masiva, es un pararrayos contra el «viento maligno» —meteorológico, sí, pero también moral. Porque en 1776, que se te levantara la falda no era un accidente cómico; era una exposición pública casi tan grave como un destape en la misa mayor.
Si vas a escribir sobre ropa interior, empieza siempre con un poema del siglo XVIII. Da caché. Y si no encuentras uno, invéntatelo. Nadie lo va a comprobar. (Bueno, sí, mis lectores sí. No lo inventes).
El escritor y dandi Cecil Saint-Laurent (que no es santo ni laurentino, sino un señor francés con seudónimo) soltó en su Historia de la ropa interior femenina una frase que aún hoy echa espuma por los sumideros de Twitter:
«En todas las épocas, las mujeres han experimentado el deseo de estar constreñidas, atadas, ya sea a nivel de las caderas o de los senos.»
Y acto seguido repasa: bandas atenienses, corsets victorianos, fajas reductoras. Y concluye: casi siempre lo han logrado.
Una feminista apocalíptica leería esto y no le haría falta ni desayunar. Directamente saltaría al «coleccionista a la Inquisición» —y de postre, gambas a lo Bin Laden.
Pero Saint-Laurent tocó algo incómodo: que el deseo femenino (como el masculino) no es siempre una línea recta hacia la liberación. Hay mujeres que han deseado el corsé, la liga, la faja. ¿Por opresión interiorizada? ¿Por placer estético? ¿Porque constreñir también puede ser afirmar? Preguntas que no caben en un tuit.
Por eso Lady Camila Mackeson —coleccionista de lencería, ex relaciones públicas de Valentino y Chanel— añade su punto de vista, sin complejos:
«Lucir lencería es genial, sensual; con ella espero al hombre que yo quiero… Desde épocas inmemoriales, la mujer ha disfrutado vistiendo su cuerpo con corsets, enaguas, culottes, ligas y todo tipo de lencería para dejar que sea el hombre quien las vaya quitando.»
Lady Camila plantea la ropa interior como preludio coreografiado: un envoltorio que alguien desenvuelve. Y aquí el debate se parte en dos:
Bando A: Eso es perpetuar el guion heteropatriarcal donde ella espera pasiva y él desviste activo.
Bando B: O igual es un juego consensuado y divertido, y no todo tiene que ser una sesión de terapia.
En la guerra de la lencería, no intentes mediar. Limítate a citar a todos y que se maten ellos en los comentarios. Tú ya tienes el artículo.
El 5 de agosto de 2003, alguien en Freshpair —una tienda de lencería online— tuvo una idea genial: declarar el Underwear Day. El objetivo: que la gente se ponga su mejor ropa interior y se la enseñe al mundo. No en la alcoba, en la calle.
Cada año cientos de personas se congregan en Nueva York para intentar batir el récord Guinness de mayor número de personas en ropa interior. Y no lo han logrado. ¿Quién tiene el récord?
Salt Lake City, Utah. 2011. 2.270 personas en ropa interior.
Lean eso otra vez. Salt Lake City. La capital mundial del mormonismo. Los mismos que tienen ropa interior sagrada (los garments) y no toman café. Tienen el récord mundial de gente en bragas y calzoncillos en la vía pública.
Si esto no es una prueba de que Dios tiene sentido del humor, ya no sé qué lo será.
Si algún día organizas una quedada en ropa interior, no la hagas en Nueva York. Vete a Utah. Allí sí saben de congregaciones masivas.
Llegamos al puritanismo legislativo. 2007. El estado de Luisiana (sí, el mismo de Nueva Orleans y el Mardi Gras donde enseñan cosas peores que un bóxer) aprueba una ley que multa con 500 dólares y castiga con hasta seis meses de cárcel a quien pasee «desnudo, semidesnudo o mostrando su ropa interior».
Traducción: si se te ve el elástico de los calzoncillos por encima del vaquero, eres un delincuente.
¿El objetivo? «Volver a los valores tradicionales».
Qué progres.
Mientras tanto, en la misma Luisiana, durante el Mardi Gras, las turistas enseñan los pechos a cambio de collares de plástico y nadie va a la cárcel. La diferencia: el contexto festivo. Y también el género. Porque nadie ha legislado nunca contra el tanga asomando en la playa.
Moraleja: el problema no es enseñar la ropa interior. El problema es dónde, cuándo y quién la enseña. Y sobre todo, si eso molesta a los votantes de Luisiana.
No vayas a Luisiana con pantalones caídos. A no ser que quieras probar la cárcel y salir con un récord más absurdo que el de Salt Lake City.
Octubre de 2018. Ciudad china de Jiangmen. Una empresa de ventas tiene malos resultados. El jefe (llamémosle Jefe Creativo con mayúsculas) decide un castigo ejemplar:
Treinta hombres, en calzoncillos, corriendo por la calle.
El Daily Mail recoge las declaraciones de uno de los castigados: «Acepto con mucho gusto el castigo. Deshonramos al jefe. Creo que es un buen desafío para nosotros.»
Esto no es humillación. Esto es síndrome de Estocolmo con corbata y calzoncillos.
Y atención al detalle de género: las mujeres, castigadas en la oficina a hacer flexiones. El artículo no especifica si en bragas. Pero el silencio es elocuente: la humillación femenina se hace a puerta cerrada. La masculina, en la calle, como espectáculo.
Por si alguien lo duda: esto es ilegal en China. El artículo 88 de la ley de contratos de trabajo prohíbe humillaciones y castigos corporales. Pero ya se sabe: una cosa es la ley y otra es correr en calzoncillos por orden del jefe al que has «deshonrado».
Si tu jefe te propone correr en calzoncillos para mejorar las ventas, tienes dos opciones: dimitir o llamar a un abogado. La tercera opción (correr) solo es válida si además te dan un aumento y una ambulancia.
Porque no todo es fiesta, ley o castigo. La ropa interior también es objeto de deseo obsesivo. El fetichismo de lencería tiene sus variantes:
El coleccionista romántico: guarda tangas de sus exparejas en una caja de zapatos. Límite: cuando la caja huele.
El ladrón de tendedero: roba bragas usadas. Esto no es fetiche, es delito. Y además, un asco.
El cross-dressing fetichista: usa ropa interior del género opuesto como parte de la excitación. Aquí la prenda es un puente entre identidad y deseo.
El que simplemente disfruta la textura: hay quien se duerme acariciando una media de seda. No juzgues. Tú tienes tus manías.
Lady Camila Mackeson colecciona lencería, pero no la roba: la exhibe. Y en su mundo, la lencería es un escenario. Para otros, es un fetiche en el sentido clínico. Para la mayoría, es algo que se lava los sábados y se pone los lunes.
Colecciona, si quieres. Pero no robes. Y si coleccionas, que sea con consentimiento. Y si no hay consentimiento, al menos que no huela.
La ropa interior nunca ha sido solo ropa. Es:
Un escudo contra el viento (poema de 1776).
Un campo de batalla feminista (Saint-Laurent vs. Lady Camila).
Un récord Guinness mormón (Salt Lake City, 2.270 almas en bóxer).
Un delito menor en Luisiana (500 dólares por enseñar el elástico).
Un castigo laboral en calzoncillos (Jiangmen, 2018).
Un fetiche (con o sin caja de zapatos).
Y al final, la pregunta no es «qué te pones», sino «para quién y contra quién».
Investiga siempre, documenta todo, cita las fuentes… y ponte bragas. Por si el viento maligno levanta las faldas. O por si tu jefe te obliga a correr.
Y si eres de las que espera a que alguien te las quite, que sea con cariño, con consentimiento y, preferiblemente, sin testigos de Salt Lake City.
Fin del artículo.
Comentarios abajo. Prohibido insultarse en bragas.
El Caballero Metabólico







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