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domingo, 29 de marzo de 2026

Smilja Mihailovitch: cuando la libertad se vistió de blanco

 Hubo un tiempo, a finales de los sesenta, en que Ibeya —perdón, Ibiza— dejó de ser solo una isla de pescadores y payeses para convertirse en un imán de almas inquietas. Llegaban de todas partes, aquellos muchachos de flores en el pelo y miradas perdidas que llamaban hippies, y traían consigo un sueño de libertad que, al chocar con la luz mediterránea, prendió de una manera inesperada.

Porque allí, en los arcones de las casas payesas, dormían prendas que contaban otra historia. Enaguas de varias capas que las mujeres usaban para dar volumen a sus faldas. Refajos bordados con primor. Camisones antiguos de hilo y algodón. Ropa interior de otros siglos que olía a memoria y a azahar . Y aquellos recién llegados, con esa mezcla de asombro y respeto que a veces tienen los forasteros, miraron aquellas prendas y vieron belleza donde solo había tradición.

Así nació, sin que nadie lo planeara, lo que luego llamaríamos estilo Adlib.



Pero hizo falta una figura peculiar para convertir esa chispa en llama. Se llamaba Smilja Mihailovitch, y su biografía parece sacada de una novela de entreguerras. Hija de un sacerdote ortodoxo, periodista, superviviente de un campo de concentración nazi, amante del rey Pedro II de Yugoslavia en el exilio —que le concedió el título de princesa por sus servicios—, acabó recalando en Ibiza tras divorciarse de un diplomático . Y allí, en la isla blanca, esta aristócrata errante tuvo una intuición genial: organizar una pasarela que pusiera en valor aquella ropa que los hippies habían rescatado de los baúles.

En 1971, la primera Pasarela Adlib se celebró en el hotel Hacienda Na Xamena, con un desfile al aire libre al que asistió la flor y nata de la jet set internacional . El lema que Smilja acuñó para la ocasión merece ser recordado: «Viste como quieras, pero con gusto». O, como reza otra versión, la más etimológica: el término Adlib proviene del latín ad libitum, que significa «a placer», «con libertad» . Justo lo que aquella moda ofrecía.

¿Y cómo era, en qué consistía ese estilo?



Imaginad, un vestido que pesa menos que un suspiro. Telas naturales —algodón, lino, gasa— que acarician la piel y dejan pasar la brisa. El blanco como protagonista absoluto, a veces roto por el marfil, el crudo o algún tono pastel, pero siempre esa blancura que la luz de Ibiza convierte en algo casi cegador .

Y sobre esa base limpia, el trabajo de las manos. Bordados que parecen dibujados por el aire, encajes que cuentan historias de abuelas, vainicas abiertas a mano, puntillas que asoman en los dobladillos. Los volantes caen con la gracia de quien no necesita aparentar. Los escotes, cuando los hay, se insinúan sin estridencias .

Los complementos, eso sí, pueden ser una fiesta: flores en el pelo, sombreros de paja anchos como ruedas de carro, grandes brazaletes de madera o plata, collares largos que repican al andar, pendientes que se balancean al ritmo de la música. Y en los pies, siempre sandalias planas o esas cuñas de esparto que huelen a tierra y a mar .

Es, en esencia, una moda pensada para el calor, para el verano eterno, para no sufrir mientras se disfruta. Una moda que otorga protagonismo al cuerpo que la lleva, pero sin exigirle nada a cambio. Solo ser.

Porque el Adlib no es una moda impuesta desde arriba, sino rescatada desde abajo. De los arcones de las payesas. De la memoria de un pueblo. De esa sabiduría popular que guarda en los baúles prendas que, décadas después, resultan ser la vanguardia. Como esos hilos "La Giralda" que contemplaba embobado en la mercería siendo niño, ordenados bajo el cristal, esperando a que alguien supiera ver su belleza.

Hay algo profundamente reminiscente en esa mirada que rescata lo antiguo y lo convierte en tendencia sin traicionar su esencia. Algo que me conecta con Smilja descubriendo enaguas del XIX y pensando que aquellas mujeres, sin saberlo, ya habían inventado la moda que el mundo necesitaba. Como las teselas de un antiguo mosaico esperando a que alguien las reconociera y contara su historia.

La moda Adlib es eso: una historia contada con hilo y aguja. Una memoria hecha tela. Un "viste como quieras, pero con estilo" que, en el fondo, viene a decir lo mismo, que la tradición no es una cárcel, sino un material del que se puede elegir qué partes usar. Que se puede tomar lo heredado, despojarlo de lo que sobra —si es que sobra algo— y revestirlo de una belleza nueva y personal.


El Caballero Metabólico

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