Querido lector de mis entretelas y mis entrepaños, aprendiz de sastre y cómplice silencioso en la trastienda de la historia:
En nuestra travesía por el vestido español del siglo XVIII, hemos sido testigos de duelos estéticos: la severidad de los Austrias frente a la ligereza francesa, el decoro público de la basquiña frente a la intimidad de la moda foránea. Pero existe un fenómeno que trasciende este mero choque de estilos para convertirse en un acto social de una profundidad extraordinaria. Un fenómeno donde la indumentaria se transforma en un manifiesto de identidad, un gesto de desafío y una fascinación por lo popular. Hoy, en este capítulo, nos adentramos en el corazón del majismo: esa inversión de códigos por la cual la nobleza y la burguesía adoptaron, con intención y teatralidad, el vestir y el talante de las clases populares urbanas.
Antes de abordar su dimensión social, debemos definir al protagonista: el majo y la maja. No eran simples representantes del pueblo llano. Eran un arquetipo cultural, una estilización de las costumbres de los barrios bajos de Madrid, como Lavapiés o Maravillas, elevada a la categoría de mito. Se caracterizaban por una actitud desafiante, una gracia chulesca y una elegancia orgullosamente española, que se oponía conscientemente a la etiqueta afrancesada de la corte. Su indumentaria era su bandera: chalecos ajustados, capas cortas, sombrero chambergo para ellos; basquiñas de vivo color, jubón ceñido, mantilla sujeta con peineta y claveles en el pelo para ellas.
El majismo no fue, por tanto, una moda espontánea del pueblo. Fue un fenómeno de apropiación cultural desde arriba. Hacia la segunda mitad del siglo XVIII, la aristocracia y la burguesía acomodada comenzaron a imitar este atuendo y estas actitudes, primero en fiestas y mascaradas, y después en la vida cotidiana. Era un juego de roles donde las duquesas se vestían de majas y los nobles de manolos. Pero, ¿qué impulsaba a las clases altas a adoptar la indumentaria de quienes estaban socialmente por debajo? La respuesta es compleja y multifacética.
Esta inversión de códigos respondía a varios impulsos profundos del siglo de la Ilustración:
Afirmación de una Identidad Nacional: En un siglo dominado por la influencia cultural y política francesa, el majismo fue una forma poderosa de reivindicar una españolidad auténtica y castiza. Mientras el petimetre (el joven afeminado y extranjerizante) era ridiculizado, el majo encarnaba un ideal de hombría y carácter nacional. Vestirse como él era una declaración política de orgullo patrio.
Transgresión Controlada y Juego Social: Para la nobleza, acostumbrada a la rígida etiqueta de palacio, el majismo ofrecía una válvula de escape. Permitía una libertad de movimientos, gestos y comportamientos que en su propio entorno estaban prohibidos. Era una transgresión teatral y temporal, un juego que reforzaba, paradójicamente, su propio estatus, pues solo quien tenía un lugar seguro en la cima podía permitirse el lujo de jugar a ser del pueblo.
Una Nueva Estética de la Autenticidad: La Ilustración comenzaba a valorar lo "natural" frente a lo artificioso. La gracia espontánea de la maja y el porte desenvuelto del majo se percibían como más auténticos y genuinos que los modales estudiados de la corte. Esta búsqueda de una elegancia con raíces propias es central para entender la atracción que ejercía el majismo.
Ningún otro artista capturó la esencia, la tensión y la ambigüedad del majismo como Francisco de Goya. Sus cartones para tapices, sus pinturas de gabinete y sus retratos son el testimonio visual definitivo de este fenómeno.
En obras como La vendimia o El baile a orillas del Manzanares, Goya idealiza una vida popular llena de color y alegría, creando la imagen bucólica que la élite admiraba.
Pero es en sus retratos de la Duquesa de Alba o en la Maja vestida y desnuda donde el fenómeno alcanza su máxima complejidad. En ellos, una mujer de la alta nobleza es retratada con la indumentaria y la actitud de una maja, fundiendo en una sola imagen los dos extremos de la sociedad. Goya no documenta, sino que interpreta y problematiza esta apropiación, mostrando su carga erótica, su desafío y su profunda ambivalencia.
El majismo fue mucho más que una moda caprichosa. Fue un síntoma social de primer orden en la España del siglo XVIII. Puso de manifiesto la búsqueda de una identidad nacional en un mundo cambiante, el deseo de la élite de conectar con una esencia popular que sentía perdida, y la creciente fascinación por lo castizo como antídoto a la globalización dieciochesca encarnada por Francia.
En este juego de espejos entre el palacio y la taberna, entre la etiqueta y el desparpajo, la moda dejó de ser un mero indicador de clase para convertirse en un lenguaje con el que negociar la identidad. El majismo nos enseña que, a veces, para reafirmar quiénes somos, necesitamos vestirnos como los otros, en un complejo baile de admiración, apropiación y redefinición que sigue resonando en nuestra idea de lo español.
Pedrete Trigos




No hay comentarios:
Publicar un comentario