(o cómo aprendí a preguntarme si un cargador merece ser heredado)
Querido lector —si es que aún queda alguno, si es que este texto no se ha perdido ya en el océano de bytes que caducan en segundos—:
He de confesarte algo que quizá ya hayas adivinado entre líneas. Mantener este blog, y los otros dos que acumulan polvo en algún rincón de la red, es un acto de pura terquedad. De estoicismo, como decían los viejos. De esos que ya no se estilan.
Porque el mundo digital, ese gran escaparate donde he venido a colgar mis pesquisas, se mueve a una velocidad que me resulta profundamente ajena. Todo caduca en horas. Los vídeos duran segundos, las imágenes pasan en carrusel a una velocidad pasmosa, y el contenido —ese ruido blanco, esa intrascendencia multiplicada por mil— se devora y se olvida en el mismo gesto. Todo es prisa. Todo es vértigo.
Y yo aquí, con mis tres blogs que apenas lee nadie. Escarbando en archivos del siglo XVII. Contando el peso de una perla, la textura de un tinte de Campeche, la forma de un aro de ballena. Escribo para nadie, o para un puñado de almas que pasan de casualidad. Lo hago por pura resistencia. Por no sucumbir a la ley del mínimo esfuerzo y el máximo impacto. Porque si algo he aprendido en este oficio de mirar dobladillos y desempolvar legajos es que lo que realmente vale la pena siempre ha sido lento, silencioso y, a menudo, olvidado.
Esa misma lógica de la obsolescencia instantánea —la que dicta que un tuit vive tres segundos y un vídeo, diez— se ha trasladado también a los objetos que tocamos. El otro día se me rompió el cargador del móvil. El tercero en dos años. Cinco euros en un bazar chino, plástico blanco que ya amarilleaba en los bordes, y mientras lo tiraba a la bolsa de basura —esa bolsa de plástico que también acabará en algún lugar que nunca veré—, me vino a la cabeza mi padre. No por el cargador, claro, sino por el flexo que usaba de niño para estudiar, aquel artilugio de metal plateado con la cazoleta abollada que aún conservo en el trastero. Funciona. Sigue funcionando. La guerra pasó, los inviernos pasaron, sus hijos crecieron y sus nietos también, y ese flexo sigue ahí, funcionando. Yo he comprado tres cargadores en dos años y ninguno ha llegado a jubilarse.
No sé si esto es progreso. Pero sé que es una pregunta que merece hacerse.
Me gusta pasear por tiendas de anticuarios, aunque no compre nada. Hace unos días pasé frente a una que olía a cera y a paciencia. En su escaparate descansaba una vitrina de caoba con un juego de porcelana de Limoges que parecía recién salido de la fábrica. Y pensé en la hipotética familia decimonónica que la compró.
El cabeza de familia, seguramente un comerciante enriquecido, o un industrial, o un notario con aspiraciones, mandó traer esa vitrina de la capital. No porque necesitara guardar nada, sino porque necesitaba demostrar que podía permitirse una vitrina. Y dentro puso aquella porcelana que solo usaba cuando venía el cura a cenar, o cuando los clientes subían a tomar el café. Era un exceso, sí. Un alarde de posición, de nuevo dinero que quería parecer viejo. Pero era un exceso pensado para la posteridad. Esa porcelana no era para usar, era para ser. Para estar. Para que los hijos y los nietos supieran que allí había habido alguien que pudo pagarla.
Y tuvo éxito, porque esa porcelana la heredó su nieta. Y su bisnieta la vendió en un anticuario. Y yo la he visto en el escaparate. Y ahí sigue, intacta. Polvorienta, quizás, pero intacta.
Ahora compramos una lámpara en una web por quince euros. Viene en un embalaje del tamaño de una caja de zapatos, con un plástico de burbujas que nos hace tilín al reventarlo. La montamos con unas instrucciones escritas en un idioma que ni Google traduce del todo. La colocamos en el salón, y durante seis meses nos parece preciosa. Luego se funde una bombilla que no es intercambiable porque el led va soldado. Y la tiramos. Y nadie la hereda. Ni siquiera la recordamos.
Esa lámpara de quince euros la ha montado un trabajador en Vietnam que gana el equivalente a un café con leche por hora. Doce horas al día. En naves sin ventilación, con pausas que no firmaríamos ni en el siglo XIX. La lámpara no está hecha para durar, porque si durara, ese trabajador se quedaría sin trabajo al mes siguiente. El sistema necesita que se rompa. Que se deseche. Que vuelvas a comprar. Es una máquina perfecta de rotación perpetua, y nosotros somos sus engranajes más contentos.
Ahí está la diferencia, y es clave. El burgués del XIX acumulaba para aparentar. Nosotros consumimos para desechar. El resultado es el mismo: una casa llena de cosas. Pero las de él pesaban, olían a cera y a madera, a barniz y a historia. Las nuestras pesan poco, huelen a plástico caliente y a fábrica del otro lado del mundo. Y las de él, al final, terminaron en un anticuario de barrio. Las nuestras terminarán en el vertedero de algún país que no hemos visitado, convertidas en micro-plásticos que flotarán en el océano mucho después de que nosotros hayamos dejado de comprar cargadores.
No voy a decir que yo soy el puro y vosotros los pecadores. Porque yo también compro en el chino. También tengo un cargador que no durará, y un exprimidor de naranjas que no sobrevivió a la primera mudanza, y una mesa de ordenador que hace tiempo cojea. Yo también soy parte de esta rueda. Pero hay un momento, justo antes de hacer clic en "comprar", en el que aún podemos elegir. No elegir no comprar, que eso sería utópico y además mentira. Elegir preguntarnos: ¿esto está hecho para quedarse o para irse?
Mi abuela tenía un juego de café que sobrevivió a la Guerra Civil. Yo tengo un exprimidor que no sobrevivió a la mudanza. Y no es que ella fuera mejor persona, ni que su época fuera mejor. Ella también tenía sus excesos, su tocador y sus vanidades. Pero había una diferencia sutil, y no menor: sus objetos estaban hechos con la intención de que alguien, algún día, los recordara. Los míos, la mayoría, están hechos para ser olvidados antes de que termine el año.
El azul me enseñó que hay colores que duran más que las modas. El lila me enseñó que las cosas rotas pueden seguir hablando. Las casas de antes de la guerra me enseñaron que los objetos son testigos, no accesorios. Ahora necesito aprender que comprar no es un acto neutral. Es un voto. Un voto por un mundo donde las cosas se quedan, o por un mundo donde las cosas se van.
Yo no voy a salvar el mundo, que bastante tengo con mantener mi propia coherencia a salvo. Pero he decidido que cuando compro algo, lo hago como si fuera a heredarlo alguien. Aunque sea un bolígrafo. Aunque sea una taza. Si no está hecho para durar, quizá no debería estar en mi casa. Y si no sé quién lo ha hecho, quizá no debería tenerlo. No es una regla de hierro, porque la vida es compleja y a veces solo necesitas un cargador de cinco euros. Pero es una pregunta. Una pequeña pausa antes del clic.
Estos textos son mi herencia. Como los muebles viejos de mi casa, como los libros apilados en las estanterías, como las libretas donde guardo apuntes manuscritos. Son anacronismos. Son nostalgia. Son un puñado de palabras escritas a la antigua usanza en un mundo que ya no lee, que ya no mira, que ya no se detiene.
Pero aquí siguen. Y yo con ellos.
Quizá, dentro de cien años, cuando los algoritmos hayan devorado todo el contenido efímero de nuestra era, alguien tropiece con esta página. Quizá un aprendiz de sastre del futuro, con las mismas preguntas y la misma frustración que yo tuve, encuentre estas líneas y sienta que no está solo. Quizá el polvo digital, como el polvo de los archivos, sea solo una capa que protege lo que realmente importa.
Hasta entonces, yo seguiré aquí. En mi pueblo de la campiña sevillana. Cosiendo palabras lentas. Desafiando la prisa con una aguja y un dedal. Porque si algo he aprendido de aquel flexo antiguo que aún funciona, de aquella vitrina de caoba que aún permanece, de aquella porcelana que aún espera, es que lo que realmente vale la pena siempre encuentra la manera de quedarse.
Aunque sea en el fondo de un cajón. Aunque sea en el rincón olvidado de un blog. Aunque sea en la memoria de alguien que ya no recuerda para qué sirve.
Con cariño estoico,
Pedrete Trigos
Aprendiz de Sastre



