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miércoles, 30 de marzo de 2016

Accesorios estilo Imperio.

    El estilo artístico Imperio fue dominante en arquitectura, decoración de interiores, mobiliario y moda, durante los inicios del siglo XIX en Francia. Se inserta dentro del espíritu neoclásico. Tiene su antecedente en el estilo Directorio, y toma su nombre del período de gobierno de Napoleón en Francia, conocido como Primer Imperio Francés, y que es cuando se construyen en París las grandiosas infraestructuras neoclásicas como el Arco del Triunfo, la Columna Vendôme y la Iglesia de la Madeleine, para emular los famosos edificios de la Roma imperial. A finales del siglo XVIII se combinaron diversas influencias que resultaron en una transformación de la ropa femenina, por un lado las ideas de la Ilustración, que se manifestaban en las obras de Rousseau, con sus deseos de una vuelta a la vida natural y acorde con la naturaleza. Una segunda influencia procede de Inglaterra que virtud a su poder económico y político, exporta una forma de vestir más cómoda y práctica, menos influenciada por el vestido cortesano. Por último también destaca el neoclasicismo que alcanzó la moda como había llegado anteriormente a la arquitectura, la escultura o a la pintura. Como ya hemos visto anteriormente, la moda imitó los trajes de las pinturas y estatuas clásicas romanas y colocó el talle debajo del pecho y se eligieron telas blancas y vaporosas que dejaban adivinar las formas del cuerpo con el movimiento, convirtiendo a la mujer de la época, en una copia de las matronas romanas de la antigüedad.


    Como el frío invierno europeo no se prestaba a usar vestidos tan livianos todo el año, aparecieron por consiguiente diferentes prendas de abrigo. Una de las más populares fue  una chaqueta corta, que terminaba bajo el busto conocida como Spencer, que tenía su origen en Inglaterra. Consistía en una chaquetilla abierta por delante con largas mangas ajustadas y que podía terminar por detrás en una pequeña cola, a menudo con adornos de hombros denominados jockeys.  En Francia se llamaba amazone a los trajes de montar femeninos, por las mujeres guerreras de la mitología griega. Estos trajes emulaban la moda masculina, pero no estaba permitido que las mujeres montaran a horcajadas y por eso siempre tenían que llevar un vestido y montar de lado. Napoleón estaba intentando crear un gran imperio y reforzar su ejército, así que diseñó un uniforme que resultara atractivo para que los hombres se alistaran. El uniforme de los húsares, originalmente una unidad de la caballería húngara, inspiró el estilo húsar (à la hussarde). El cierre con botones a la Brandenburg de la parte delantera del bolero y el redingote, un elemento del uniforme húsar, se convirtieron en tendencias populares. De los jinetes egipcios conocidos como mamelucos, que también formaban parte del ejército napoleónico, llegaron las mangas mameluco con variados bullones, un estilo popular entre el gran público. También se empleaban largos abrigos de corte masculino (redingotes) y, sobre todos ellos, el accesorio más importante fue el chal, tomado de la época de la Antigüedad Clásica.


    Los chales de cachemira procedentes de la auténtica región india de Cachemira se hicieron populares cuando Napoleón los introdujo por primera vez en Francia tras su campaña egipcia de 1799. Debido a sus exóticos dibujos y atractivos y variados colores, se convirtieron en un accesorio muy popular para llevar con el vestido camisa. Sin embargo, en esa época resultaban muy caros, y eran lo suficientemente valiosos como para ser registrados en los testamentos y en el ajuar de boda. Tras los años treinta, la popularidad de los chales de cachemira llegó al gran público, y hacia la década de 1840 ya se había implantado una enorme industria de chales tanto en Francia como en Inglaterra para satisfacer la demanda. En Lyon se fabricaban productos de lujo con materiales de primera clase, mientras que en la ciudad escocesa de Paisley se producía en masa una imitación estampada y más económica. La palabra “paisley” llegó a ser tan conocida que se convirtió en sinónimo del tipo de dibujo cónico frecuentemente relacionado con los artículos de cachemira. La moda de los chales de cachemira continuó hasta el período del Segundo Imperio Francés.


    El peinado se mantuvo al estilo de la Grecia y Roma clásicas, como no podía ser de otra forma, con recogidos y moños a la altura de la coronilla, dejando ligeramente sueltos varios rizos enmarcando el rostro. El uso de peinetas de carey o metal fue muy popular, así como el empleo de cintas, cordones y guirnaldas de flores. Los sombreros solían ser de paja con una ligera visera que protegía el rostro de los rayos del sol. La parte la copa solía forrarse son sedas de colores y se adornaba con cintas y pequeñas flores de tela. Como consecuencia de las campañas militares del ejército napoleónico en Egipto, se popularizó el uso del turbante en cenas y bailes de gala. El calzado femenino experimenta transformaciones ya que pierde su tacón y se impone el uso de zapatillas planas, realizadas en cuero y tela. Algunas de ellas se anudaban al tobillo mediante cintas, inspiradas en las sandalias de la antigüedad clásica. Debido a que las formas de las faldas pasaron de ser anchas y huecas al esbelto estilo imperio que recordaba la forma de una columna griega, el bolsillo que antes se había llevado dentro del vestido ya no tenía espacio, así que fue necesario el bolso para sustituirlo. Dichos bolsos denominados ridículos, solían confeccionarse con seda o a punto de aguja. Sus formas son de lo más variado, pasando de simples carteras planas a intrincadas cestas o incluso frutas. Imprescindibles fueron también los guantes, tanto en trajes de noche como de día.


Fuentes: MODA de editorial Taschen.

martes, 15 de marzo de 2016

El vestido estilo Imperio.

    El vestido camisa o camisero, llamado así por su parecido con una camisola de ropa interior, se convirtió en la moda imperante a comienzos del S. XIX. Su simplicidad marcaba un fuerte contraste con los complicados vestidos rococó de la era anterior. Se abandonaron las prendas de ropa interior como el corset y el guardainfante, que habían sido imprescindibles para dar la exagerada forma a los vestidos femeninos de la época rococó durante el siglo anterior.


    Las mujeres preferían llevar vestidos de algodón blanco fino, casi transparente, con muy poca o ninguna ropa interior. El vestido camisa, con su cintura alta y cuerpo y falda de una sola pieza, tenía una línea clara y tubular. María Antonieta llevó un prototipo de este tipo de vestido, que se dio en llamar chemise à la reine, como puede verse en el retrato pintado por Elisabeth Vigée-Lebrun (1783). Un retrato posterior, en este caso Madame Récamier, pintado por François Gérard (1802, Museo Carnavalet, París), ilustra cómo esta forma de vestido se fue convirtiendo gradualmente en el estilo neoclásico que homenajeaba las refinadas formas geométricas de las antiguas Grecia y Roma. Se escogían materiales diáfanos como la muselina, la gasa y el percal por su simplicidad. Estos tejidos también sugerían que la función del vestido era cubrir y no modelar el cuerpo. El camisero era emblemático de una conciencia estética recién desarrollada y de los valores posrevolucionarios franceses. No obstante, el invierno europeo era demasiado frío para el fino material del vestido camisa, así que se popularizaron los chales de cachemira, que servían tanto para abrigar como para adornar el vestido. Además, las prácticas prendas de estilo inglés, como el Spencer o bolero y el redingote, ayudaban a protegerse del frío. Estas prendas exteriores mostraban una clara influencia de los uniformes militares napoleónicos, que habían adoptado atrevidos diseños para resaltar el valor de las tropas. Los chales de cachemira procedentes de la auténtica región india de Cachemira se hicieron populares cuando Napoleón los introdujo por primera vez en Francia tras su campaña egipcia en 1799.


    La estructura de este vestido continuó las formas introducidas durante el periodo del Directorio, que se ceñía bajo el busto y caía en una falda larga y recta, en forma de tubo hasta los pies. La silueta de este nuevo estilo hacía innecesario el uso del corsé dado que no se marcaba ya la cintura de forma tan ajustada como anteriormente. En los primeros años del siglo XIX, el cuerpo del vestido se mantiene sencillo y muestra ligereza, siguiendo el estilo directorio, con un escote recto y muy bajo desde el cual salían las mangas. La falda caía desde la línea de costura bajo el busto, haciéndose cada vez más estrecha hasta quedar un tubo recto de tela que podía tener cola o no. Un elemento común, que se mantuvo hasta aproximadamente 1813, fue el uso de escotes muy pronunciados, utilizados en los vestidos de noche y también de tarde. Los tejidos empleados eran livianos como la muselina, batista, linón, tul, algodón y gasas y poco a poco retornaron las sedas. Para los chales se utilizó tafetán, moiré y cachemira. Los colores eran tenues, verdes, castaños, blanco y pasteles. Los bordados eran de símbolos griegos y romanos, como los laureles y las grecas. Lentamente retornaron los hilos metálicos y los de seda multicolor.

    Con la autoproclamación de Napoleón Bonaparte como Emperador de Francia, el traje imperio conoce su máximo esplendor gracias a su mayor precursora, la Emperatriz Josefina. El cambio político y la aparición de una nueva corte en París, influye de manera notable en el vestido imperio. La muselina de algodón es sustituida por los tejidos confeccionados en seda de Lyon con bordados en oro, la silueta del traje cambia notablemente, aunque el talle de bajo del pecho, el color blanco y el aire neoclásico persiste, el traje aumenta su vuelo, los escotes se vuelven profundos, las mangas se establecen cortas y abombadas, además se le añade cola por la parte de atrás, dándole así un aire mucho mas regio y distinguido. El gran artífice del cambio del traje imperio fue Leroy, sastre de la emperatriz, realzando así la blanca piel y la esbelta figura de Josefina.



    A partir de 1806, aproximadamente, la consolidación de la corte napoleónica propició el abandono de la sencillez del Directorio, se pierde el aspecto de túnica, los vestidos se confeccionan de forma más estructurada y se corta el cuerpo de forma más ajustada y se acompaña de diversos cuellos y mangas de formas variadas. Entre estas, se introducen detalles renacentistas como: mangas acuchilladas, lechuguillas y adornos alrededor de los amplios escotes. También se empiezan a utilizar tejidos más lujosos y menos ligeros. La ligereza del conjunto en los primeros años no impidió que resurgiera el uso del corsé, hacia 1811, como prenda interior, oculta, que no tenía como misión ya ajustar la cintura, sino que su principal objetivo era abultar el pecho, que asomaba gracias a los generosos escotes. Igualmente se comienza en esos años a adornar el extremo del escote con tejido en su alrededor. Denominado por Von Boehn como cherruses y otros autores como cherrusque, se trataba de una tira de encaje o muselina ligera que, plegada o fruncida adornaba el cuello. Gradualmente se fue exagerando su empleo. La sencillez primitiva de los vestidos fue desapareciendo y fueron quedando ocultos detrás de estos múltiples adornos que incluyeron también lechuguillas de grandes dimensiones. También estuvo acompañado por diversos cuellos y mangas ajustadas hasta el puño o manga globo, siempre acompañada de guantes.

Fuentes: MODA de editorial Taschen.

martes, 1 de marzo de 2016

Introducción a la indumentaria estilo Imperio.

    Durante el siglo XVIII, Francia fue reconocida como líder mundial de la moda femenina. Esta reputación se consolidó en el siglo siguiente y el país se convirtió en la autoridad indiscutible en este terreno. Es en la segunda mitad del siglo XVIII, durante el reinado de Luis XVI junto a su esposa María Antonieta y en pleno apogeo del rococó, cuando el cambio en la moda empezó a fraguarse, antes incluso del cambio político acaecido durante la Revolución, que inevitablemente influyó en la consolidación del traje imperio. En esa época se introdujo en Francia el estilo inglés, de aire campestre y algo bucólico pero bastante elegante y que supuso una alternativa mucho más cómoda al encorsetado traje de corte francés, así que algunas mujeres de la alta aristocracia comenzaron a utilizar la robe à l´anglaise (vestido a la inglesa), conocido en España como vestido vaquero,  una chaqueta inspirada en el redingote masculino y un vestido de canesú ajustado que caía por encima de unas enaguas de crin de caballo en lugar del guardainfante ( estructura metálica para ahuecar las faldas, característica del traje femenino en el siglo XVIII).


    A esta relajación del vestir debido a la influencia de la moda inglesa, contribuye Maria Antonieta con su chemise à la reine, vestido camisero en forma de "T" confeccionado en muselina de algodón y ajustado debajo del pecho con un fajín, que se usaba sin necesidad de corsé ni miriñaque. Esta "camisa de la reina" fue encargada por ella misma a su modista Rose Bertin, para poder sentirse cómoda en el ambiente relajado que había creado en su "petit Trianon" alejado del protocolo estricto que aún regía la corte de Luis XVI. Fue muy criticada al posar vestida con esta prenda para ser retratada por Elisabeth Vigée-Lebrun (1783), ya que muchos consideraban que iba en ropa interior lo que resultaba obsceno. Sin duda la chemise à la reine fue el claro antecesor del vestido imperio.

    Durante el primer y caótico período revolucionario tuvo lugar un cambio espectacular en la moda femenina. La Revolución Francesa de 1789 provocó el desplome de la jerarquía social tradicional y dio paso a una rica burguesía que caracterizó a la sociedad francesa a lo largo del siglo XIX. Fue una revolución provocada por diversos factores: el fracaso de la economía nacional, el creciente conflicto entre la aristocracia y aquellos con prerrogativa real, el descontento de una mayoría de ciudadanos frente a las clases más privilegiadas y una prolongada y severa escasez de alimentos. Es por eso que corsés, miriñaques y pelucas empolvadas,  elementos tan característicos del absolutismo monárquico, son desterrados del vestuario femenino, en pro de una moda revolucionaria que desembocará en el vestido imperio con una clara influencia del neoclasicismo, mucho más simple y menos ostentoso, de tejidos sencillos, muy acorde con los ideales revolucionarios. Con el descubrimiento de Pompeya en 1748, las esculturas descubiertas influyen de manera decisiva en el vestido imperio. Durante el Directorio las mujeres en París parecían haber salido te templos romanos. En contraposición al excesivo lujo en los adornos durante el Antiguo Régimen, se ponen de moda pendientes, collares y brazaletes de cobre y bronce dónde se engarzaban pequeñas piedras semipreciosas.

    La Revolución adoptó una manera de vestir como objeto de propaganda ideológica de la nueva era, y los revolucionarios manifestaron su espíritu rebelde apropiándose de la indumentaria de las clases bajas. Aquellos que todavía vestían ropas de seda extravagantes y de vivos colores eran considerados antirrevolucionarios. En lugar del calzón y las medias de seda que simbolizaban la nobleza, los revolucionarios se pusieron pantalones largos llamados sans-culottes. Además del pantalón, el simpatizante revolucionario lucía una casaca llamada carmagnole, un gorro frigio, una escarapela tricolor y zuecos. Esta moda, que tiene su origen en el gusto inglés, más sencillo, evolucionó hacia un estilo de casaca y pantalón que posteriormente fue adoptado por el ciudadano del siglo XIX. Pero no todo cambió en 1789. Si bien durante la revolución surgieron nuevos estilos de moda que se sucedían rápidamente, reflejando la cambiante situación política, el atuendo clásico, como el terno a la francesa, se seguía utilizando como traje oficial de la corte. Las nuevas modas convivieron con las antiguas durante todo el periodo revolucionario.


    En algunos casos el caótico clima social generó modas excéntricas. Los jóvenes franceses, en especial, adoptaron estilos radicales, inusuales y frívolos. Durante el Terror, los muscadins, un grupo de jóvenes contrarrevolucionarios, protestaron contra el nuevo orden y se vistieron con excéntricas casacas negras de amplias solapas y grandes corbatas. Siguiendo la misma línea de excentricidad, los petimetres (petit-maîtres), llamados incroyables, aparecieron durante el periodo del Directorio. Los cuellos extremadamente altos caracterizaban su vestimenta, además de las grandes solapas dobladas hacia atrás, chalecos chillones, corbatas anchas, calzones, cabello corto y bicornios en lugar de tricornios. Su equivalente en femenino, las conocidas cómo merveilleuses, lucían vestidos extremadamente finos y diáfanos, sin corsé ni guardainfantes. En las ilustraciones de moda de la Gallerie of fashion (1794-1802, Londres), De Nicolaus von Heideloff, se pueden ver vestidos redondos, así como otros con la cintura situada bajo el busto y formados por corpiños y faldas de una sola pieza. El vestido redondo más adelante se transformó en el vestido camisa o camisero, el atuendo de algodón más popular de principios del siglo XIX. Mientras que en Inglaterra la modernización fue debida a la Revolución Industrial, la sociedad francesa recibió nuevos impulsos en la última época del rococó gracias a la revolución política. Situada frente al telón de fondo de tal malestar social, la moda europea avanzó hacia la nueva modernidad.

Fuentes: MODA de editorial Taschen.